Permaneció parado en el fondo arenoso y exhaló un litro de agua de sus pulmones frente a un asombrado Michal. Tosió dos veces y salió del agua.
– ¡Vaya, ah, vaya! -exclamó Tom, sin poder pensar en las palabras que describirían la experiencia-. ¡Cielos!
– Elyon -explicó Michal, con el corto hocico abierto en tremenda sonrisa-. Bien, bien. Fue muy poco ortodoxo, zambullirse de ese modo.
– ¿Cuánto tiempo estuve abajo?
– Un minuto -contestó Michal encogiéndose de hombros-. No más.
– Increíble -confesó Tom, cayendo de rodillas en la arena.
– ¿Recuerdas? El volvió a mirar la cascada. ¿Recordaba?
– ¿Recordar qué?
– De qué aldea viniste. Quién eres -contestó Michal.
¿Recordaba?
– No -reconoció Thomas-. Recuerdo todo desde la caída en el b0s. que negro. Y recuerdo mis sueños.
En que se hallaba durmiendo, pensó. Esperando que lo despertaran. Pero sabía que no iba a despertar hasta que se quedara dormido aquí. Podrían pasar dos días aquí y un segundo allá. Así es como funcionaba.
Suponiendo que volviera a soñar alguna vez. Seguramente no quería hacerlo. El lago lo había revivido por completo. Se sentía como si hubiera dormido una semana.
Se dejó caer de espaldas y quedó acostado sobre la arena de la playa, mirando la luna.
21
MONIQUE PARPADEÓ. Sentía que le iba a estallar la cabeza. Se hallaba acostada de lado. Su visión era borrosa. Tenía la mejilla contra la alfombra. Podía ver debajo de la cama a tres metros de distancia. ¿Se había quedado dormida? Entonces recordó. El pulso se le aceleró. ¡Alguien había irrumpido mientras Thomas dormía! Entró como un torbellino y la golpeó en la cabeza antes de que ella pudiera hacer nada. Algo más había sucedido, pero no lograba recordar qué. Le dolía la garganta. Sentía la cabeza como un globo.
Pero estaba viva, y aún estaba en la habitación.
¡Debía despertar a Tom!
Monique estaba a punto de levantar la cabeza cuando vio los zapatos debajo del extremo de la cama. Se hallaban conectados a pantalones. Alguien estaba parado al final de la cama.
Contuvo el aliento y se paralizó. ¡Él aún estaba aquí! La respiración de Tom sonaba irregular. ¿Estaba herido? O durmiendo.
Monique cerró los ojos e intentó pensar. Las tiras de sábana de la cama aún le ataban los brazos y los pies. Pero su boca. Él le había quitado la mordaza. ¿Por qué? ¿Era este su rescatador? ¿Había venido la policía para sacarla de ahí? De ser así, ¿por qué entonces el hombre la había dejado inconsciente?
No, no podría ser alguien que pensara en la seguridad de Monique. Que a supiera, en este mismo instante él atravesaba el cuarto, cuchillo en mar>o, pretendiendo terminar el trabajo. Abrió los ojos de par en par. Los zapatos de él no se habían movido. Ella levantó la mirada lo más que pudo, desesperada por ver a su atacante.
Camisa negra. Tenía una larga cicatriz en la mejilla. Su brazo estaba extendido. Portaba una pistola en la mano. La pistola apuntaba a Thom Monique se llenó de pánico.
– ¡Thomas! -gritó con toda la fuerza que tenía, irguiéndose.
El hombre giró hacia ella, apuntando con la pistola, los ojos bien abiertos. Thomas se irguió rápidamente en la cama, como un títere movido por cuerdas. El hombre cayó sobre una rodilla y apuntó otra vez la pistola hacia Thomas.
– ¡Quieto!
Pero era demasiado tarde. Thomas ya se estaba moviendo.
Se lanzó hacia su izquierda. La pistola vomitó. Una almohada arrojó plumas. Monique vio al estadounidense caer de la cama y dar contra el piso en el otro lado. Se movió con velocidad vertiginosa, como si hubiera rebotado en la alfombra.
Al instante se hallaba en el aire, volando hacia el intruso vestido de negro.
¡Plas! La pistola volvió a vomitar, abriendo un hoyo en la cabecera de la cama. Tom entró con una patada tijereta, como un jugador de fútbol preparándose para hacer un gol. Su pie se conectó con la mano del hombre.
¡Crac!
La pistola atravesó volando la habitación y chocó en la pared por encima de la cabeza de Monique. Cayó al suelo a su lado.
Ella estaba impotente para agarrarla. Pero hizo oscilar la pierna para cubrirla.
Thomas había rodado sobre la cama después de su patada y ahora estaba de pie cerca de la almohada rota, enfrentando al atacante en la conocida posición de listo para atacar.
El hombre la miró, luego a Thomas. Una sonrisa le retorció los labios-Muy bien. Lo subestimé después de todo -expresó.
Acento mediterráneo. Instruido. No un matón. Monique intentó levantarse, haciendo caso omiso de un dolor espantoso en la cabeza.
– ¿Quién es usted? -exigió saber Thomas; tenía los ojos totalmente abiertos, pero aparte de eso estaba sorpresivamente tranquilo-. No quiero herir a nadie.
– ¿No? Entonces quizá lo subestimé.
– Usted es el que quiere la vacuna -afirmó Thomas. El ojo izquierdo del hombre se entrecerró un poco. Suficiente para que Monique supiera que Thomas había tocado una fibra sensible.
– ¿Cómo lo supo usted? -inquirió Thomas.
– No tengo interés en una vacuna -contestó el hombre; sus ojos miraron una chaqueta que estaba cerca de la puerta; Tom también la vio.
– Yo le avisé, ¿no es así? -exigió saber Thomas-. Si no hubiera dicho nada a nadie, usted no estaría aquí. ¿Es eso correcto?
– Yo sólo hago aquello para lo que me contratan -rebatió el hombre encogiéndose de hombros-. No tengo idea de qué habla usted.
Él se movió cuidadosamente hacia la puerta del frente. Se frotó las manos y las levantó en una muestra de rendición.
– En este caso me contrataron para devolverle la muchacha a su padre, v debo decirle que pretendo hacer eso totalmente. No tengo ningún interés en usted.
– No, no le creo -enunció Thomas, negando con la cabeza-. Monique, 375,200 pares base. Vacuna VIH. ¿Estoy en lo cierto?
Ella lo miró. Aún no habían publicado esa información. Cómo pudo…
– ¿Estoy en lo cierto? -repitió él.
– Sí.
– Entonces escúcheme -ordenó Tom, mirando primero a Monique y después al atacante; los ojos se le llenaron de lágrimas; parecía desesperado-. No sé qué me está pasando. No quiero herir a nadie. De veras, ¿me oye? Pero tengo que detener a este tipo. Quiero decir, pase lo que pase, tenernos que detenerlo. Son reales, Monique. Mis sueños son reales. ¡Tiene que creerme!
El hombre había dado otro paso hacia la puerta.
– Sí, está bien. Le creo -contestó ella más para tranquilizar a Tom que Por estar de acuerdo con él-. ¡Vigílelo, Thomas! Él está yendo hacia la chaqueta.
– Deje la chaqueta -ordenó Thomas.
El hombre arqueó una ceja. Parecía estar disfrutando.
– Esto es absurdo. ¿Cree de verdad que puede impedirme hacer lo que quiero? Usted está desarmado -expresó mientras con indiferencia metía la mano al bolsillo y sacaba una navaja automática; la hoja se abrió de repente-. Yo no lo estoy. Y aunque lo estuviera, usted no tendría ninguna oportunidad contra mí.
– ¿Lo jura?
– ¿Quiere usted que yo…?
– ¡Usted no! Ella. ¿Me cree, Monique? Necesito que me crea. La convicción de él la hizo titubear.
– Esto podría terminar mal, Monique. Necesito realmente, de veras, que entienda lo que está pasando aquí.
– Le creo -confirmó ella.
De pronto el hombre arremetió contra su chaqueta.
Monique nunca había visto a alguien moverse tan rápido como lo hizo Thomas entonces. No saltó; no dio un paso. Se disparó, como una bala. Directo al piso entre la cama y la puerta del frente donde se hallaba doblada la chaqueta.
Rodó una vez, se paró de un salto, y con los bordes de las dos manos golpeó de costado al hombre vestido de negro.