– Quizá tus sueños no sean más que un descubrimiento fascinante – comentó ella suavizando sus rasgos-. Pero no estoy segura de cómo me siento que sueñes con otra mujer cuando estoy en tus brazos. ¿Comprendes?
– Perfectamente.
Rachelle no parecía satisfecha del todo.
– Además de tratar de salvar el mundo, ¿qué haces en las historias?
– Bueno… creo que soy escritor. Aunque temo que no muy bueno.
– ¡Un narrador de historias! Eres narrador de historias. Tal vez por eso estás soñando. Te golpeaste la cabeza, perdiste la memoria, y olvidaste cómo narrar historias como lo hacías en tu propia aldea. Pero tu subconsciente no ha olvidado. ¡Estás inventando una gran historia en tus sueños!
Ella podría tener razón. En realidad, lo más seguro es que no fuera así.
– Quizá. ¿Qué dice Tanis?
– Que él y tú podrían organizar con éxito una expedición al bosque negro usando la información de tus sueños acerca de las historias. Creo que es la fantasía de un narrador de historias, pero él está muy emocionado.
La mente de Tom se llenó de inquietud. Era claro que la advertencia de Michal no había afectado a Tanis. ¿Dijo eso?
– Sí. Si yo no hubiera insistido en venir sola al lago para encontrar cuando Michal nos contó que estabas aquí, él también habría venido. Él asegura tener algunas ideas novedosas para analizar contigo.
Tom tomó nota mentalmente para evitar al hombre hasta poner esto en orden.
– Me alegro que hayas venido sola -indicó él.
– Yo también.
– Y trataré de no soñar.
– O mejor, sueña conmigo.
LA CONCURRENCIA de esa noche arrasó con todos los temores y las dudas que perduraban en la mente de Tom. Ellos subieron por el sendero hacia el lago, en silencio durante los últimos quince minutos de caminata. Tom entró a una zona de arena blanca en el costado derecho del lago. Distraídamente se dio cuenta de que ya no estaba la mancha roja. Hasta donde le permitía la memoria, esta era su primera Concurrencia.
Alrededor del grupo flotaba una cálida neblina de la cascada. Muchas de las personas ya estaban boca abajo sobre la arena, con las manos extendidas hacia la rugiente agua.
Tom cayó de rodillas, el corazón le palpitaba con expectativa. Había sido demasiado, demasiado. De pronto una cálida neblina le acarició el rostro. Su visión estalló con una roja bola de fuego, y él lanzó un grito ahogado, aspirando más de la neblina en sus pulmones.
Elyon.
Se hallaba consciente de la humedad que le tocaba la lengua. El sabor más dulce de azúcar entrelazado con un toque de cereza le inundó la boca. Tragó. En sus fosas nasales brotó el aroma de flores de gardenia.
Siempre con mucha suavidad, el agua de Elyon lo envolvió, con cuidado de no agobiarle la mente. Pero de manera intencionada.
De repente la bola roja de fuego se mezcló en una corriente de azul profundo que fluyó dentro de la base del cráneo de Tom y le bajó por la columna vertebral, acariciando cada nervio. Intenso placer le envolvió cada trayectoria de los nervios hacia las extremidades. Cayó sobre el abdomen,)' todo el cuerpo le tembló.
Elyon.
La fuerza de la cascada aumentó su intensidad, y la neblina le caía a Tom en la espalda a un ritmo constante mientas yacía postrado. La mente le daba vueltas bajo el poder del Creador, quien hablaba con suspiros, colores, aromas y emociones.
Entonces la primera nota le llegó a los oídos. Le traspasó los tímpanos v |e abarcó la mente. Una nota baja, más baja que el rugido gutural de un millón de toneladas de estrepitoso combustible de la base de un cohete. El atronador tono subió una octava, hasta convertirse en una nota fuerte, y comenzó a grabar una melodía en el cerebro de Tom. Él no oía palabras, sólo música. Al principio una sencilla melodía, seguida luego por otra, totalmente única pero en armonía con la primera. La primera le acarició los oídos; la segunda reía. Una tercera melodía se unió a las dos primeras, haciéndole exclamar de placer. Luego una cuarta y una quinta, hasta que Tom oyó cien melodías que le recorrían la mente, cada una exclusiva, cada una diferente.
Todas juntas no más que una nota sencilla de Elyon. Una nota que gritaba: Te amo.
Tom respiró ahora a grandes boqueadas. Estiró los brazos delante de él. Se le contraía el pecho sobre la cálida arena. La piel le ardía con cada mínima gotita de neblina que lo tocaba.
Elyon.
¡Yo también!¡Yo también!-deseó decir-. Yo también te amo.
Quiso gritarlo. Exclamarlo con tanta pasión como sentía ahora del agua de Elyon. Abrió la boca y gimió. Un tonto y estúpido gemido que no decía nada en absoluto, y que no obstante era él, hablándole a Elyon.
Luego se formaron las palabras que resonaban en su mente.
– Te amo, Elyon -expresó, respirando suavemente.
Al instante le estalló en la mente un nuevo frenesí de colores. Dorado, azul y verde le cayeron en cascada sobre la cabeza, llenándole de deleite cada Pliegue del cerebro.
Rodó de costado. Cien melodías se elevaron en su mente dentro de mil… Corno una sintonía pesada y entrelazada que arremetía contra la columna vertebral. Sus fosas nasales resoplaron con el acre olor de lila, rosa y jazmín, y los ojos se le inundaron de lágrimas con su intensidad. La neblina le empapa el cuerpo, y cada centímetro de su piel zumbaba con placer.
– ¡Te amo! -gritó Tom.
Se sentía como si estuviera en una puerta abierta al borde de una enorme expansión, desbordándose en salvaje emoción elaborada en colores suspiros, sonidos y aromas que le golpeaban el rostro como un vendaval. Era como si Elyon fluyera en forma de océano sin fondo, pero Tom sólo pudiera saborear una gota apartada. Como si fuera una sinfonía orquestada por un millón de instrumentos, y una simple nota que con su poder lo arrancaba del suelo.
– ¡Te amoooo! -exclamó.
Tom abrió los ojos. Largas cintas de colores recorrían la neblina hacia el lago. De la cascada se derramaba luz, que iluminaba todo el valle de tal modo que lo hacía parecer como si fuera mediodía. Todas las personas yacían boca abajo mientras la neblina les bañaba los cuerpos. Casi todos temblaban pero no hacían sonidos que se pudieran oír por sobre la cascada. Tom dejó que la cabeza le cayera en la arena.
Entonces las palabras de Elyon le resonaron en la mente.
Te amo.
Eres precioso para mí. Me perteneces.
Mírame otra vez, y sonríe.
Tom quiso gritar. Incapaz de contenerse, dejó que las palabras fluyeran de su boca como una inundación.
– Te miraré siempre, Elyon. Te adoro. Adoro el aire que respiras. Adoro la tierra en que caminas. Sin ti, no hay nada. Sin ti, sufriré mil muertes. No me abandones nunca.
El sonido de una sonrisa infantil. Luego otra vez la voz.
Te amo, Thomas.
¿Quieres subir el acantilado?
¿Acantilado? Vio los acantilados de nácar sobre los cuales se derramaba el agua-Una voz gritó sobre el lago.
– ¿Quién nos hizo?
Tanis estaba parado, gritando este reto.
Tom se esforzó por ponerse de pie. Los demás se levantaron rápidamente.
– ¡Elyon! ¡Elyon es nuestro Creador! -gritaron al unísono más fuerte que las estrepitosas cascadas.
Como una demostración de fuegos artificiales, los colores siguieron expandiéndosele en la mente. Observó, momentáneamente aturdido. Ninguno de los demás miraba hacia él. La exteriorización de ellos era simple abandono al afecto, insensatez en cualquier otro contexto, pero totalmente genuino aquí.
De pronto la voz del niño le volvió a resonar en la mente.