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– Bueno. Está bien. A dormir entonces.

– ¿Ve? Tiene sentido, ¿de acuerdo? ¿Qué clase de información debo averiguar?

– ¿Qué?

– ¿Qué podría conseguir que la persuada? Ella pensó al respecto. Ridículo.

– La cantidad de pares base de nucleótidos que tratan específicamente con el VIH en mi vacuna -requirió ella.

– Cantidad de pares base de nucleótidos. Muy bien. Deme algo más, en caso de que no pueda conseguir eso. Quizá las historias no hayan registrado algo así de específico.

Ella no pudo contener un poco de asombro ante el entusiasmo que él mostraba. Era como negociar con uno de los niños salidos de Narnia.

– La fecha de nacimiento de mi padre. Ellos tendrían el año de su nacimiento, ¿verdad? ¿Sabe usted cuál es?

– No, no lo sé. Y puedo volver con más que sólo su fecha de nacimiento.

– Si usted quiere -dijo él agarrando la pistola y volviendo a ir hasta la ventana.

– ¿Qué se la pasa mirando?

– Hay un auto blanco en la calle que no se ha movido en las últimas horas. Solo reviso. Está oscureciendo.

El giró.

– Bien. ¿Cómo lo haremos? Dormiré sobre la cama.

– ¿Cuánto tiempo tomará esto?

– Media hora. Usted me despierta media hora después de que me quede dormido. Eso es todo lo que necesito. No hay correlación entre e| tiempo aquí y el tiempo allá.

Fue hasta la cama y se sentó, haló el cubrecama y arrancó la sábana.

– ¿Qué está haciendo?

– Sencillamente no puedo dejar que usted ande por ahí mientras duermo -informó él rasgando la sábana en dos-. Lo siento, pero tengo que atarla.

– ¡No se atreva! -exclamó ella poniéndose de pie.

– ¿Qué quiere decir con «no se atreva»? Soy yo quien tiene aquí la pistola, y usted es mi prisionera, en caso de que lo olvide. La amarro, y si grita pidiendo ayuda, despertaré y le dispararé en los dedos del pie.

Él era intolerable.

– ¿Me va a dejar sentada aquí mientras se queda dormido? ¿Cómo lo despierto si me tiene amarrada?

El agarró una de las almohadas y la tiró sobre el aire acondicionado.

– Me lanza esta almohada. Muévase hacia el aire acondicionado.

– ¿Me va a amarrar al aire acondicionado?

– Me parece bastante firme. La barra de sostén la detendrá. ¿Tiene usted una idea mejor?

– ¿Y cómo le lanzaré la almohada con las manos atadas?

– Buen punto -contestó él después de pensar un poco-. Bueno. la amarraré de modo que pueda alcanzar la cama con el pie. Usted patea la cama hasta que yo despierte. No grite.

Ella lo miró. Luego miró el aire acondicionado.

– No pensé en eso. Apúrese. Mientras más pronto me quede dormid más pronto saldremos de esto -ordenó él agitando la pistola-. Muévanse.

Tardó cinco minutos en hacer pedazos las mitades de sábana y formó una pequeña cuerda. Hizo que ella se tendiera de espaldas para medir la estancia hasta la cama. Satisfecho de que pudiera alcanzarla, le ató las manos detrás de la espalda. No sólo las manos sino también los dedos, de modo que no pudiera moverlos para desatar algo; y los pies, a fin de que no pudiera parar.

Trabajó en ella rápidamente, indiferente de que su torso sudado le 01 chara la blusa de seda. Todo el asunto era terriblemente absurdo. Pero claro que él no pensaba así. El correteaba alrededor como un ratón con una misión.

Cuando terminó, se puso de pie, admiró su obra, llevó la pistola a la cama, y se dejó caer de espalda, tendido como un águila. Cerró los ojos.

– No puedo creer esta estupidez -musitó ella.

– Silencio. Estoy tratando de dormir aquí. ¿Tendré que amordazarla? -amenazó irguiéndose, se quitó las botas.

¡Los dientes! Ella podría romper las cuerdas de tela con los dientes.

– ¿Cree usted de veras que podrá dormirse así no más? Quiero decir, me quedaré quieta, lo prometo, pero ¿no es esto un poco ridículo?

– Creo que usted ya está clara en ese punto. Y en realidad no sé si pueda dormirme o no. Pero estoy a punto de caer del agotamiento así no más, por lo que creo que hay una buena posibilidad.

Él se volvió a acostar y cerró los ojos.

– Tal vez yo le podría cantar una canción de cuna -se oyó decir Monique; eso fue algo sorprendente de decir en un momento como este.

– ¿Canta usted? -preguntó él girando la cabeza y mirándola, sentada contra la pared debajo del aire acondicionado.

Ella giró la cabeza y miró hacia la pared.

Pasaron cinco minutos antes de que ella volviera a mirar en dirección a él. Tom yacía exactamente como lo había visto la última vez, el pecho desnudo se le henchía y le bajaba rítmicamente, los brazos a lado y lado. Muy bien formado. Cabello oscuro. Una criatura hermosa. Totalmente desquiciado.

– ¿Estaría dormido?

¿Thomas? -susurró ella. Él se sentó, bajó de la cama y agarró un pedazo de la sábana.

¿Y ahora? -cuestionó ella. ~~Lo siento, pero tengo que amordazarla. ~-¡Yo no estaba hablando!

No, pero podría tratar de morder la cuerda. Lo siento, de veras. No puedo dormir a menos que esté totalmente seguro, usted entiende, y creo que una mandíbula fuerte podría romper esta cosa.

Le envolvió la tira alrededor de la boca y la ató detrás de la cabeza. Ella no se molestó en protestar.

– No es que crea que usted no tiene una mandíbula fuerte. No quise decir algo así. En realidad me gusta el tono de su voz.

Él se irguió, se fue a la cama y se dejó caer de espaldas.

19

TOM DESPERTÓ sobresaltado y se puso en pie de un brinco sobre la colina, divisando la aldea. Fue hacia el borde del valle. Anochecía. Las personas ya se dirigían del valle hacia el lago. La Concurrencia.

Dos pensamientos. Uno, debería unírseles. Si corría lograría alcanzarlas. Dos, tenía que llegar al bosque negro. Ahora.

¿Cuántas veces había soñado desde que despertara en el bosque negro? Pero algo había cambiado. Por primera vez había despertado con una compulsión por tratar este sueño de Bangkok, esta lúcida fabricación en su mente, como algo real. Ya no era sólo una decisión consciente que estaba haciendo, era algo en su corazón. Realmente debía tratar los sueños como verdaderos. Los dos, en caso de que alguno fuera real, o ambos.

Si Bangkok era real, entonces necesitaba la cooperación de Monique. La única forma de conseguir su cooperación era probarse a sí mismo obteniendo la información. Información que esperaba encontrar en el bosque negro.

Tom giró y salió corriendo por el sendero que llevaba a los shataikis.

Tenía que enterarse de la verdad. El Gran Engaño, la variedad Raison, Monique de Raison… tenía que saber por qué estaba teniendo estos sueños. Había sobrevivido una vez al bosque negro; volvería a sobrevivir.

Sus pies golpeaban la tierra mientras corría. Pronto se desvaneció el sendero, pero él conocía la dirección. El río. Se hallaba directamente adelante.

El leve brillo de los árboles iluminaban el bosque… incluso en la oscuridad total podría encontrar su camino de regreso.

Disminuyó la velocidad hasta caminar y regularizar la respiración. Luego volvió a correr. Esta vez en realidad no entraría al bosque. Llamaría.

¿Y si los murciélagos negros no respondían? Entonces vería. Sea como sea no podía volver sin algunas respuestas.

¿Qué le había sugerido Monique que averiguara? La cantidad de pares base de nucleótidos en la vacuna VIH.

El viaje debió haber durado una hora, pero no había manera de que Tom lo supiera. Cuando finalmente entró al claro que reconoció como el lugar en que fue sanado al principio, se detuvo, jadeando. Después de pasar la pradera había una corta extensión de bosque, la cual terminaba en la orilla del río. Entró a la pradera y corrió hacia el frente. Una breve visión de la habitación del hotel en Bangkok le resplandeció en la mente y caminó lentamente, atravesó la pradera y cruzó el bosque hacia el caudaloso río.