– Él también lo sabe.
– Quédese detrás de la cabaña -ordenó Tom, señalando una pequeña estructura a diez metros de la entrada al edificio principal-. Cúbrame con su pistola. Usted puede disparar derecho esa cosa, ¿no es así?
– Usted patea muy bien -contestó Muta demostrando con una mueca que se había ofendido-. Yo disparo mejor. En la milicia disparé muchas pistolas. ¡Nadie dispara tan bien como yo!
– ¡Haga silencio! -susurró Tom-. Le creo. ¿Puede darle a un hombre en la puerta a esta distancia?
– Demasiado lejos -contestó el guía con una sola mirada a la puerta a poco menos de cien metros de distancia.
Bueno. El entonces era sincero.
– Está bien, cúbrame. Tan pronto como yo despeje la entrada, usted corre y me sigue adentro -decidió, mirando el machete en su mano.
La mayor parte de sus habilidades de pelea consistían en puños y juego de piernas, pero ¿qué bien haría un combate cuerpo a cuerpo en un lugar como este? Es cierto que disponía de algunos trucos, pero el principal era dormir y regresar sano. Un truco muy impresionante, sin duda, pero no exactamente un golpe demoledor en una pelea.
– ¿Listo?
Muta soltó el cargador de su pistola, lo revisó y lo volvió a encajar en una demostración de destreza en manejo de armas.
– Vaya; yo lo sigo.
No exactamente una invasión de tropas de asalto de los EE. UU.
– ¡Vamos! -exclamó, saltó sobre el borde de la pequeña cuesta, corno agachado, machete extendido. Muta corrió detrás de él, sus pies resonaban en la tierra.
Tom estaba a mitad de camino hacia la puerta cuando las dudas empezaron a acumularse en serio. Si el hombre con quien había peleado en el cuarto de hotel se hallaba en el interior de esta edificación, estaría disparando balas. Un machete podría ser menos útil que un fideo mojado. Pero la lucha cuerpo a cuerpo era totalmente imposible; el hombre era mucho más diestro y poderoso.
Se detuvo, la espalda contra la pared, la puerta a su izquierda. Muta se detuvo en la casucha, pistola extendida.
Tom giró la manija. Sin seguro. La haló. Dio una rápida mirada y se ó. El interior estaba oscuro. Vacío.
Vacío, muy, pero muy, vacío. Tragó saliva y giró hacia Muta. El hombre travesó corriendo el terreno abierto, oscilando la pistola. Tom entró al edificio.
– ESTÁN ADENTRO -comunicó Carlos, observando el monitor.
– Déjalos entrar -asintió Svensson-. Envíale un mensaje al padre tan pronto como salgas. En vista de su desprecio por las condiciones que fijamos, hemos reducido a una hora el tiempo de su conformidad. Dale nuevas instrucciones. Usa el aeropuerto.
Svensson se dirigió a la puerta a grandes zancadas.
– Tráela a la montaña -siguió diciendo-. Confío en que esta sea la última complicación.
Ellos habían visto al par tan pronto los sensores los captaron en el perímetro. Habían corrido los pasadores de seguridad en las puertas para dejar entrar a los hombres. Como ratones a una trampa.
Carlos no podía ni siquiera comenzar a imaginar cómo Raison había encontrado este lugar. Más misterioso aún era por qué solamente había enviado dos hombres. Sea como sea, Carlos estaba preparado. Lo que les sucediera a estos dos era intrascendente. Pero se había comprometido el encubrimiento del laboratorio. Svensson habría salido por el túnel en cuestión de minutos, aun con su pierna lesionada. Carlos seguiría tan pronto como tuviera la vacuna.
– La llevaré dentro de veinticuatro horas -expresó Carlos poniéndose de pie-. Sí, esta será la última complicación.
Svensson se había ido.
Carlos respiró hondo y miró el monitor. Quizá esto era mejor. El complejo montañoso en Suiza tenía un laboratorio más espacioso. Toda la operación se lanzaría desde otras instalaciones aseguradas. Los seis dirigentes que ya habían acordado participar, que sucederían a Svensson, habían establecido vínculos con la base. La complicación cambiaría…
Carlos parpadeó ante el monitor. El rostro del primero de los hombres se vio entero por primera vez. Este era Thomas Hunter o un gemelo de Thomas Hunter.
Pero él había matado a Hunter. ¡Imposible! Aunque el hombre hubiera sobrevivido a una bala en el pecho, no estaría en condiciones de correr p0t la selva.
Sin embargo, allí estaba él.
Carlos miró la imagen y consideró sus opciones. Dejaría entrar al ratón a la trampa, sí. Pero ¿debería matarlo esta vez?
Era una decisión que él no tomaría de prisa. El tiempo estaba ahora de su parte. Al menos por el momento.
VACIO. MUY vacío y muy oscuro.
Un tramo de escaleras hacia su derecha descendía a la oscuridad.
– Allí -susurró, señalando el machete hacia el hueco de la escalera.
Corrió a las escaleras y descendió rápidamente, usando la luz de la entrada abierta arriba para guiar sus pasos. Una puerta de acero en el fondo. Tiró de la manija. Abierta. La puerta giró hacia adentro. Un corredor oscuro. Puertas a lado y lado. Al final, otra puerta.
Una diminuta franja de luz se veía por debajo de la puerta más lejana. El corazón de Tom palpitó con fuerza. Mantuvo su machete nivelado en ambas manos. Dos pasos cuidadosos al frente antes de recordar a su apoyo. Muta.
Retrocedió, miró por encima de las escaleras. Ningún indicio de Muta.
– ¿Muta? -susurró.
Nada de Muta. Quizá había regresado para cubrir la puerta del frente. Tal vez lo habían eliminado. Quizá…
Tom comenzó a sentir pánico. Respiró pausadamente, envuelto en la oscuridad. Esta era una pesadilla, y él era el fugitivo solitario, jadeando por oscuros pasillos desiertos con los fantasmas pisándole los talones. Sólo su fantasma tenía una pistola, y Tom ya había sentido dos de sus balas.
De ninguna manera podía volver a subir esas escaleras ahora. No si había alguien allá arriba esperando.
Corrió hacia la puerta en el extremo del pasillo. Suelas de caucho apagaban sus pisadas. Pasó las otras puertas a lado y lado. Zum, zum, como ventanas hacia un olvido poco prometedor. Puertas al terror. Corrió más rápido. De pronto se convirtió en una carrera para llegar a la puerta con la luz.
Se estrelló contra ella, desesperado porque estuviera abierta. Lo estaba. Irrumpió, cegado por la luz. Cerró de golpe la puerta. Deslizó un pasador y respiró entrecortadamente.
– ¿Thomas?
Tom dio media vuelta. Monique estaba amarrada a una silla en el rincón más allá de una fila de mesas blancas con ampolletas sobre ellas. Este era el sitio del cual Rachelle quería ser rescatada, casi exactamente como él se lo había imaginado. Pero esta no era Rachelle; esta era Monique.
Ella tenía los ojos desorbitados y el rostro pálido.
– Usted… tú estás muerto -lo tuteó por primera vez-. Vi cómo él te disparaba.
Tom fue hacia la mitad del piso, la mente le daba vueltas. Ella se hallaba realmente allí. Él no estaba seguro si fue una intensa sensación de alivio o una clase general de locura lo que le produjo ganas de gritar.
De pronto corrió de nuevo, directo hacia ella.
– ¡Estás aquí! -exclamó deslizándose por detrás de ella y arrancando la cinta de conducto que le ataba las manos a las patas de la silla-. Rachelle me dijo que estarías aquí, en la cueva blanca con frascos, y aquí estás.
Él estuvo a punto de soltar un sollozo incontrolable, pero se recuperó rápidamente.
– Esto es increíble; absolutamente increíble.
Levantó a una temblorosa Monique hasta que la puso de pie, la rodeó con los brazos, y la abrazó fuertemente.
– Gracias a Dios que estás a salvo.
Ella se sintió entumecida, pero era de esperarse. A la pobre alma la habían agarrado a punta de pistola y…