Y Johan… ¡le pasaba lo mismo!
Tom giró y se miró el brazo. Reseco. Sin dolor, sólo completamente reseco. Le aumentó la náusea en el estómago.
– ¿Comer? ¿No quieren ir primero al lago?
El esperó una respuesta, temeroso de enfrentarlos. Temeroso de mirarlos a los ojos. Temeroso de preguntar si los ojos de él también eran grises.
Ellos no estaban reaccionando. También estarían asustados. Le habrían visto los ojos y se hallaban tan asombrados que se quedaron sin habla. Estaban parados en las gradas del Thrall, avergonzados y callados. Tom seguramente sintió…
Oyó un chasquido de labios como si alguien se relamiera y volteó a mirar, temiendo que fueran murciélagos. Pero no eran murciélagos. Eran Rachelle y Johan. Habían descendido los peldaños y se embutían en la boca frutas que él no había visto.
¿Fruta de quién? Todo lo demás aquí parecía estar muerto.
De Teeleh.
– ¡Esperen! -gritó bajando los peldaños en largos saltos, corrió hacia Rachelle, y le quitó la fruta de la boca.
Ella giró y le asestó un golpe, tenía la mano doblada firmemente y los dedos curvados para formar una garra.
– ¡Déjame! -gruñó ella, vomitando jugo.
Tom se tambaleó aterrado. Se tocó la mejilla y alejó la mano ensangrentada. Rachelle arrebató otra fruta y se la metió a la boca.
Él cambió la mirada hacia Johan, quien no les hacía ningún caso. Masticaba codiciosamente la pulpa de una fruta como un perro hambriento sobre una comida.
Tom retrocedió hacia las gradas. Esto no podía estar sucediendo. Johan menos que nadie. Él era el niño inocente que sólo ayer caminaba absorto alrededor de la aldea pensando en zambullirse en el seno de Elyon. ¿Y ahora esto?
Y Rachelle. Su querida Rachelle. La hermosa Rachelle, quien podía pasar innumerables horas danzando en los brazos de su amado Creador. ¿Cómo se pudo haber convertido tan fácilmente en esta fiera gruñona y desesperada con ojos marchitos y piel escamosa?
Un aleteo sobresaltó a Tom. Giró la cabeza hacia la ennegrecida entrada del Thrall. Michal se posó en la barandilla.
– ¡Michal!
Tom saltó hacia las gradas.
– ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios, Michal! Yo…
Las lágrimas le nublaron la vista.
– ¡Es terrible! Es…
Se volvió hacia Rachelle y Johan, quienes devoraban rápidamente la fruta esparcida abajo.
– ¡Míralos! -exclamó, estirando un brazo en dirección a ellos-. ¿Qué está sucediendo?
Incluso mientras lo expresaba sintió un repentino deseo de refrescar su propia garganta con la fruta.
Michal miró al frente, considerando la escena con serenidad.
– Están acogiendo la maldad -comentó tranquilamente.
Tom sintió que comenzaba a calmarse. La fruta se veía exactamente como cualquier fruta que había comido en la mesa dispuesta por Karyl. Estimulante, dulce. Se estremeció con creciente desesperación.
– Se han desquiciado -objetó en voz baja.
– Perspicaz. Están en estado de conmoción. No siempre será así de malo.
– ¿Conmoción? -se oyó decir Tom, pero sus ojos estaban fijos en el último pedazo de fruta, al cual Rachelle y Johan se dirigían.
– Conmoción de la naturaleza más grave -opinó Michal-. Ya probaste antes la fruta. Su efecto no es tan impresionante para ti, pero no creas que eres diferente de ellos.
Johan llegó primero a la fruta, pero su hermana más alta rápidamente lo sobrepasó. Se puso una mano en la cadera y dirigió la otra hacia la fruta.
– ¡Es mía! -gritó ella-. No tienes derecho de agarrar lo que me pertenece. ¡Dámela!
– ¡No! -gritó Johan, los ojos se le salían de las órbitas en un rostro colorado como un tomate-. Yo la hallé. ¡Me la comeré!
Rachelle saltó sobre su hermano menor con las uñas extendidas.
– Se van a matar entre sí -señaló Tom.
Se dio cuenta de que en realidad estaba menos horrorizado que asombrado. Darse cuenta de esto lo aterró.
– ¿Con sus propias manos? Lo dudo. Sencillamente mantenlos alejados de cualquier cosa que se pueda usar como arma -manifestó el roush con la mirada en blanco-. Y llévalos al lago tan pronto como puedas.
Rachelle y Johan se separaron y se pusieron a dar vueltas con recelo. Tom vio por el rabillo de los ojos una pequeña nube negra que se acercaba. Pero mantuvo la mirada en la fruta empuñada por Johan. En realidad debería correr allí y agarrarla. Ellos habían comido más que suficiente. ¿Correcto?
Tom lanzó una mirada de costado a Michal. El roush tenía la mirada fija en el cielo.
– Recuerda, Thomas. El lago -expresó, saltó al aire y se fue.
– ¿Michal? -exclamó Tom mirando el cielo que había despertado el interés del roush.
La nube negra se extendía sobre los árboles ennegrecidos. ¡Shataikis!
– ¡Rachelle! -gritó.
Estas bestias negras lo aterraban más ahora de lo que lo aterraron en el bosque negro.
– ¡Rachelle!
Bajó de un salto las gradas y agarró primero a Rachelle y luego a Johan por los brazos, casi levantándolos del suelo. Miró el horizonte, sorprendido de lo cerca que habían llegado los shataikis. Sus chillidos de alegría resonaban en el valle.
Rachelle y Johan también los habían visto y corrieron de buen agrado. Pero las fuerzas los habían abandonado, y prácticamente Tom tuvo que arrastrarlos escaleras arriba dentro del Thrall. Incluso soltando finalmente a Rachelle, quien subió a tropezones los peldaños; se las arreglaron para entrar al Thrall y cerrar a empellones los portones cuando el primer shataiki se dio de lleno contra la pesada madera. Luego llegaron, chillando y golpeando, uno tras otro.
Tom se echó para atrás, revisó que el portón estuviera asegurado, y se sentó, jadeando. Rachelle y Johan se quedaron inmóviles a su derecha. Él no tenía idea de cómo seguir la última solicitud de Michal. Sería bastante difícil escabullirse hasta el mismo lago sin ser visto. Con Rachelle y Johan en su actual estado catatónico sería imposible.
Ninguno de los dos se movía en la tenue luz del Thrall. El piso una vez brillante era un oscuro bloque de madera fría. Los elevados pilares se alzaban ahora como tenebrosos fantasmas en las sombras. Solamente la débil luz que se filtraba por la aún traslúcida cúpula permitía ver a Tom.
Dio la vuelta y se levantó. Los shataikis todavía azotaban el portón con insistencia, pero el período entre golpes comenzó a alargarse. Él dudó que las bestias encontraran una manera de irrumpir en el edificio. Pero no eran los shataikis lo que más temía al momento. No, eran los dos humanos a sus pies quienes le hacían correr escalofríos por la espina dorsal. Y él mismo. ¿Qué les estaba sucediendo?
La fruta en el depósito. Tom bajó los peldaños hacia allá. ¿Había el aire destruido también la fruta? En realidad, ahora que pensaba al respecto, no había ennegrecido la fruta en el bosque que caía al suelo mientras él pasaba corriendo. No inmediatamente.
Llegó a la puerta y se detuvo. Esta estuvo cerrada antes de que abrieran los portones principales del Thrall. Si la abría, ¿destruiría la fruta el aire que ahora había en el Thrall?
Tendría que correr ese riesgo. Abrió la puerta, entró y la cerró detrás de él. El envase estaba en la pared opuesta. Llegó hasta allí de un salto, agarró una fruta, e inmediatamente taponó el envase con un trapo. No tenía idea si esto funcionaría, pero nada más le vino a la mente.
Tom levantó la fruta roja y dejó escapar una bocanada de aire. Aire malo, pensó. Demasiado tarde.
La fruta no se marchitó en su mano. ¿Cuánto tiempo duraría?
Se llevó la fruta a la boca y la mordió. El jugo le corrió por la lengua, el mentón. Le bajó por la garganta.