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El alivio fue instantáneo. Suaves espasmos le recorrieron el estómago. Cayó de rodillas y arremetió contra la dulce pulpa.

Había comido la mitad de la fruta antes de recordar a Rachelle y Johan. Agarró una fruta anaranjada del envase, volvió a meter el trapo en su cuello, y subió las escaleras.

Rachelle y Johan aún yacían en el suelo como trapos viejos.

Se puso de rodillas e hizo girar de espaldas a Rachelle. Le puso la fruta directamente sobre los labios y la exprimió. La cascara de la fruta anaranjada se partió. Un chorro de jugo le bajó a Tom por el dedo y fue a parar a los labios resecos de ella. La boca se llenó con el líquido y ella gimió. El cuello se le arqueó cuando el néctar entraba en la garganta. En una larga exhalación sacó el aire de los pulmones y abrió los ojos.

Al ver la fruta en la mano de Tom con un destello de desesperación, se irguió, se la arrebató y empezó a devorarla. Tom rió y presionó su fruta medio comida en la boca de Johan. En el instante en que los ojos del joven-cito se abrieron agarró la fruta y la mordió intensamente. Sin hablar consumieron con voracidad pulpa, semillas y jugo.

Si Tom no se equivocaba, algo de color les había vuelto a la piel y las cortadas que habían sufrido durante su discusión ya no eran tan rojas. La fruta aún conservaba el poder.

– ¿Cómo se sienten, muchachos? -les preguntó, mirando al uno y a la otra.

Los dos lo miraron con ojos sin brillo. Ninguno habló.

– Por favor, los necesito conmigo aquí. ¿Cómo se sienten?

– Bien -contestó Johan.

Rachelle aún no respondió.

– Tenemos más, más o menos una docena.

Aún ninguna respuesta. Debía llevarlos al lago. Y para hacer eso tenía que mantenerse cuerdo.

– Ya regreso -expresó.

Los dejó con las piernas cruzadas en el suelo y volvió al sótano, donde se comió otra fruta entera, un néctar blanco delicioso que creyó que se llamaba sursak.

Quedaron once. Al menos no se estaban pudriendo tan rápido como temió. Si Rachelle y Johan mostraban algún indicio de deterioro, les daría más, pero no había seguridad de que hallaran ninguna otra. No podían malgastar ni una sola.

Las pocas horas siguientes pasaron casi sin intercambiar palabra entre ellos. Los ataques al portón se habían detenido por completo. Tom probó su paciencia con inútiles intentos de seducirlos a discutir posibles cursos de acción ahora que habían hallado un refugio temporal contra los shataikis. Pero sólo Johan participó, y entonces en una manera que hizo a Tom desear que no lo hubiera hecho.

– Tanis tenía razón -soltó Johan-. Debimos haber acometido una expedición preventiva para destruirlos.

– ¿Se te ha ocurrido que eso es lo que él estuvo haciendo? Pero evidentemente no funcionó, ¿verdad?

– ¿Qué sabes tú? Me habría pedido que fuera con él si iba a la batalla. ¡Me prometió que yo dirigiría un ataque! ¡Y yo lo habría hecho!

– No sabes lo que estás diciendo, Johan.

– Quisiera haber seguido a Tanis. ¡Mira adonde nos llevaste!

Tom no quería pensar que esta línea de razonamiento manejara al muchacho. Se alejó y acabó la conversación.

A las dos horas de insoportable silencio, Tom observó el cambio en Rachelle y Johan. Les estaba volviendo a la piel la grisácea palidez. Se agitaban más con cada hora que pasaba, y se rascaban la piel hasta hacerla sangrar. Otra hora después sus cuerpos estaban cubiertos de diminutas escamas, y Johan se había restregado el brazo izquierdo de modo salvaje. Tom dio una fruta a cada uno, y se comió otra. Ahora les quedaban ocho. A esta velocidad no les iban a durar todo el día.

– Muy bien, intentaremos llegar al lago.

Agarró a ambos por sus túnicas y les ayudó a levantarse. Bajaron la cabeza y se arrastraron hacia la entrada trasera sin protestar. Pero no parecía haber una gota de emoción en ellos. ¿Por qué tan renuentes a regresar al Elyon por el que una vez estuvieron tan deseosos?

– Bueno, cuando salgamos, no quiero ninguna pelea o algo estúpido. ¿Entienden? No parece haber murciélagos negros afuera, pero no quiero atraer a ninguno, así que permanezcan en silencio.

– No tienes que ser tan exigente -opinó Rachelle-. No es como si fuéramos a morir o algo así.

Esa fue le primera frase completa que ella había pronunciado en horas, y sorprendió a Tom.

– ¿Es eso lo que crees? La realidad es que ustedes ya están muertos.

Ella frunció el ceño pero no discutió.

Tom presionó el oído contra el portón. No había señales de los shataikis. Abrió, aún sin oír nada, y salió.

Se pararon en el umbral y miraron la aldea vacía por segunda vez ese día. Los murciélagos se habían ido.

– Muy bien, vamos.

Atravesaron la aldea y subieron la colina en silencio. Una inquietante sensación de muerte flotaba en el aire al pasar los árboles que majestuosos se proyectaban tétricos y sin hojas contra el cielo. Había desaparecido el sonido burbujeante de aguas caudalosas. Una zanja enlodada corría ahora cerca del sendero donde fluyera el río que provenía del lago. ¿Habían esperado demasiado? Sólo habían pasado unas horas desde que Michal les instara a ir al lago.

Leones y caballos ya no se alineaban en el camino. Flores ennegrecidas se encorvaban hacia el suelo, dando la apariencia de que un leve viento podría destrozar sus tallos y enviarlas desmenuzadas a unirse a la achicharrada hierba sobre la tierra. No había fruta. Ninguna de toda la que Tom podía ver antes. ¿La habrían agarrado los shataikis?

Tom permanecía detrás de Rachelle y Johan, cargando el envase de fruta debajo de un brazo y en la otra mano una vara negra que había recogido. Su espada, pensó irónicamente. Esperaba que en cualquier momento una patrulla de bestias cayera en picada desde el cielo y los atacara, pero el cielo cubierto flotaba tranquilamente sobre la carbonizada arboleda. Con un ojo fijo en los cielos y el otro en los increíbles cambios en cuanto a él, Tom arreaba a Rachelle y a Johan por el sendero.

No fue sino hasta cuando se aproximaron a la curva justo antes del lago que Johan finalmente rompió el silencio.

– No quiero ir, Tom. El lago me produce miedo. ¿Y si nos ahogamos en él?

– ¿Ahogarse en él? ¿Desde cuándo te has ahogado en algún lago? Eso es lo más ridículo que he oído.

Continuaron vacilantemente por la siguiente curva. El paisaje que los recibió hizo parar en seco a los tres.

Sólo un chorrito de agua caía por sobre el acantilado en una lagunita grisácea abajo. El lago se había reducido a un pequeño charco de agua. Grandes playas arenosas blancas bajaban treinta metros antes de toparse con el estanque. Ninguna clase de animal a la vista. Ni una sola hoja verde quedaba en el sombrío círculo de árboles que ahora bordeaba la reducida laguna.

– Querido Dios. Oh, amado Dios. Elyon -exclamó Tom dando un paso al frente y deteniéndose.

– ¿Se ha ido? -preguntó Rachelle, mirando alrededor.

– ¿Quién? -interrogó Tom distraídamente. Ella señalaba el lago.

– Miren -dijo Johan con la mirada fija en el borde del acantilado. Allí sobre la elevada saliente rocosa se hallaba un león solitario, observando la tierra.

El corazón de Tom palpitó con fuerza. ¿Un roushim? ¿Una de las criaturas en forma de león del lago en lo alto? ¿Y el lago en lo alto? ¿Y el muchacho?

A la magnífica bestia se le unió pronto otra. Y luego una tercera, después diez, y luego cien leones blancos, alineados a lo largo del borde de las secas cascadas.

Tom miró a sus compañeros y vio sus ojos abiertos de par en par.

Las bestias en lo alto de la caída de agua se movían ahora intranquilas. La línea se partió en dos.

El niño surgió en la separación, y Tom pensó que el corazón le dejó de palpitar ante la primera vista de la cabeza. Los leones se inclinaron sobre las rodillas y descansaron sus hocicos sobre la superficie pétrea. Entonces el pequeño cuerpo del niño llenó la posición reservada para él en el borde del acantilado. Se paró descalzo sobre la roca, vestido sólo con un taparrabos.