Por ahora seguiría el juego, vería ahora hasta dónde llevaría la historia esta criatura.
– Bien. Usted sabe de Bill y de la astronave. ¿Qué más sabe?
– Sé que crees que lo de la aeronave es ridículo porque en realidad no recuerdas nada.
– ¿De veras? -preguntó Tom, parpadeando.
La verdad es esta: Estás varado en un planeta lejano. Tu nave, Discovery III, chocó aquí hace tres días. Perdiste la memoria en el impacto. Estás Parado en este puente hablándome porque no calzas con los bobos en el bosque colorido, lo cual es natural. No calzas.
Los oídos de Tom le ardían. Se preguntó si esta criatura también pudo Ver eso.
– ¿Qué más? -indagó, después de aclarar la garganta.
– Es bueno oír, ¿no es cierto? La verdad. A diferencia de la atrozmente engañada gente del bosque colorido, sólo te diré la verdad.
– Bien. Dígame entonces la verdad.
– Amigo, amigo, estamos ávidos. La verdad es que si supieras lo que acerca del bosque colorido y de quienes viven en él, los despreciarías profundamente.
La multitud de shataikis había perdido su respeto por el silencio Enorme cantidad de voces masculló y chilló bajo sus alientos colectivos. En algún lugar en la oscuridad Tom pudo oír miles de discusiones que aumentaban de tono.
– Hemos sido encarcelados en este bosque abandonado -anunció Teeleh-. Esa es la verdad. Porque para los shataikis tocar la tierra al otro lado de este río significa muerte instantánea. Eso es tiranía.
Las multitudes de murciélagos lanzaron chillidos de indignación.
Teeleh levantó un ala.
Sobre el bosque cayó el silencio como una sábana de niebla.
– Ellos me enferman -musitó Teeleh; luego miró hacia atrás para asegurarse que sus legiones estaban en orden.
– ¿Qué hay de las historias? -preguntó Tom.
La inquietud por la que había venido a preguntar parecía fuera de lugar en este nuevo reino de verdad.
– Las historias. Sí, desde luego. Supongo que estás soñando con las historias, ¿no es así?
– ¿Son reales? ¿Cómo puede haber historias de la Tierra sin no estamos en ella?
La pregunta pareció desacomodar al enorme murciélago.
– Listo. Muy listo. ¿Cómo podemos tener historias de la Tierra si no estamos en ella?
– ¿Y cómo sabe que estoy soñando con las historias?
– Sé que estás soñando porque he bebido el agua en el bosque negro-Conocimiento. Las historias de la tierra son realmente el futuro de la Tierra-Para ti son historia, porque has probado alguna fruta del bosque detrás ¿e mí. Estás viendo dentro del futuro.
La revelación era sorprendente. Tom no recordaba haber comido ningü113 uta ¿Quizá antes de que se golpeara la cabeza en la roca? Tenía perfecto nítido a su manera. Y había una forma de probar esta aseveración.
– Está bien -aprobó Tom-. Entonces usted podría decirme qué sucede en este futuro. Hábleme de la variedad Raison.
La variedad Raison. Por supuesto. Uno de los períodos más reveladores de la humanidad. Antes de la gran tribulación. A menudo llamada el Gran Engaño. Hablaré de ella como historia. Fue una vacuna que mutó en un virus bajo calor extremo.
Teeleh se lamió los labios con delicia.
Nadie lo habría sabido, ¿sabes? La vacuna no habría mutado porque ninguna causa natural produciría un calor bastante elevado para desencadenar la mutación. Pero algún idiota insospechado dio con la información. Se lo dijo a la parte equivocada. La vacuna cayó en manos de algunas personas muy… trastornadas. Esa gente calentó la vacuna precisamente a 81,92 grados centígrados por dos horas, y así nació el virus volátil más mortífero del mundo.
Había algo muy extraño respecto de lo que Teeleh estaba comunicando, pero Tom no sabía de qué se trataba. A pesar de todo, la información de la criatura correspondía con sus sueños.
– Acércate un poco más -pidió Teeleh.
– ¿Que me acerque?
– Quieres saber acerca del virus, ¿verdad? Sólo un poco más. Tom avanzó medio paso. La garra de Teeleh centelleó sin advertencia previa. Apenas le tocó el dedo pulgar, el cual estaba agarrado de la barandilla- Una pequeña descarga le subió por el brazo, y él retrocedió súbitamente la mano. De una pequeña cortada en el pulgar le manaba sangre. ¿Qué está haciendo usted? -exigió saber Tom. Tú quieres saber; te estoy ayudando a saber. ¿Cómo me puede ayudar a saber hiriéndome?
– Por favor, no es más que un rasguño. Sólo te estaba probando. Hazme una pregunta.
Todo el asunto era muy extraño. Pero así era todo respecto de Teeleh.
– ¿Sabe la cantidad de pares base de nucleótidos para el VIH? -preguntó -En la vacuna Raijos es decir.
– Pares base: 375,200. Pero debes saber que no fue la verdadera variedad Raison lo que produjo tal destrucción -informó Teeleh-. Fue el antivirus. El cual también fue a parar a manos del mismo hombre que desencadenó e] virus. El chantajeó al mundo. De ahí el nombre: el Gran Engaño.
La cabeza de Tom le zumbó.
– ¿El antivirus?
– Sí. Cortar el ADN en los genes quinto y nonagésimo tercero, y empalmar los dos terminales juntos -informó Teeleh, y de pronto se quedó muy tranquilo; se le suavizó la voz-. Diles eso, Thomas. Diles 81.92 grados centígrados por dos horas, así como cortar los genes quinto y nonagésimo tercero y empalmarlos. Di eso.
– ¿Decir los números?
– ¿No quieres saber? Diles.
– Ochenta y uno coma noventa y dos grados centígrados por dos horas.
– Sí, ahora el quinto gen.
– Quinto gen…
– Sí, y el gen nonagésimo tercero.
– Nonagésimo tercer gen -repitió Tom.
– Cortar y empalmar.
– Corta y empalmar.
– Además la necesitarás en la puerta trasera también.
– ¿La puerta trasera también?
– Sí. Ahora olvida que te dije eso.
– ¿Olvidar?
– Olvida -repitió Teeleh, y sacó la misma fruta que le había ofrecido antes-. Aquí. Muerde un poco de fruta. Te ayudará.
– No, no puedo.
– Eso sencillamente no es cierto. Te acabo de demostrar que esas reglas son una prisión. ¿Cuán estúpido puedes ser?
Teeleh se irguió, sin mostrar ninguna emoción, la fruta ligeramente posada en sus dedos.
– La fruta te abrirá mundos totalmente nuevos, Tom, amigo mío. Y el agua te mostrará mundos de conocimiento con que sólo has soñado. Mundos de los que no saben nada tus amigos en el bosque colorido.
Tom miró la fruta. Luego levantó la mirada hacia los ojos verdes. ¿Y si hubiera de verdad una nave espacial detrás de esos árboles? Era una perspectiva tan probable como cualquier otra cosa en que hubiera pensado.
– Suponiendo que todo esto es verdad, ¿dónde está Bill?
– ¿Te gustaría ver a Bill? Tal vez puedo disponerte eso.
– Usted dijo que tenía una manera de hacernos volver a casa.
– Sí. Sí, puedo hacer eso. Hemos encontrado una forma de arreglar tu nave.
– ¿Me la puede mostrar?
El corazón de Tom palpitó con fuerza cuando hizo la pregunta. Ver la nave terminaría el debate airado en su mente, pero no tenía garantía de que los shataikis no lo destrozaran. Ya lo habían intentado una vez.
– Sí. Sí, y lo haré. Pero primero necesito algo de ti. Algo sencillo que puedes hacer fácilmente, creo -indicó el líder haciendo otra pausa, como indeciso acerca de pedir lo que había venido a pedir.
– ¿Qué?
– Traer a Tanis aquí, al puente.