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Los árboles terminaban en la margen del río sin previo aviso. Un segundo bosque, a continuación sólo hierva. Y el río.

La escena le cortó la respiración. Retrocedió hasta la seguridad de los árboles y se pegó a un enorme árbol rojo. Esperó un momento y luego miró con cuidado por la orilla del río verde. El puente que el roush había llamado el cruce brillaba a menos de cincuenta metros río arriba, blanco a la creciente luz de la luna. El río brillaba, translúcido y chispeante con la luz colorida que irradiaban los árboles. Más allá del río el perfil irregular de árboles negros en la oscuridad.

Tom miró el bosque negro y comenzó a temblar. No había manera de que pudiera entrar otra vez en esa tenebrosidad. Imaginó ver ojos brillantes y redondos acechando justo detrás de la negra barrera. Escuchó el sonido de la noche, tratando de filtrar el del río.

¿Fue eso una risita?

Entonces vio una oscura sombra solitaria huyendo en las ramas más elevadas. Rápidamente se volvió a meter a la seguridad del bosque colorido, con el corazón latiéndole en los oídos. ¡Un shataiki! Pero había huido. Quiz2 ni lo había visto.

Cerró los ojos y respiró profundamente. Debía salir de este lugar. Debía volver y correr.

Pero no lo hizo. No pudo.

Permaneció por diez minutos en el árbol rojo, acopiándose lentamente de valor. El río bullía, tranquilo. El bosque seguía oscuro, inmóvil más allá Nada cambió. Lentamente su temor dio paso otra vez a la resolución.

Tom salió del bosque y permaneció en la orilla, bañado por la luz de la luna No había murciélagos. Sólo el puente a su izquierda, el río y los árboles muertos más allá. Dio unos cuantos pasos más, en dirección al puente. Aún no había cambiado nada. El río aún era caudaloso, los árboles detrás de él aún brillaban en el olvido, y la oscuridad adelante seguía siendo absoluta.

Dio otra profunda respiración y se fue aprisa hacia el puente. Agarró la barandilla de la blanca estructura, y por primera vez cayó en cuenta que la madera del puente, a diferencia de toda la madera que había visto fuera del bosque negro, no brillaba. ¿Lo habían construido entonces los shataikis? Hizo una pausa y volvió a mirar los árboles negros que se elevaban más altos ahora. Debía gritar desde aquí. No sabía qué debía gritar. ¿Hola? O tal vez…

Una manchita roja le titiló de pronto en el rabillo del ojo derecho. Tom movió súbitamente la cabeza hacia la luz. Los vio claramente ahora, los danzantes ojos rojos exactamente más allá de la línea de árboles al otro lado del río. Se agarró con más fuerza de la barandilla y contuvo el aliento.

Otro resplandor rojo a su izquierda le hizo girar la cabeza, vio una docena de shataikis por fuera del bosque, y se detuvo, frente al río. Entonces Tom distinguió aterrado mil pares de ojos brillantes materializados, emergiendo de sus lugares ocultos.

Tom se dijo que diera media vuelta y corriera, pero sintió que los pies se le enraizaban a la tierra. Observó con terror cómo los shataikis salían silenciosamente del bosque, creando una línea hasta donde él podía ver en una y otra dirección. Las criaturas se agachaban como centinelas a lo largo de la línea de árboles, mirándolo con ojos rojos carentes de expresión como joyas en cada lado de sus largos hocicos negros. Y luego las copas de los árboles también se comenzaron a llenar, como si hubieran llamado a cien mil shataikis para presenciar el gran espectáculo, y los árboles negros fueran sus graderías.

Las piernas de Tom le empezaron a temblar. El irritante olor del azufre e mundo las fosas nasales, y él revisó su respiración. Todo este asunto era Una terrible equivocación. Debía regresar al bosque colorido.

De pronto se dividió la pared de shataikis frente a él. Tom vio cómo un aiki solitario se dirigía al puente, arrastrando brillantes alas azules sobre la tierra yerma detrás de él. Este era más alto que un hombre, y mucho más grande que los demás shataikis. Su torso era dorado y modulado con matices rojos. Sensacional. Hermoso. El aire nocturno se llenó con los chasquidos y chillidos de cien mil murciélagos mientras el enorme shataiki caminaba con dificultad hacia el cruce. Se movía lentamente. Muy lentamente, apoyando más su pierna derecha.

Tom observaba sin moverse. Los ojos verdes de la bestia estaban profundamente incrustados en un rostro triangular, fijos en Tom. Como platos verdes, desprovistos de pupilas. Espantoso pero extrañamente reconfortante Atrayente. Tom oyó el roce de las garras al raspar los envejecidos tablones, y el susurro de sus enormes alas, a medida que subía lentamente el puente. El shataiki se abrió paso hasta el centro y se detuvo.

Levantó levemente un ala y se acalló la multitud detrás de él.

En alguna parte en el fondo de la paralizada mente de Tom, una voz comenzó a asegurarle que con certeza este hermoso shataiki no representaba peligro. Ninguna criatura tan hermosa podría dañarlo. Él había venido a hablar. ¿Por qué más había salido hasta el centro del puente? Según los roushes, ningún shataiki podía cruzar el puente.

– Ven -manifestó el shataiki.

Más que palabras fue un cántico. Apenas más que un susurro. El líder le pedía que fuera. ¿Y por qué debía atender esa sugerencia? Él podía hablar desde aquí tan fácilmente como allá.

– Ven -repitió el líder.

Esta vez el shataiki abrió la boca. Tom le vio la lengua rosada. Estaría a salvo mientras permaneciera en este lado del puente y fuera del alcance ¿e la criatura, ¿o no?

Tom subió cautelosamente al puente. El shataiki no se movió, así que Tom atravesó el cruce hacia la bestia. Se detuvo a cinco metros del shataik1 y lo miró directamente a los ojos, los cuales brillaban como esmeraldas gigantescas a la luz de la luna. Un frío le recorrió la columna a Tom. Debía ser aquel a quien llamaban Teeleh. Pero él no era lo que Tom había esperado.

La criatura se encorvó y giró levemente la cabeza. Replegó las garras) dejó que una suave sonrisa se le dibujara en el hocico.

– Bienvenido, amigo mío. Había esperado que vinieras -expresó ahora sencillamente y con voz baja, sin ningún dejo musical-. Sé que esto te podría parecer un poco abrumador. Pero no les hagas caso, por favor. Son imbéciles que no tienen mente.

– ¿Quiénes? -inquirió Tom, pero esto le salió como un resoplido, así que volvió a preguntar-. ¿Quiénes?

– Las criaturas morbosas e histéricas que están detrás de mí -anunció el hermoso murciélago mientras sacaba una fruta roja de su espalda y se la ofrecía a Tom-. Ven, amigo mío, ten una fruta.

Tom miró la fruta, demasiado aterrado como para acercarse a la bestia, con mayor razón para estirar la mano y agarrar algo que le ofreciera.

– Pero por supuesto. Aún estás aterrado, ¿no es así? Lástima. Esta es una de nuestras mejores frutas -siguió hablando el shataiki, sin dejar de mirar a Tom se llevó la fruta a los labios, dándole un profundo mordisco; un chorro de jugo le babeó por el peludo mentón y cayó a los tablones a sus pies-. Posiblemente la mejor. Sin duda la más poderosa.

Se relamió. Levantó la barbilla para tragar la fruta y volvió a meter en su espalda la porción sin comer.

– ¿Tienes sed? -preguntó, sacando una pequeña talega.

– No, gracias.

– Nada de sed. Entiendo. Tenemos mucho tiempo para comer y beber más tarde, ¿verdad que sí?

– No vine a comer o beber -contestó Tom comenzando a relajarse un poco.

¿Era posible que Teeleh pudiera ser un amigo para él? No había duda de que la criatura no tenía buen concepto de los otros murciélagos negros.

– ¿Cómo supo que yo venía?