Los envolvió el silencio. Ni un sólo shataiki alineado en el bosque pareció moverse. Todos los ojos miraban con expectativa a Tom. El corazón le palpitó con fuerza. A no ser por el gorgoteo del río abajo, ese era el único sonido que oía ahora.
– Y si lo hago, ¿me garantizará entonces mi paso seguro hasta mi nave? ¿Reparada?
– Sí.
Tom estiró la mano hacia la barandilla para afirmarse.
– Usted sólo quiere que lo traiga al puente, ¿correcto? No que cruce el puente.
– Sí. Sólo hasta el río aquí.
– ¿Y qué garantía tengo de que usted me guiará sin problemas a la nave? También traeré la nave aquí al puente. Podrías entrar a ella sin ningún shataiki a la vista, antes de que yo hable con Tanis.
Si el shataiki pudiera mostrarle de veras esta nave, el Discovery III, sería prueba suficiente. Si no, no cruzaría el puente. No perdería nada. Tiene sentido -concordó con cautela, ora la pared viva de criaturas negras alineadas en el bosque silbó colectivamente como un enorme campo de langostas. Teeleh miró a Tom, se llevó la fruta a los labios y le volvió a dar una profunda mordida. Lam¡¿ el jugo que le recorrió por los dedos con una lengua larga, delgada y rosada Mientras tanto sus ojos miraban sin parpadear a Tom. ¿Podía confiar en esta criatura? Si lo que decía era verdad, ¡entonces debía encontrar la nave espacial! Sería su única vía a casa. El líder dejó de lamer.
– Come esta fruta para sellar nuestro pacto -dijo Teeleh alargándole la fruta a Tom-. Es la mejor de las nuestras.
Él ya había hecho esto una vez. Según la criatura, por eso es que Tom soñaba. El obligó a su temor a retroceder, estiró la mano hacia el shataiki, agarró la fruta de su garra, y dio un paso atrás.
Levantó la mirada hacia la criatura sonriente ante él. Se llevó a la boca la fruta medio comida. Estaba a punto de morderla cuando el grito rompió el silencio de la noche.
– ¡Thomasssss!
Tom sacó súbitamente la fruta de su boca y la hizo a un lado. ¿Bill? La voz sonaba confusa y cansada.
Entonces vio al pelirrojo. Bill había salido del bosque y luchaba débilmente contra las garras de una docena de shataikis. Tenía la ropa totalmente desgarrada, y su cuerpo desnudo parecía terriblemente blanco entre los chillidos histéricos de los shataikis que ahora lo destrozaban. Sangre se apelmazaba en el cabello del pelirrojo y le chorreaba por el demacrado rostro. Docenas de cortadas y moretones cubrían la carne pálida del hombre. Parecía un cadáver maltratado.
La sangre se le drenó de la cabeza de Tom. Se inundó de náuseas.
Teeleh giró, sus ojos centellearon con una intensidad que Tom no le había visto. Los dedos de Tom se le aflojaron, y la fruta cayó al puente de madera con un golpe amortiguado.
– ¡Quítenle las manos de encima! -gritó Teeleh; desplegó las alas y Ia5 levantó por sobre la cabeza-. ¡Cómo se atreven a desafiarme!
Tom observó, aturdido. Los shataikis liberaron inmediatamente a Bill-
– Llévenlo a lugar seguro. ¡Ahora!
Dos murciélagos halaron de las manos a Bill. Este se metió a tropezones entre los árboles.
– Como puedes ver, es cierto que Bill es real -declaró Teeleh enfrentando a Tom-. Debo conservarlo, ¿entiendes? Es la única seguridad que tengo de que volverás con Tanis. Pero te prometo que no recibirá más daño.
– Thomas! -gritó la voz de Bill desde los árboles-. Ayúdame…
Su voz fue acallada.
Muy real, amigo mío -continuó Teeleh-. Últimamente ha experimentado un poco de desconcierto por la manera en que los otros lo han tratado, pero te puedo prometer mi total protección.
Tom no podía quitar la mirada de la brecha en los árboles donde Bill había desaparecido. ¿Era real? Bill era real. La confusión le nubló la mente.
Un grito solitario chilló repentinamente detrás de Tom. El giró la cabeza y vio al roush blanco en picada frente a las copas de los árboles. ¡Michal!
– ¡Thomas! ¡Corre! ¡Rápidamente!
Tom dio media vuelta y se lanzó corriendo hacia el bosque. Se dio contra un árbol y giró alrededor, respirando con dificultad. Teeleh estaba parado estoicamente sobre el puente, taladrándolo con esos enormes ojos verdes.
– ¡Rápido! -gritó Michal-. ¡Debemos apurarnos!
Tom dio media vuelta de la escena y se metió en el bosque tras Michal.
20
ENCONTRAR LA habitación había sido un simple asunto de pasarle al recepcionista un billete de cien dólares y preguntarle qué cuarto le asignaron a la rubia estadounidense unas horas antes. Ella quizá era la única estadounidense que se había registrado en todo el día. Habitación 517, informó la recepcionista.
Carlos entró al pasillo del quinto piso, vio que estuviera despejado, y se dirigió rápidamente a su izquierda. 515. 517. Se paró ante la puerta, examinó la perilla. Cerrada. Era de esperar.
Permaneció en el pasillo vacío por otros tres minutos, el oído presionado a la puerta. Aparte del ruido del aire acondicionado, la habitación estaba en silencio total. Podrían estar durmiendo, aunque lo dudaba. O pudieron haberse ido. Poco probable.
Registró su bolsillo, sacó una ganzúa, y con mucho cuidado hizo girar las muescas en la cerradura. Había frecuencias ruidosas más que suficientes para cubrir su entrada. El estadounidense tenía una pistola, pero no era asesino. Carlos se dio cuenta de eso con sólo mirarle el rostro. Y por la manera que había agarrado la 9-milímetros en el vestíbulo del hotel, el tipo no tenía la más mínima idea de manejar pistolas.
No, lo que había aquí era un estadounidense que enloqueció y era audaz, y quizá un adversario aún más digno, pero no un asesino.
Si tu enemigo es fuerte, debes aniquilar.
Si tu enemigo es sordo, debes gritar.
Si tu enemigo teme a la muerte, debes masacrar.
Doctrina básica de campamento terrorista.
Carlos giró el cuello y lo hizo crujir. Vestía chaqueta negra, camiseta, pantalones, zapatos de cuero. El atuendo de un negociante mediterráneo, pero había acabado la hora de las fachadas. La chaqueta solamente estorbaba sus movimientos. Del bolsillo superior de la chaqueta sacó la pistola con silenciador y la deslizó detrás del cinturón. Se despojó de la chaqueta. La colocó sobre el brazo izquierdo y sujetó la pistola. Hizo girar la perilla con la mano izquierda.
Carlos respiró profundamente y se lanzó con fuerza contra la puerta, suficientemente fuerte para derribar cualquier dispositivo de seguridad.
Saltó una cadena y Carlos se introdujo, la pistola extendida.
Fuerza y velocidad. No sólo en ejecución sino en comprensión y juicio. Vio lo que necesitaba saber antes de dar su primera zancada completa.
La mujer atada al aire acondicionado. Amordazada. Cuerdas hechas de sábanas.
El estadounidense tendido sin camisa en la cama. Dormido.
Carlos había atravesado media habitación antes de que la mujer pudiera reaccionar, y sólo entonces con un grito ahogado. Los ojos le brillaron desorbitados. Impotente.
El estadounidense era aquí la única preocupación de Carlos. Giró bruscamente la pistola a la derecha, listo para meterle una bala en el hombro si se llegaba incluso a estremecer.
Él se movía con rapidez, sin perder movimiento. Pero en su mente sentía todo absurdamente lento. Así había ejecutado de manera impecable cientos de misiones. Descomponga un simple movimiento en muchos fragmentos y usted puede influir en cada uno, y hacer correcciones y cambios. Esta era una suprema ventaja que tenía por sobre todos, incluso los mejores.
Carlos llegó hasta donde la muchacha en cuatro zancadas. Se puso sobre su rodilla derecha y la golpeó con un veloz manotazo a la sien, todo eso mientras mantenía la pistola apuntada al estadounidense.