Выбрать главу

– ¿Thomas? -exclamó, alejándolo suavemente; miraba la puerta.

Tom dio un paso atrás y le siguió la mirada. La puerta estaba cerrada por este lado. Monique no estaba dando volteretas de felicidad ante su rescate, y él se preguntó por qué.

– Vine a rescatarte -informó.

De pronto lo rodeó la realidad de lo que estaba haciendo, dónde estaba Parpadeó.

– Thomas, tenemos un problema.

– ¡Debemos salir de aquí! -exclamó, agarrándole la mano y halándola; entonces volvió sobre sus pasos por el machete que había tirado al suelo-. ¡Vamos!

– ¡No puedo! -gritó ella, agitando su mano libre.

– ¡Por supuesto que puedes! Es verdad, Monique, todo es verdad. Yo sabía acerca de los pares de SIDA, sabía lo de la variedad Raison y sabía cómo encontrarte. Y ahora sé que si no salimos de aquí vamos a tener más problemas de lo que ninguno de los dos pueda imaginar.

– El me obligó a tragar un mecanismo explosivo -le informó ella rápidamente medio susurrando, con las manos en el estómago-. Me matará si me alejo más de cincuenta metros de él. ¡No puedo salir!

Tom le miró el rostro golpeado, las manos de ella le temblaban sobre el vientre. La mente de él se quedó en blanco.

– Tienes que salir, Thomas. Lo siento. Lo siento por no escucharte. Tenías razón.

– No, no es culpa tuya. Yo te secuestré.

Dio un paso hacia ella y por un momento ella era Rachelle, suplicándole que la rescatara. El casi estiró la mano y le quitó el cabello que le caía en la frente.

– Tienes que salir ahora, y decirles que todo es verdad -declaró ella, mirando hacia el rincón.

Tom vio la pequeña cámara y se quedó helado. Desde luego, los estaban observando. Habían agarrado a Muta porque el secuestrador de Monique los había visto venir todo el trayecto. Habían dejado que Tom cayera en esta trampa. ¡No había manera de escapar!

Monique dio un paso hacia él y lo apretó contra sí.

– Ellos nos escuchan; están vigilando -comunicó ella presionando su boca en el oído de él-. Besa mi rostro, mis orejas, mi cabello, como si nos hubiéramos conocido por mucho tiempo.

Ella ni esperó que él reaccionara sino que inmediatamente le presiono los labios contra la mejilla. Estaba dando qué pensar a quienquiera que estuviera observando.

– Tienen los números equivocados -expresó ella, más fuerte, pero no demasiado-. Solamente tú.

– ¿Solamente…?

– Shh, shh -lo calmó; luego habló muy suavemente-. Su nombre es Valborg Svensson. Dile a mi padre. Pretenden utilizar la vacuna Raison. Diles que muta a 81,92 grados centígrados después de dos horas. No lo olvides. Saca con cuidado el anillo de mi dedo y vete mientras puedas.

Tom había dejado de besarle el cabello. Sintió el anillo, lo sacó.

– Sigue besándome.

Siguió besándola.

– No puedo dejarte aquí -objetó.

– Me necesitarán viva. Y si creen que tienes más información de la que necesitan, no te matarán.

– Entonces tengo razón respecto del virus.

– Tienes razón. Siento mucho haber dudado.

Él sintió que un extraño pánico le aferraba la garganta. ¡Sencillamente no podía dejarla aquí! Se suponía que la rescatara. De alguna manera, en algún modo más allá de su comprensión, ella era la clave para esta locura. Ella era la esencia del Gran Romance; él estaba seguro de ello.

– Voy a quedarme. Puedo pelear con este tipo. He aprendido…

– ¡No, Thomas! Tienes que salir. ¡Tienes que decirle a mi padre antes de que sea demasiado tarde! Vete.

Ella le dio un último beso, esta vez en los labios.

– ¡El mundo te necesita, Thomas! Ellos son impotentes sin ti. ¡Huye!

Tom la miró, sabiendo que ella tenía razón, pero no podía dejarla así no más.

– ¡Huye! -gritó ella.

– Monique, no puedo dejar…

– ¡Corre! ¡Huye, huye, huye! Tom corrió.

***

SUCEDIÓ TAN rápido, tan inesperadamente, que agarró desprevenido a Carlos. Un segundo atrás los había tenido a los dos atrapados en el labora-tono al final del largo pasillo. Al siguiente Monique estaba sugiriendo que Hunter aún estaba enterado de algo que ellos no sabían. Tal vez ella y Hunter habían planeado esto juntos, un pensamiento interesante. Y luego Hunter huía.

El estadounidense llegó al pasillo antes que Carlos reaccionara.

Saltó sobre el cuerpo del guardia que había venido con Hunter, abrió de golpe la puerta, y se metió al pasillo. Hunter lo golpeó de costado antes de que pudiera mover la pistola alrededor. Luego el hombre pasó y salió corriendo hacia las escaleras.

Carlos dejó que la fuerza del impacto hiciera girar su cuerpo hacia la figura que escapaba. Extendió la pistola, apuntó a la espalda del hombre. Dos alternativas.

Matarlo ahora con un fácil disparo en la columna vertebral.

Herirlo y agarrarlo vivo.

La última.

Carlos haló el gatillo. Pero Hunter había previsto el disparo y se lanzó a la izquierda. Rápido, muy rápido.

Carlos se movió a la izquierda y disparó otra vez.

Pero la bala chispeó contra la puerta de acero. El hombre había atravesado la puerta y estaba sobre las escaleras. Carlos quedó anonadado por un instante. Se recuperó. Salió tras el hombre a toda velocidad.

– ¡Corre! -gritaba la mujer por detrás.

Ella estaba de pie en el marco de la puerta de su prisión.

Carlos no hizo caso de ella y subió corriendo las escaleras, tres a la vez. ¿Ya se habría ido Hunter? Carlos llegó a la puerta y la atravesó volando.

El estadounidense estaba en la cabaña. Cortando por detrás. Carlos hizo un rápido disparo que dio en un trozo de concreto de la esquina exactamente sobre la cabeza de Hunter. Este viró a campo abierto y corrió hacia la línea de árboles.

Carlos empezó a ir en su persecución, sabiendo que la casucha brindaría un sitio perfecto para disparar sin ningún obstáculo al hombre. Había dado sólo un paso cuando se detuvo.

Si él y la mujer se separaban más de cincuenta metros, el explosivo en el estómago acabaría con la vida de ella. La necesitaban viva. Ella lo sabía y no lo siguió.

El hombre estaba ampliando la distancia.

Carlos podría dejar el transmisor, pero la mujer podría seguirlos, hallar el transmisor, y escapar con él. Ella era el grillete de él.

Carlos soltó una palabrota entre dientes, se inclinó contra el marco de la puerta, y afirmó su pistola extendida. El hombre estaba a poco menos de veinte metros de la selva, una mancha inclinada en la mira de la pistola.

Hizo otro disparo. Otro. Luego dos más en rápida sucesión.

¡Plas!

La última bala dio de lleno en la parte posterior de la cabeza del hombre. Carlos lo vio caer hacia delante con el impacto característico de la bala, vio salpicar sangre. Hunter desapareció dentro de la elevada hierba.

Carlos bajó la pistola. ¿Estaría muerto? Nadie pudo haber sobrevivido a tal impacto. No podía salir para revisar mientras la mujer estuviera libre y el transmisor en el bolsillo de él. Pero Hunter no iría pronto a ninguna parte.

Movimiento.

La hierba. ¿Se estaría arrastrando?

No, se había levantado, allí, junto a los árboles. ¡Corría!

Carlos levantó bruscamente la pistola y vació el último cargador con tres disparos más. Hunter desapareció entre los árboles.

El secuestrador cerró los ojos y se dio un furioso golpe en la cabeza. ¡Imposible! Estaba seguro de que le había dado al tipo en la cabeza.

Dos veces se le había escapado el hombre después de pegarle tiros directos. Nunca más. ¡Nunca!

La ingenuidad de la mujer era muy inesperada. Admirable en realidad.