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– ¿Qué está sucediendo? -inquirió Rachelle con voz temblorosa, sus bien abiertos ojos fijos en Tom-. ¡Tenemos que luchar!

Tom corrió por el piso y cerró los portones traseros que llevaban a una entrada exterior.

– ¿Son estas las únicas dos entradas? -exigió saber él.

– ¿Qué es…?

– ¡Dime!

– ¡Sí!

Ningún shataiki podría entrar al Thrall sin derribar los portones. Se devolvió.

– Óiganme -pidió, e hizo una pausa para recobrar energía-. Sé que esto les va a parecer extraño, y quizá no sepan de qué estoy hablando, pero hemos sido atacados.

– ¿Atacados? -preguntó Johan en tono de broma-. ¿Atacados de verdad?

– Sí, atacados de verdad -contestó él-. Los shataikis han salido del bosque negro.

– Eso no… ¡eso no es posible! -exclamó Rachelle.

– Sí, sí lo es. Posible y real.

Tom fue hasta los portones frontales y las examinó. Apenas podía oír los sonidos del ataque más allá de las paredes del Thrall. Rachelle y Johan se quedaron quietos, agarrados de la mano, en el centro del piso color verde jade donde habían realizado miles de danzas. No tenían manera de entender realmente lo que estaba ocurriendo afuera. No tenían idea de cuan dramáticamente había cambiado para siempre en tan sólo unos instantes el mundo colorido que habían conocido.

Tom caminó hacia ellos y les puso los brazos sobre los hombros. Luego se evaporó la adrenalina que lo hizo correr por el bosque y entrar a este enorme salón. La plena comprensión de la catástrofe que sacudía la tierra más allá de las pesadas puertas del Thrall cayó sobre él como diez toneladas de cemento. Inclinó la cabeza y trató de mantenerse fuerte.

Rachelle le puso una mano en el cabello y lo acarició lentamente.

– Tranquilo, Thomas -lo consoló-. No llores. Todo saldrá bien. La Concurrencia será dentro de poco tiempo.

La desesperación recorrió el pecho de Tom como una inundación. Estaban perdidos. Se obligó a mantener una apariencia de control. ¿Cómo pudo Tanis haber sido engañado tan fácilmente? ¡Qué necio había sido aún de escuchar a la tenebrosa bestia! Aun de acercarse al bosque negro.

– No llores, por favor -suplicó Johan-. No llores, por favor, Thomas. Rachelle está bien. Todo saldrá bien.

***

PASÓ UNA angustiosa media hora. Rachelle y Johan intentaron hacerle preguntas acerca de la situación.

– ¿Dónde están los demás? ¿Qué haremos ahora? ¿Cuánto tiempo nos quedaremos aquí? ¿Dónde viven esas criaturas negras?

Cada vez, Tom encogía los hombros mientras caminaba por el inmenso espacio. El salón verde se convertiría en su ataúd. Si contestaba a Rachelle o a Johan, era con una sosa expresión de desaliento. ¿Cómo podía explicarles esta traición? No podía. Tendrían que descubrirla por sí mismos. Por ahora su único objetivo era sobrevivir.

Al principio los ataques de los shataikis llegaron en oleadas, y en cierto momento pareció como si hasta la última de las inmundas bestias hubiera descendido sobre la cúpula, golpeando y arañando furiosamente para tratar de entrar. Pero no pudieron.

Debió haber pasado una hora antes de que Tom notara el cambio. Estuvieron sentados en silencio por más de diez minutos sin un ataque.

Tom se paró temblando y atravesó el suelo hacia los portones del frente. Silencio. O los murciélagos se habían ido o esperaban callados afuera sobre el techo, listos a atacar en el momento en que se abrieran los portones.

Tom enfrentó a Rachelle y Johan, quienes aún después de todo este tiempo permanecían en el centro del piso verde. Era hora de decirles.

– Tanis bebió el agua -anunció escuetamente.

Se pusieron tensos y lanzaron gritos de angustia. Bajaron juntos las cabezas, obviamente sin haber experimentado antes las nuevas emociones de tristeza que los recorrían. Ellos sabían lo que esto significaba, por supuesto. No de manera específica, pero en general sabían que algo muy malo había sucedido. Era la primera vez que algo malo les había ocurrido a cualquiera de ellos.

En silencio les comenzaron a temblar los hombros, suavemente al principio, pero luego con mayor fuerza hasta que ya no pudieron estar de pie, luego se abrazaron y sollozaron.

El ardor de las lágrimas regresó a los ojos de Tom. ¿Cómo pudo de alguna manera haber sucedido tal tragedia? Permanecieron abrazados y llorando por mucho tiempo.

– ¿Qué haremos? ¿Qué vamos a hacer? -preguntó Rachelle varias veces-. ¿No podemos ir al lago?

– No sé -respondió Tom suavemente-. Creo que todo ha cambiado, Rachelle.

– ¿Por qué hizo Tanis eso cuando Elyon nos ordenó que no lo hiciéramos? -cuestionó Johan con el rostro surcado por lágrimas, mirando a Tom.

– No lo sé, Johan -contestó Tom, agarrando la mano del muchacho-. No te preocupes. El planeta pudo haber cambiado, pero Elyon nunca cambia. Sólo tenemos que encontrarlo.

– ¡Elyon! -clamó Rachelle inclinando la cabeza y levantando las manos, con las palmas hacia arriba-. Elyon, ¿puedes oírnos?

Tom miró sin esperanzas.

– Elyon, ¿dónde estás? -volvió a clamar Rachelle; bajó las manos y miró descorazonada a Tom y a Johan-. Es diferente.

– Todo es diferente ahora -asintió él, y miró el techo verde redondo; menos el Thrall-. Esperaremos hasta la mañana y luego, si parece seguro, intentaremos hallar a Elyon.

33

LA NOCHE había sido una agonía total para Tom. Despertó gritando, "empapado en sudor frío, a las dos de la mañana. No pudo volver a dormir, y no podía hablarle a Kara de la pesadilla. Apenas lograba comprender por sí mismo lo que significaba todo. Las imágenes del negro muro de murciélagos extendiéndose por la tierra y luego irrumpiendo en la aldea flotaban sobre él como una pesada capa empapada.

Las primeras horas de la madrugada habían sido una tortura, aliviadas en parte sólo por la aparición de una nueva distracción.

– ¿Tenemos acceso a la Internet? -preguntó a Kara a las seis.

– Sí. ¿Por qué?

– Necesito una distracción. Quién sabe, quizá un pequeño curso intensivo en sobrevivencia pueda ayudar en la tierra de los murciélagos. Ella lo miró desconcertada.

– ¿Qué pasa? -indagó él.

– Creí que estábamos más interesados en cómo esa realidad podría salvar este mundo que en cómo construir armas a fin de liquidar algunos murciélagos negros para Tanis.

Si sólo ella supiera. No podía contárselo, no todavía. Ella no entendería lo totalmente real que se sintió todo.

– Necesito una distracción -explicó él.

– Yo también -afirmó ella.

Pasaron las siguientes tres horas mirando en Yahoo. Temas que Tom creyó que vendrían a la mano. Tal vez Tanis andaba tras algo con esta idea de construir armas. Si tenían razón, las únicas cosas que eran transferibles entre las realidades eran destrezas y conocimiento. Él no podía llevar consigo una pistola, pero podía llevar el conocimiento de cómo construir una, ¿o no?

– ¿Qué buen plan es fabricar una pistola si no tienes metal con qué hacerla? -inquirió Kara-. ¿Aguantará una explosión la madera?

– No sé.

Él dudaba que hubiera quedado algo más de madera a la que pudiera dar nueva forma. O alguien que pudiera hacerlo. Hizo clic en la página de armas y buscó lo básico. Cómo encontrar hierro y cómo darle forma. Espadas. Venenos. Técnicas de sobrevivencia. Estrategia de combate. Tácticas de batalla.

Pero al final llegó a la horrible conclusión de que hiciera lo que hiciera, la situación en el bosque colorido (¿o ahora todo era negro?) definitivamente era desesperada.