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– Bueno, pero todo el asunto es muy extraño. Sólo te estoy informando lo que sé. Parece relacionado con tu participación en la Ley Gains.

Gains se irguió un poco. Bob no acostumbraba estas evasivas. Algo no andaba bien, no sólo en su voz sino en esta mención del proyecto de le\ derrotado por escaso margen que Merton presentara dos años antes cuando era senador. La volvieron a presentar, con algunas alteraciones y su nombre aún en ella. El proyecto de ley impondría estrictas restricciones a la inundación de nuevas vacunas que llegan al mercado, exigiéndoles que las sometan a una serie completa de pruebas. Ya habían pasado dos años desde que muriera su hija menor, Corina, de una enfermedad autoinmune después di que se le administrara erróneamente una nueva vacuna contra el SIDA. La vacuna tenía aprobación de la FDA. Gains logró que la prohibieran, pero cada mes entraban al mercado otras vacunas, y cada vez eran más las víctimas.

– Si no desembuchas, voy a enviar allí algún poder efectivo para obligarte -amenazó Gains.

Esto era algo que sólo podía decir a un hombre como Bob, el macho presuntuoso que una vez ostentara el record de lanzamientos de tres puntos en el basquetbol universitario. Todos sabían que Merton Gains se saldría de su camino para no pisar a una hormiga que vagara por la acera.

– Te recordaré que mantengas mi nombre en reserva -siguió evadiendo Bob. Luego suspiró-. Hace un par de días recibí una extraña llamada de un hombre que dice llamarse Thomas Hunter. El…

– ¿El mismo Thomas Hunter de la situación en Bangkok? -interrumpió Gains.

Hoy día le habían asignado el incidente. Un ciudadano estadounidense identificado en registros de vuelo como Thomas Hunter había secuestrado a Monique de Raison y a otra mujer no identificada en el vestíbulo del Sheraton. Los franceses estaban furiosos, los tailandeses exigían intervención, y hasta el mercado de valores había reaccionado. Farmacéutica Raison no era precisamente desconocida. El momento no pudo haber sido peor… acababan de anunciar su nueva vacuna.

A juicio de Gains el momento era muy oportuno.

– Sí, creo que podría ser -respondió Bob.

– ¿Te llamó? ¿Cuándo?

– Hace unos días. Desde Denver. Aseguró que la vacuna Raison muta-ría en un virus mortífero que acabaría con la mitad de la población. Puras chifladuras.

No necesariamente.

– Bueno, así que tenemos un chiflado que se las arregló para volar hasta Tailandia y secuestrar a la hija de Jacques de Raison. Eso es lo que el mundo ya sabe. ¿Dijo algo más?

– En realidad, sí. No pensé en el asunto hasta que vi hoy su nombre en las noticias. Como dijiste, un chiflado, ¿no es verdad?

– Correcto.

– Bueno, me dijo que el ganador del Derby de Kentucky iba a ser Volador Feliz.

– ¿Y? ¿No fue el Derby hace tres días?

– Sí. Pero me lo dijo antes de la carrera. Obtuvo su información de sus sueños, el mismo lugar donde supo que la vacuna Raison…

– ;Te dijo de veras el nombre del ganador antes de la carrera? -Eso es lo que estoy diciendo. Absurdo, lo sé.

Gains miró por la ventanilla lateral. No se veía nada por los raudales de agua que bajaban por el vidrio. En su época había sabido de algunas ridiculeces, pero esta sería exclusiva como disertación principal de cantina.

– ¿Apostaste?

– Desgraciadamente saqué la llamada de mi mente hasta hoy, cuan volví a ver su nombre. Pero hice algunas averiguaciones. Su hermana, Hunter, ganó más de trescientos mil dólares en la carrera. Estuvieron en Atlanta donde armaron un poco de escándalo en los CDC.

Definitivamente algo no estaba bien aquí.

– Así que tenemos dos chiflados. No he visto la reseña de ella.

– Es enfermera. Se licenció con honores. Una chica lista, por lo que veo. No el típico caso de excentricidad.

– No me digas que estás creyendo de veras que este muchacho sabe algo.

– Sólo estoy diciendo que él sabía acerca de Volador Feliz, y ganó. Y asegura que sabe algo respecto de esta vacuna Raison. Eso es todo lo que te estoy informando.

– Está bien, Bob. Basta con decir que Thomas Hunter está totalmente engañado… las esquinas de las calles de Estados Unidos están repletas de tipos parecidos, por lo general de los que portan carteles y a gritos lanzan peroratas sobre el fin del mundo. Esto es bueno. Al menos tenemos motivación. Sin embargo, tienes razón, de esto se tienen que encargar la CÍA y el j FBI. ¿Tienes un informe redactado?

– En mi mano.

– Entonces hazlo público. Los reseñadores tendrán actividad con esto. Envíame una copia por fax, ¿de acuerdo?

– Lo haré.

– Y hazme un favor. Si el hombre vuelve a llamar, pregúntale quién ganará el campeonato de basquetbol de la NBA. Eso provocó una risotada.

Gains cerró el teléfono y cruzó las piernas. ¿Y si Thomas Hunter supiera algo más que quién iba a ganar el Derby de Kentucky? Imposible, por supuesto, pero entonces imposible también era saber quién ganaría el Derby de Kentucky.

Hunter había volado a Atlanta. Las oficinas centrales de los CDC estaban allí. Eso tendría sentido. Hunter cree que un virus está a punto de arrasar con el mundo, va a los CDC, y cuando ellos se burlan de su ridícula afirmación, él va directo a la fuente del supuesto virus.

Bangkok.

Interesante. El caso de un verdadero chiflado. Demente.

Por otro lado, ¿cuán a menudo una locura ha hecho ganar trescientos dólares en una carrera de caballos?

22

THOMAS.

Una dulce voz. Pronunciando su nombre. Como miel. Thomas.

– Thomas, despierta.

Una voz de mujer. Le acariciaba la mejilla. Él estaba despertando, pero sin seguridad de que ya hubiera despertado de veras. La mano en su mejilla podría ser parte de un sueño. Por un momento dejó que fuera un sueño.

Saboreó ese sueño. Esta era la mano de Monique en su mejilla. La obstinada francesa que se había horrorizado de que él pudiera morir de verdad.

– ¡Thomas!-gritaba ella-. ¡Thomas!

No, no. No se trataba de Monique sino de Rachelle. Sí, eso era mejor. Rachelle se arrodillaba a su lado, acariciándole la mejilla con la mano. Inclinándose sobre él, susurrando su nombre. Thomas. Los labios de ella se estaban estirando para tocar los de él. Hora de despertar al gallardo príncipe.

– ¿Thomas?

El abrió bruscamente los ojos. Cielo azul. Cascada. Rachelle.

Lanzó un grito ahogado y se irguió. Aún estaba en la playa donde se quedara dormido durante la noche. Miró alrededor. No había animales a la vista. Ningún roush. Sólo Rachelle.

– ¿Recuerdas? -preguntó ella.

Él recordaba. El lago. Profunda zambullida. Éxtasis. Aún perduraba aquí el sonido de la cascada.

– Sí. Estoy empezando a recordar -contestó él-. ¿Qué hora es?

– Mediodía. Los demás se están preparando.

También recordaba el cruce y la afirmación de Teeleh de que él había aterrizado de emergencia.

– ¿Para qué se están preparando?

– Para la Concurrencia esta noche -informó ella como si él debiera saber esto.

– Desde luego -asintió él, miró las relucientes aguas que se extendían por el lago, tentado a volver a nadar.

¿Podía zambullirse sencillamente en cualquier momento que quisiera?

– En realidad, todavía no recuerdo todo.

– ¿Qué recuerdas?

– Bueno, no sé. Si supiera, lo recordaría. Pero creo que comprendo el Gran Romance. Se trata de Elyon.

– Sí -contestó ella, iluminándosele los ojos.

– Se trata de elegir, rescatar y ganar el amor porque eso es lo que Elyon hace.

– ¡Sí! -gritó Rachelle.