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Es más, no se pudo contener; lloró de placer y nadó más profundo.

Entonces las oyó. Tres palabras.

Yo hice esto.

Tom subió, paralizado. No, no eran palabras. Era música hablada. Notas puras que le traspasaban el corazón y la mente con tanto significado como un libro entero. Giró su cuerpo, buscando el origen.

Una risita onduló el agua. Ahora como un niño.

Tom rió tontamente y giró.

– ¿Elyon?

Su voz fue acallada, para nada era una voz.

Yo hice esto.

Las palabras resonaron en los huesos de Tom, y comenzó a temblar de nuevo. No estaba seguro si se trataba de una voz real, o si de algún modo era imaginaria.

– ¿Qué eres? ¿Dónde estás?

Flotó luz. Olas de placer siguieron arrastrándolo.

– ¿Quién eres?

Soy Elyon. Y yo te hice.

Las palabras empezaron en su mente y ardieron por todo su cuerpo como un fuego propagándose.

¿Te gusta esto?

¡Sí!-exclamó Tom.

Pudo haberlo expresado, pudo haberlo exclamado, no lo sabía. Sólo la que todo su cuerpo lo gritó.

– ¿Elyon? -preguntó Tom mirando alrededor. La voz era diferente ahora. Hablada. La música desapareció. Una pregunta sencilla e inocente.

¿Dudas de mí?

En ese sencillo momento lo golpeó el peso total de su terrible insensatez como un mazo. ¿Cómo pudo haber dudado de esto?

Tom se acurrucó en una posición fetal dentro de los intestinos del lag0 y comenzó a gemir.

Te veo, Thomas. Te hice. Te amo.

Las palabras lo envolvieron, penetrando hasta los más profundos tuétanos de sus huesos, acariciando cada sinapsis oculta, fluyendo por cada vena, como si le hubieran hecho una transfusión.

¿Por qué dudaste entonces?

Era el Tom de sus sueños, de su subconsciente, que le comprimía ahora la mente. Había hecho más que sólo dudar. Ese era él, ¿o no?

– Lo siento. Lo siento mucho. Pensó que después de todo podría morir.

– Lo siento. Lo siento muchísimo -gimió-. Por favor…

¿Lo siento? ¿Por qué lo sientes?

– Por todo. Por… dudar. Por no hacer caso…

Tom se interrumpió, sin estar exactamente seguro cómo más hab1 ofendido, sabiendo sólo que lo había hecho.

¿Por no amar? Te amo, Thomas.

Las palabras llenaron todo el lago, como si el agua misma se hubiera convertido en esas palabras. Tom sollozó sin consuelo.

De pronto el agua alrededor de sus pies empezó a hervir, y sintió que el lago lo succionaba más hacia su profundidad. Él lanzó un grito ahogado, halado por una poderosa corriente. Y después fue aventado y empujado de cabeza por la misma corriente. Abrió los ojos, resignado a cualquier cosa que lo esperara.

Un túnel oscuro se abrió directamente delante de él, como el ojo de un remolino. Entró a prisa allí y la luz desapareció.

El dolor lo golpeó como un carnero embistiendo, y él boqueó tratando de respirar. Por instinto arqueó la espalda en pánico ciego y retrocedió hacia la entrada del túnel, forzando la vista, pero ya se había cerrado.

Comenzó a gritar, agitando los brazos en el agua, metiéndose cada vez más profundo dentro del túnel oscuro. Le recorrió el dolor por todo el cuerpo. Sintió como si le hubieran rebanado la carne con sumo cuidado y la hubieran empacado con sal; cada órgano rodeado con carbones ardiendo; sus huesos taladrados y rellenados con plomo fundido.

Por primera vez en su vida, Tom deseó desesperadamente morir.

Entonces vio brotar las imágenes, y reconoció de dónde debían ser. Imágenes del cruce, de sus sueños, desplegadas aquí para que las viera.

Imágenes de él escupiéndole el rostro a su padre. Su padre el capellán.

– ¡Déjame morir!-se oyó gritar dentro de sí-. ¡Déjame moriiiiirrrr!

El agua le obligó a abrir los ojos y nuevas imágenes le inundaron la mente. Su madre, llorando. Las imágenes venían ahora más veloces. Representaciones de su vida. Una naturaleza sombría y terrible. Un hombre de rostro rojo estaba expeliendo obscenidades con una lengua larga que se la Pasaba azotando desde su boca abierta como la de una serpiente. Cada vez que la lengua tocaba a alguien, esta persona caía amontonada en el piso como una pila de huesos. El rostro que Tom veía era el suyo. Recuerdos de vidas muertas e idas, pero aquí y ahora aún morían.

Y supo entonces que había entrado a su propia alma.

La espalda se le arqueó de tal modo que la cabeza le llegó a los talones.

La columna vertebral se le tensó hasta estar a punto de partirse. No podía de)arde gritar.

Le repente el túnel se abrió por debajo y lo vomitó dentro de agua roja con una consistencia de sopa. Sangre roja. Él succionó el agua roja, llenándose sus agotados pulmones.

De lo profundo en el hoyo del lago un gemido comenzó a inundarle l0s oídos, reemplazando sus propios gritos. Tom giró, buscando el sonido, pero sólo encontró sangre roja espesa. Aumentó el volumen del gemido hasta convertirse en un lamento y después en un grito.

¡Elyon gritaba! De dolor.

Tom presionó las manos en los oídos y comenzó a gritar al unísono pensando ahora que esto era peor que el tenebroso túnel. Su cuerpo avanzó muy lentamente entre llamas, como si todas las células se revolcaran ante el sonido. Y así deberían estar ellos -le susurró una voz en el cráneo-. Su Hacedor está gritando de dolor!

Entonces Tom pasó. Salió del rojo, entró al verde del lago, las manos aún presionadas firmemente contra los oídos. Oyó las palabras como si vinieran de dentro de su propia mente.

Te amo, Thomas.

Al instante desapareció el dolor. Tom quitó las manos de la cabeza y se enderezó levemente en el agua. Flotó, demasiado aturdido para responder. Entonces el lago se llenó con un cántico. Un cántico más maravilloso que cualquier otro que podría sonar, cien mil melodías entretejidas en una.

Te amo.

Te escojo. Te rescato. Te acaricio.

– ¡Yo también te amo! -gritó Tom con desesperación-. Te escojo; acaricio.

Él sollozó, pero de amor. La sensación era más intensa que el dolor que había padecido.

De pronto la corriente lo volvió a halar, arrastrándolo a través de los colores. Su cuerpo volvió a temblar de placer, y flotaba relajado mientras atravesaba el agua. Quería hablar, gritar y exclamar para contarle a todo el mundo que era el hombre más afortunado en el universo. Que era amado por Elyon, el mismísimo Elyon, con su propia voz en un lago hecho por él. Pero las palabras no llegaron.

Cuánto tiempo nadó en las corrientes del lago, no podía saberlo. Se zambulló en tonos azules y halló un charco profundo de paz que le entumeció el cuerpo como novocaína. Con un giro de la muñeca alteró su curso dentro de un arroyo dorado y tembló con olas de absoluta confianza que venían con gran poder y abundancia. Luego con un giro de la cabeza entró a prisa en agua roja que bullía con placer tan enorme que se volvió a sentir relajado. Elyon reía. Y Tom rió y se zambulló más hondo, girando y volviéndose.

Cuando Elyon habló de nuevo, su voz era suave y profunda, como un león ronroneando.

Nunca me dejes, Thomas.

Asegúrame que nunca me dejarás.

– ¡Nunca! ¡Nunca, nunca, nunca! Siempre estaré contigo.

Otra corriente lo agarró por detrás y lo empujó a través del agua. El reía mientras se precipitaba por el agua en lo que pareció un tiempo muy prolongado antes de salir a la superficie ni a diez metros de la orilla.