Tom corrió sobre la parte anterior de la planta de los pies, y alcanzó a Monique antes de que pudiera surgir cualquier alarma.
Le puso la pistola en la espalda.
– Lo siento pero usted me tiene que escuchar.
Ella se puso rígida. Los dos guardias vieron la pistola al mismo tiempo. Se agacharon y desenfundaron inmediatamente sus armas. Ahora se oyeron gritos, docenas de ellos.
– ¡Thomas!
Incluyendo los de Kara.
Tom puso el brazo alrededor de la cintura de Monique, halándola tanto que la barbilla le quedó sobre el hombro izquierdo de ella, respirándole con dificultad en el oído. Mantuvo la pistola en la espalda de Monique y se movió lateralmente, hacia una señal de salida.
– ¡Un movimiento y ella muere! -gritó él-. ¿Me oyen? ¡Hoy no he tenido un buen día! Estoy muy, pero muy, indignado, y no quiero que 8u'en haga algo estúpido.
Había personas corriendo hacia la puerta. Gritando. ¿Por qué gritaban' Él no les estaba apuntando la pistola a sus espaldas.
– Por favor -jadeó Monique-. Contrólese.
– No se preocupe -susurró Tom-. No la mataré.
La puerta de incendio estaba ahora a tres metros de distancia. Él se detuvo y miró a los dos guardias que tenían sus pistolas apuntadas hacia él.
– Bajen las pistolas, ¡idiotas! -les gritó.
Monique se estremeció. Él estaba gritando en el oído de ella.
– Lo siento.
Los guardias depositaron lentamente sus pistolas en el suelo.
– Y tú -gritó en dirección a Kara-. Te quiero también como rehén. ¡Ven acá o mato a la muchacha!
Kara parecía paralizada por el impacto.
– ¡Muévete!
Ella se acercó a prisa.
– Pasa la puerta.
Ella accedió y entró al pasillo más adelante. Tom haló a Monique por la puerta.
– Alguien que nos siga, policía o cualquier autoridad, ¡y ella muere! Cerró la puerta con su pie.
18
EL HOTEL Paradise era una posada infestada de pulgas y frecuentada por comerciantes callejeros. O por algún imbécil que respondía a la promesa por Internet de especiales de vacaciones exóticas con todo incluido. O en este caso, por el secuestrador que intenta desesperadamente hacer entender su punto de vista a una mujer francesa muy obstinada.
Monique los había obligado a actuar bajo coacción. De forma adecuada y repetida Kara expresaba su horror por lo que Tom había hecho. Él insistía en que esta era la única manera. Si la rica francesa petulante no quería preocuparse por mil millones de vidas, entonces no les quedaba más alternativa que persuadirla de que lo hiciera. Así es como parecía ser la persuasión en el mundo real.
Las antiguas y oxidadas puertas del ascensor en el estacionamiento subterráneo se abrieron chirriando. Kara fue hasta el auto alquilado llevando en la mano un gancho con la llave de un recién adquirido cuarto.
– Muy bien -decidió Tom, agitando ante Monique la 9-milímetros para alardear-. Vamos a subir, y lo hacemos en silencio. Cuando afirmé que no la iba a matar quise decir eso, pero sí le podría meter una bala en el dedo Pequeño del pie si se hace la muy exclusiva. ¿Está claro? La pistola estará en mi cinturón, pero eso no significa que usted pueda empezar a gritar. Monique lo miró, resaltando los músculos de la mandíbula.
– Tomaré su silencio como un coro de consentimiento. Vamos. Tom abrió la puerta de un empujón y le hizo señas de que se apeara. ¿Último piso? -le preguntó a Kara. Ultimo piso. No sé si puedo hacer esto, Tom.
– No estás haciendo esto. Lo hago yo. Soy quien tiene los sueños. Soy quien sabe lo que no debería saber. Soy el único a quien no le queda o, alternativa que hacer entrar en razón a esta mocosa malcriada.
– Usted no tiene que gritar.
Un vehículo entró al estacionamiento.
– Lo siento. Está bien, al ascensor -se disculpó él, presionó el botó del quinto piso y respiró con un poco de alivio cuando se cerraron las puertas corredizas.
– ¿Qué pasa de todos modos con usted francesa? ¿Están siempre lo, negocios por sobre salvar al mundo?
– ¿Dice esto el hombre con la pistola en mi espalda? -preguntó Monique-. Además, como usted puede ver, no vivo en Francia. Las políticas de ese país son desagradables para mi padre y yo.
– ¿De veras?
Ella no respondió. Tom no estaba seguro por qué le pareció sorprendente la revelación. El perfume de ella invadió rápidamente el pequeño del elevador. Un aroma a almizcle, a flores.
– Si usted coopera saldrá de aquí en media hora.
Ella tampoco respondió a eso.
No sorprende que las habitaciones no fueran tan magníficas como habrían hecho creer a viajeros desprevenidos. La alfombra anaranjada tornándose en café. Colchas floridas en dos camas dobles. Un tocador de mimbre, con costra bastante sucia para dejar agotada a una aspiradora. La televisión funcionaba, pero sólo en verde y sin sonido.
Tom llevó a Monique hacia la única silla del cuarto, un objeto endeble de madera, en el rincón más lejano y la hizo sentar en silencio. Puso la pis tola en el tocador al lado de él y se volvió a su hermana.
– Bien. Necesito que salgas de esta pocilga sin ser vista, encuentres a la policía, y exijas hablar con Jacques de Raison. Dile a la policía que escapaste-Diles que soy un demente o algo así. Te necesito libre de esto, ¿comprendes?
– Lo más inteligente que he oído en toda la mañana -opinó Kara, luego miró a Monique-. ¿Qué le debo decir al padre de ella?
– Dile lo que sabemos. Y si no acepta detener o retirar ese envío, dile que voy a empezar a disparar -dijo, y luego miró a Monique-. Sólo a los dedos meñiques, por supuesto. No me gusta hacer amenazas, pero usted entiende la situación.
– Sí. Entiendo perfectamente. Usted está loco de remate.
– ¿Ves? -exclamó él dirigiéndose a Kara-. Por eso es que necesitamos este plan de respaldo. Si ella no entra en sensatez, quizá su padre sí. Más importante aún. Te permite salir del atolladero. Asegúrate que está claro que estoy amenazando a su hija, no a ti.
– ¿Y dónde les digo que ustedes están?
– Diles que saltaste del auto. No tienes idea de dónde estamos.
– Esa es una mentira.
– Hay mucho en juego. Las mentiras serán perdonadas en este instante.
– Espero que sepas lo que haces. ¿Cómo sabré lo que está pasando?
– A través de Jacques. Estoy seguro de que aceptará recibir una llamada de su hija en caso de que debamos hacer contacto. Si necesitas ponerte en contacto conmigo, llama, pero asegúrate que sea seguro.
Ella fue hasta la mesita de noche, levantó el auricular y se lo llevó al oído, y lo bajó de nuevo, evidentemente satisfecha de que hubiera tono. Había vivido en el sudeste asiático mucho tiempo como para confiar tales asuntos al azar.
– Esto es una locura -manifestó ella, yendo hacia Tom y abrazándolo.
– Te quiero mucho, hermana.
– Yo también te quiero, hermano -aseguró ella, retrocedió, lanzó a Monique una última mirada, y se dirigió a la puerta.
– Buena suerte con ese cortejo -comentó, saliendo y cerrando suavemente la puerta detrás de ella.
– Sí, buena suerte con este cortejo -añadió Monique-. El inmutable macho estadounidense mostrando su fuerza bruta. ¿Se trata de eso?
Tom recogió la pistola, se inclinó en el tocador, y miró a su rehén. Sólo había una manera de hacer esto. Debía contarle todo. Al menos ahora ella tenía que escuchar.
– Es lo más lejos de mi mente, créame. La realidad del asunto es que atravesé de verdad el océano para hablar con usted, y estoy arriesgando realmente mi cuello para hacerlo. Usted preguntaría: ¿Por qué arriesgarse tanto Pata hablar con una francesa descortés? Porque a menos que yo esté tristemente equivocado, usted podría ser la única persona viva que me puede dar a impedir que ocurra algo horrible. Contrario a la impresión general que pude haberle dado, en realidad soy un tipo muy decente. Y debajo de la feroz determinación que usted quiere mostrar, creo posible que sea un,, muchacha muy decente. Sólo quiero hablar, y que usted me oiga. Estoy muy cansado y muy desesperado, así que espero que no haga esto más difícil de lo que debe ser. ¿Es demasiado pedir?