TOM DESPERTÓ ante el violento tirón de una apestosa garra que se le clavó a lo largo del rostro.
– ¡Despierta! -gritó una voz lejana-. ¡Despierta! ¿Crees que puedes simplemente dormir durante esto? ¡Despierta!
Levantó la mirada y vio un fuego danzando a sus pies. ¿Dónde se hallaba? Se esforzó por levantar la cabeza. Una garra le hirió la mejilla, virándole la cabeza hacia un lado. El comenzó a escabullirse.
Otra fortísima bofetada en su mejilla derecha lo hizo incorporarse.
– ¡Despierta, inútil trozo de carne! -exclamó la voz de Teeleh.
Tom abrió los ojos y vio que lo habían sujetado por las muñecas y los tobillos a un dispositivo vertical. Montones de espeluznantes criatura5 danzaban alrededor de una enorme fogata como a diez metros de distancia, miles de ojos redondos y brillantes punteaban el bosque negro.
Levantó lentamente la mirada. Quizá cientos o miles. Teeleh estaba parado sobre una plataforma a la derecha.
Un shataiki descendió de su rama, chillando de alegría.
– ¡Está despierto! ¡Está despierto! ¿Puedo…?
Con un gruñido gutural una enorme bestia negra giró y golpeó en el aire al shataiki más pequeño. El murciélago cayó a tierra con un ruido sordo. Rápidamente otros le saltaron encima y arrastraron el convulsionante cuerpo dentro de las tinieblas.
Se hizo silencio en la reunión. El fuego chisporroteaba. Los shataikis resollaban. Una multitud de ojos rojos se cernía sobre él. Pero fue la imagen del murciélago más grande, atravesándolo con rojos ojos brillantes, lo que produjo terror en el corazón de Tom.
Este era Teeleh.
Había cambiado. Su piel estaba resquebrajada y era negra como el azabache, además supuraba un fluido transparente. Sus alas estaban descascaradas, y soltaban largas franjas de pelaje. Los labios despegados hacia atrás revelaban viejísimos colmillos amarillos. Una mosca le caminaba lentamente por encima de uno de los ojos, ahora rojos, pero la bestia no parecía notarla.
Tom giró la cabeza de izquierda a derecha. El dispositivo al cual lo tenían colgado crujió con su movimiento. Estaba atado a una tosca viga de madera colocada verticalmente con otra fijada de forma perpendicular. Una cruz. Lo habían amarrado con cuerdas a la cruz. Hilos de sangre manaban de miles de tajos en su piel.
Lentamente giró más hacia la derecha. Los ojos rojos de la bestia sobresalían más de lo que él recordaba. Si tuviera libres las manos, las podría haber estirado y destrozado las malsanas bolas del rostro del desalmado. Como estaban las cosas, sólo podía mirar los penetrantes ojos de Teeleh, y luchar contra su propio temor.
– Bienvenido a la tierra de los vivos -declaró Teeleh; su voz antes musical se oía ahora torpe y gutural, como si hablara por una garganta llena de flema-. O debería decir, la tierra de los muertos. Aquí nos importa un camino la diferencia, ¿sabes?
Los shataikis congregados silbaron con risotadas que hicieron bajar un frío por la columna de Tom.
– ¡Silencio! -dictaminó el líder.
Las risas cesaron. Era increíble el alcance vocal de la enorme bestia. Podía pasar sin esfuerzo alguno de un chillido agudo a un rugido ronco.
El titánico shataiki volteó a mirar a Tom, se inclinó hacia delante, y abrió la boca. Su aliento era húmedo y olía como un pozo séptico. Tom trató de rehuir. Hizo un movimiento instintivo.
– No tienes idea de lo feliz que soy de que hayas regresado a nosotros, Thomas -anunció Teeleh al tiempo que extendía una garra hacia el rostro de Tom.
Empezó a lastimar delicadamente el rostro con la punta de su garra.
– Habría sido una enorme desilusión que no hubieras acudido -manifestó ahora con una voz suave y susurrante.
Una horrible sonrisa le echó los labios hacia atrás hasta mostrar los amarillentos colmillos. Entre la dentadura había alojados trozos de pulpa de fruta.
– Siempre me han encantado ustedes, animales sin pelo, ¿sabes? Tan hermosas criaturas -confesó mientras recorría el dorso de la garra por el mentón de Tom-. Tan suave piel, tan tiernos labios. Tan…
– Amo, lo tenemos -espetó de repente otro shataiki, tambaleándose desde los árboles.
Los ojos del líder resplandecieron al ser interrumpido. Pero luego su expresión cambió a otra de asombro, y habló sin volver a mirar al rostro del nuevo shataiki.
– Tráiganlo -ordenó; luego se dirigió a Tom-. Te he preparado una sorpresa especial, Thomas. Creo que te gustará.
La muchedumbre miró cómo otra multitud de shataikis arrastraba otra cruz dentro del claro. Una criatura había sido fijada a los maderos. Se las arreglaron para levantar la cruz y dejarla caer en un hoyo recién abierto a no más de tres metros de Tom.
Un hombre.
El cuerpo desnudo del hombre se encorvó, destrozado hasta que era casi imposible reconocerlo. Anchas franjas de carne le habían arrancado de' torso.
Tom gimió ante la escena.
– Encantador, ¿no es verdad? -comentó la bestia con desdén; sonreía complacido-. Recuerdas a este, ¿o no? Bill.
¿Pero no era Bill sólo un producto de su imaginación? Estaba exactamente aquí, sangrando frente a él. Real.
– Sé lo que estás pensando -declaró Teeleh-. Crees que la nave espacial no es real y que por tanto Bill tampoco es real. Pero te equivocas en ambos puntos.
El cuerpo ensangrentado de Bill se movió aunque muy lentamente en la cruz. Las manos de la pobre alma habían sido clavadas a la pieza horizontal de la cruz de madera, no atadas como habían hecho con Thomas. Un largo clavo también sobresalía de una profunda herida en los pies. La hinchazón le había cerrado los ojos, dejándole sólo finas líneas. Tenía partido el labio superior. Un mechón de cabello rojo enredado le caía por el hombro. Tom cerró les ojos y tembló de horror.
– ¿Te gusta? Está vivo, esperando que lo rescates -aseguró Teeleh riendo.
La multitud rugió a carcajadas ante eso. Tom mantuvo los ojos cerrados. Una nueva ola de náuseas le recorrió el estómago.
Teeleh dejó que las risotadas continuaran por unos breves minutos más.
– ¡Basta! -exclamó, y luego se dirigió otra vez a Tom, en tono burlesco-. Bueno, he aquí tu medio de escape, Thomas. En realidad tienes que escapar, porque a menos que lo hagas, no podrás traerme a Tanissss.
¿Tanis?
Sin quitar la mirada de Tom, Teeleh hizo una señal hacia las tinieblas. Un shataiki solitario saltó hacia la plataforma, arrastrando la espada de Tom. La levantó hacia el líder y desapareció rápidamente dentro de los árboles. Teeleh agarró la negra espada y la hizo girar en el aire.
– Y pensar que creíste que me podías derrotar con una miserable espada. Como ves, no sirve para nada. Nada puede resistir mi poder.
Un alegre alboroto se levantó entre la audiencia de shataikis. Con ojos centelleantes Teeleh dio un paso hacia Tom.
– Te lo dije, este es mi reino, no el suyo. Aquí, si no empuñas la espada, pierdes su poder. Fuiste un necio al creer que me podías vencer en mi propio terreno.
De pronto el shataiki hizo oscilar la espada cerca de la parte media de Tom. Con un golpe la dura madera le pegó en la carne desnuda. Él se estremeció de dolor. La noche se hizo borrosa, y pensó que iba a morir.
– Ahora veremos cuan brillante eres, inocentón estúpido -siguió diciendo Teeleh empujando la espada hacia Bill-. Agarra esta espada y mata a este trozo de carne. Mátalo, y te dejaré libre. O si no, dejaré que ustedes dos cuelguen aquí por mucho tiempo.
Un silencio mortal cayó en la noche.
¿Matar a Bill?
Bill no era real, afirmó Michal. Pero Bill era real. ¿O era sólo un producto de la imaginación?
¿O se trataba de una prueba? Si mataba a Bill, estaría obedeciendo a Teeleh al matar a otro hombre que en realidad podría ser real. Estaría siguiendo los deseos de Teeleh, sin importar si Bill fuera real o no.