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Carlos deslizó el pasador, y de un empujón abrió la puerta. El blanco laboratorio brillaba bajo dos filas de tubos fluorescentes descubiertos. Svensson había construido o convertido dos docenas de laboratorios similares en todo el mundo para una eventualidad como esta. El descubrimiento de un posible virus. Si se presentaba un virus en Sudáfrica, ellos debían estar en Sudáfrica. Finalmente volverían a los laboratorios mucho más grandes y a las instalaciones de producción en los Alpes, desde luego, pero sólo cuando tuvieran bien asegurado lo que necesitaban y hubieran analizado a fondo el ambiente del que venía el virus.

Aquí, en el sudeste asiático, tenían cinco laboratorios. El traslado de Farmacéutica Raison de Francia a Tailandia precipitó la construcción de este laboratorio particular. Y ahora reportaba sus beneficios.

El recinto estaba equipado con todo lo que se esperaba de un laboratorio industrial de tamaño mediano, incluyendo capacidad de refrigeración y calor. Monique se hallaba en el rincón, amordazada con cinta de conducto y atada a una silla gris. Carlos no le había hecho daño. Todavía. Pero le había hablado extensamente. El hecho de que ella se negara a dedicarle más que un gruñido lo convenció de que pronto tendría que hacerle daño.

– Así que esta es la mujer por la que el mundo está berreando expresó Svensson, moviéndose lentamente por el piso de baldosa blanca, deteniéndose a un metro de Monique-. ¿La que ha elegido no ver todavía la luz?

Carlos se paró a su lado con las manos sujetas frente a él. No contestó. No se esperaba que contestara. No lo haría de todos modos. Él había hecho su parte; ahora era el momento de Svensson para hacer la suya.

La huesuda mano del suizo osciló y le asentó una bofetada a la mejilla de Monique. La cabeza de la mujer giró bruscamente y el rostro enrojeció, pero ella no emitió ni un sonido.

– Me has visto -declaró Svensson sonriendo-. Y obviamente me reconoces. Creo incluso que una vez nos topamos, en el simposio de medicinas de Hong Kong hace dos años. Tu padre y yo somos prácticamente compañeros de pecho, si fuerzas un poco las cosas. ¿Ves el problema en esto?

Ella no respondió. No podía hacerlo.

– Quítale la cinta, Carlos.

Carlos dio un paso adelante, y desgarró la cinta gris de conducto de la boca a Monique.

– El problema es que me he comprometido contigo -siguió hablando Svensson-. Ahora me puedes identificar. Te tendré encerrada bajo llave hasta que llegue el momento en que no me importe si me identificas. Luego, dependiendo de cómo me trates ahora, te dejaré vivir o te mataré. ¿Tiene eso algún sentido para ti?

Ella le taladró el rostro con una mirada pero no contestó.

– Una mujer fuerte. Podría usarte cuando todo termine. Pronto, muy pronto -informó Svensson acariciándose el bigote y caminando de lado a lado frente a ella-. ¿Sabes lo que pasa a tu vacuna Raison al calentarla a 81,92 grados centígrados y mantener esa temperatura por dos horas?

Los ojos de Monique se entrecerraron por un breve momento. Carlos no creyó que ella lo supiera. Es más, ellos no lo sabían con seguridad.

– No, por supuesto que no -continuó Svensson-. Ustedes no han probado la vacuna bajo tales condiciones adversas; no había necesidad de hacerlo. Así que déjame hacerte una sugerencia: Cuando aplicas este calor específico a tu medicina milagrosa, muta. No conoces su capacidad de mutar porque según tus fuentes internas, también muta a un calor menor, Pero las mutaciones no se logran mantener por más de una generación o dos.

Los ojos de Monique se abrieron brevemente del todo. Acababa de saber que había un espía en su propio laboratorio. Quizá ahora los debería tomar más en serio. A Carlos le sorprendió que Svensson le comunicara tanto a ella. Claramente no esperaba que la mujer viviera para contarlo.

– Sí, eso es correcto, tenemos muchos recursos. Sabemos de las mutaciones, y que también otras mucho más peligrosas se conservan bajo un calor más intenso. Tu vacuna Raison se convierte en mi variedad Raison, un virus volátil sumamente infeccioso con un período de incubación de tres semanas -declaró, luego sonrió-. Se podría contaminar todo el mundo antes de que la primera persona mostrara algunos síntomas. Imagina las posibilidades para el hombre que controle el antivirus.

Un temblor le recorrió el rostro a Monique. Esta era la clase de reacción que sin duda hacía que el corazón de Svensson le palpitara como un puño. Él la había puesto en evidencia, y sugerido una increíble posibilidad que habían estructurado por sí mismos. Y ella estaba reaccionando con terror.

El rostro de Monique de Raison manifestó a gritos su respuesta. Y ninguna otra respuesta podía haber sido mejor. Ella también sabía todo esto. Había pasado algunas horas a solas con Thomas Hunter, el soñador, y de alguna manera llegó a convencerse de que su vacuna sí representaba realmente un verdadero riesgo.

– Sí, la vacuna para el virus de SIDA tiene 375,200 pares base… ¿no es eso lo que este Hunter te dijo? Y tenía razón. Demasiada información para un bobalicón de Estados Unidos. Es muy malo que no lo tengamos también a él. Por desgracia está muerto.

Svensson dio media vuelta y empezó a ir hacia la puerta.

– Espero que papito ame a su hija, Monique. De verdad. En los días venideros haremos algunas cosas maravillosas, y nos gustaría que nos ayudaras.

El hombre cojeó lentamente, taconeando sobre el concreto con el pié derecho. Svensson era un tipo permanentemente cojo.

– No olvide el explosivo en su estómago -declaró Carlos a Monique sacando el transmisor-. Puedo detonarlo presionando este botón, como se lo dije, pero se detonará por sí sólo si pierde la señal después de cincuenta metros. Creo que es como su grillete. No creo que alguien venga por usted Si eso pasa, simplemente la matará.

Ella cerró los ojos.

Quizá después de todo, él no habría tenido que lastimarla. Mejor de ese modo.

***

EL HELICÓPTERO era una antigua burbuja de reserva con capacidad para cuatro y corría sobre pistones. Tom y el guía bajaron en un arrozal como a cinco kilómetros al sur de la planta de concreto y buscaron la selva a su derecha. El cacharro se elevó y se dirigió a casa. Ahora dependían de los radios, de la nariz de Muta y de los trucos de Tom.

Caminaron afanosamente por el agua hasta tierra seca, y trotando siguieron luego la línea de árboles. Los dos portaban machetes y Muta una 9-milímetros en la cadera. El follaje les hizo aminorar la marcha, obligándolos a cortar su camino por enredaderas y malezas. Tardaron toda una hora en recorrer los cinco kilómetros.

– ¡Allí! -exclamó Muta señalando con el machete el claro que había adelante.

Media docena de edificios de concreto en varios grados de deterioro. Un estacionamiento lleno de maleza con grandes montones de pasto que crecían entre los bloques de concreto. Una banda transportadora oxidada sobresalía hacia el aire poco denso.

Sólo uno de los edificios era bastante grande para ocultar alguna obra subterránea. Si tenían allí a Monique, bajo tierra, el primer edificio a la izquierda parecía la mejor opción. Aunque en el momento todas las opciones parecían muy malas.

Tom había hecho declaraciones atrevidas y ventilado bulliciosas acciones agresivas, pero al estar aquí en la orilla de la selva, con chicharras chillando por todas partes y el caluroso sol del atardecer cayéndole en los hombros, le pareció absurda la idea de que el origen del ataque de un virus en todo el mundo yaciera oculto en esta planta abandonada de concreto.

Y si estaba equivocado? La pregunta lo había hostigado desde que el helicóptero los abandonara una hora antes. Pero ahora había pasado de pregunta a inquietante certeza en un salto gigante. Se equivocó. Esta no era más 9ue una planta abandonada de concreto.

– ¿Está abandonada? -inquirió Muta.