Este era su hogar. Él había perdido la memoria, pero este lugar increíble era su hogar. Aligeró levemente el paso.
Flores rojas y azules con largos pétalos cubrían una espesa alfombra de Pasto esmeralda. Los precipicios parecían cortados de una perla blanca, los cuales reflejaban la luz de los árboles de tal modo que todo el valle resplandecía en los tonos del arco iris. Tom podía oír la corriente de un río que de Vez en cuando se acercaba tanto al sendero que él lograba ver el agua verde fluorescente mientras pasaba veloz.
Hogar. Este era el hogar, y Tom apenas podía soportar el hecho de que una vez lo dudara. Rachelle debería estar aquí con él, caminando por este mismo sendero.
No habían andado más de diez minutos cuando Tom oyó por primera vez un lejano trueno. Al principio creyó que debió ser el sonido del río. No, más que un río.
Un cosquilleo le recorrió la piel. El trueno se hizo más fuerte. Tom volvió a aligerar el paso. Michal también se movió más rápido, brincando a lo largo del terreno y extendiendo las alas para mantener el equilibrio. Fuera lo que sea que atrajo a Tom también atraía a Michal.
De repente el follaje a su izquierda susurró, y Tom se detuvo. Una bestia blanca del tamaño de un caballo pequeño pero semejante a un león entró al camino, mirándolo con curiosidad. Tom dio un paso atrás. Pero el león siguió adelante, ronroneando fuertemente. Tom corrió para alcanzar a Michal, quien no se había detenido.
Ahora Tom vio otras criaturas. Muchas como la primera, otras como caballos. Observó una enorme águila blanca sobre el lomo de un león que fijaba la mirada en Tom mientras este andaba a tropezones por el sendero.
El trueno se hacía más fuerte, un estruendo grave, profundo y suficientemente poderoso para provocar un temblor apenas perceptible a través del terreno. Michal había dejado de brincar y saltar, y volaba de nuevo.
Tom salió corriendo detrás del roush. La tierra vibraba. Él giró en una amplia curva en el camino, el corazón le palpitaba con fuerza.
Entonces el sendero terminó bruscamente.
Tom se detuvo.
Ante él se extendía un gran lago circular, con el mismo brillo fluorescente del agua color verde esmeralda que contenía el bosque negro. Alineados a lo largo del lago había enormes árboles brillantes uniformemente espaciados, apartados cuarenta pasos de una orilla de arena blanca. Alrededor del lago había animales durmiendo o bebiendo.
En el extremo opuesto un altísimo acantilado de nácar resplandecía con tonos rubí y topacio. Sobre el acantilado salía una enorme cascada, la cual bullía con luz verde y dorada, y caía con estruendo en el agua cien metros debajo. La neblina que se alzaba captaba la luz de los árboles, dando la apariencia que del lago mismo surgían colores. Aquí apenas podía haber una diferencia entre el día y la noche. A su derecha fluía del lago el río que viera a lo largo del sendero. Michal había descendido hasta la orilla del lago y bebía a lengüetazos al borde del agua.
Tom se dio cuenta de todo esto antes de su primer parpadeo.
Dio unos indecisos pasos hacia la orilla, luego se detuvo, con los pies plantados en la arena. Deseó correr hacia el borde del agua y beber como hacía Michal, pero de repente no estaba seguro de poder moverse. Abajo, Michal seguía bebiendo.
Un frío le bajó a Tom por la columna, desde la nuca hasta las plantas de los pies- Un inexplicable temor se apoderó de él. Brotó sudor de sus poros a pesar del viento frío que soplaba a través del lago.
Algo estaba mal. Todo mal. El retrocedió, su mente anhelaba una hebra de razón. En vez de eso, el miedo dio paso al terror. Giró y subió corriendo la ribera.
En el momento en que llegó a lo alto se le desprendió el miedo como grilletes sueltos. Dio media vuelta. Michal bebía. Insaciablemente.
En ese instante Tom supo que debía beber el agua.
Allí en la playa, sus pies se extendieron y se plantaron firmemente en la suave arena blanca, con las manos apretadas a los costados, la mente de Tom reaccionó.
Él estaba vagamente consciente del suave gemido que salió de sus labios, apenas audible por sobre la caída de agua. Los animales holgazaneaban. Michal bebía profundamente debajo de él. Los árboles se elevaban con majestuosidad. La cascada chorreaba a borbotones. La escena estaba congelada en el tiempo, con Tom erróneamente atrapado en sus pliegues.
De pronto la cascada pareció golpear con más fuerza y una oleada de rocío surgió del lago. La neblina se movió hacia Tom. La vio venir. Se extendía por la orilla. Le llegó al rostro, no más que un tenue vaho de humedad, pero pudo haber sido la onda expansiva de una pequeña arma nuclear.
Tom lanzó un grito ahogado. Sus manos cayeron a la arena. Los ojos desorbitados. El terror desapareció.
Sólo persistía el deseo. Deseo violento y desesperado, que le halaba el dolorido corazón con el poder del vacío absoluto.
Nadie que observara se pudo haber preparado para lo que él hizo a conciliación. En ese momento, sabiendo lo que debía hacer, lo que anhelaba con más desesperación, Tom desarraigó a la fuerza los pies de la arena y salió corriendo hacia el borde del agua. No se detuvo en la orilla ni se encorvó Para beber como hacían los otros. En vez de eso saltó por sobre el cuerpo echado de Michal y se zambulló en las brillantes aguas.
El cuerpo de Tom recibió una violenta sacudida en el instante en que tocó el agua. Un estroboscopio azul explotó en sus ojos, y él supo que iba morir. Que había entrado a un charco prohibido, atraído por el deseo equivocado, y que ahora pagaría con su vida. El agua tibia lo envolvió. Aleteos le ondularon por el cuerpo y estallaron en un ardiente calor que le sacó el aire de los pulmones. El sólo impacto pudo haberlo matado.
Pero no murió. Es más, fue placer lo que le sacudió el cuerpo, no muerte. ¡Placer! Las sensaciones le recorrían los huesos en olas fabulosas \ constantes.
Elyon.
No lo sabía con seguridad. Pero lo sabía. Elyon estaba en este lago con él.
Tom abrió los ojos y descubrió que no le ardían. Luz dorada se movía sin rumbo fijo. Ninguna parte del agua parecía más oscura que otra. Perdió todo sentido de orientación. ¿Dónde era arriba?
El agua presionaba en cada centímetro de su cuerpo, tan intensa como cualquier ácido, pero uno que quemaba con placer en vez de dolor. Su vio lenta sacudida dio paso a un suave temblor mientras se hundía en el agua Abrió la boca y rió. Quería más, mucho más. Quería succionar y beber agua.
Sin pensar, hizo eso. Tomó un gran trago y luego inhaló de manera intencional. El líquido le golpeó los pulmones.
Tom se detuvo de repente, lleno de pánico. Trató de despejar los pulmones, de boquear. Pero en vez de eso inhaló más agua. Manoteó y arañó en una dirección que pensó que podría ser la superficie. ¿Se estaba ahogando; No. No sintió que se le cortara la respiración.
Con cuidado succionó más agua y la respiró lentamente. Luego otra vez profundo y fuerte. Salía en un suave chorro.
¡Estaba respirando el agua! En grandes suspiros respiraba la hipnótica agua del lago.
Tom rió histéricamente. Jugueteó en el agua, recogiendo los pies para revolcarse, y después estirándolos para tenderse hacia delante, profundizándose en los colores que lo rodeaban. Nadó en el lago, cada vez más profundo, girando y rodando mientras se zambullía hacia el fondo. El poder contenido en este lago era mucho más grandioso que cualquier cosa que había imaginado alguna vez. Apenas lograba contenerse.