Por unos momentos Tom se olvidó de respirar.
Todas las bestias alineadas inclinaron las cabezas en homenaje al niño.
Este se volvió lentamente y miró sobre la tierra ante él. Sus minúsculos hombros desplomados se levantaron y cayeron lentamente. A Tom se le hizo un nudo en la garganta.
Entonces el rostro del niño se retorció de tristeza. Levantó la cabeza, abrió la boca, y clamó hacia el cielo.
Las bestias en larga línea giraron boca arriba, como una serie de dóminos, lanzando un golpeteo por sobre el acantilado. Un coro de aullidos recorrió la línea.
El aire se llenó con el lamento del niño. Su melodía. Una nota larga y sostenida que derramaba dolor dentro del cañón como plomo fundido.
Tom cayó de rodillas y comenzó a jadear. Él había oído antes un sonido similar, en las entrañas del lago, cuando el corazón de Elyon irrumpía en las rojas aguas.
El niño se hundió hasta las rodillas.
Lágrimas brotaron de los ojos de Tom, volviendo borrosa la imagen de las bestias reunidas. Cerró los ojos y dejó que salieran los sollozos. No podía resistir esto. El niño tenía que detenerse.
Pero no se detuvo. El clamor seguía y seguía con implacable tristeza.
El lamento se convirtió en un quejido… un débil sonido desesperado que chillaba desde una garganta paralizada. Y luego se redujo hasta quedar en silencio.
Tom levantó la cabeza. Las bestias sobre el acantilado se quedaron en silencio pero seguían boca abajo. El pecho del niño respiró ahora agitada-mente, en largos y lentos jadeos a través de sus fosas nasales. Y luego, justo cuando Tom empezaba a preguntarse si había acabado la demostración de tristeza, los ojos del niño se abrieron de repente. Permaneció de pie y dio un paso adelante.
El niño alzó el puño al aire y soltó un chillido agudo que hizo añicos el tranquilo aire de la mañana. Como el gemido de un hombre obligado a observar la ejecución de sus hijos, con el rostro rojo y los ojos desorbitados, gritando de furia. Todo salía de la boca del niñito parado en lo alto del acantilado.
Tom tembló en agonía y se lanzó hacia delante sobre la arena. El chillido tomó la forma de un canto y aulló por el valle en tonos prolongados y terribles. Tom se apretó los oídos, temeroso de que se le reventara la cabeza. Pero el niño siguió lanzando su cántico al aire con una voz que Tom creyó que llenaba todo el planeta.
Entonces, súbitamente, el niño se calló, quedando solamente el eco de su voz en el aire.
Tom no se pudo mover por un momento. Lentamente se irguió hasta los codos y levantó la cabeza. Se pasó el antebrazo por los ojos para aclarar la visión. El niño permaneció en silencio por unos instantes, mirando al frente como aturdido, y luego giró y desapareció. Las bestias se pararon sobre sus patas y se alejaron del acantilado hasta que en el horizonte sólo se veía una desolada saliente gris. El silencio volvió a inundar el valle.
El niño se había ido.
Tom se levantó pesadamente, lleno de pánico. No. ¡No, no era posible! Sin mirar a los otros salió corriendo por la orilla blanca y se metió a las limitadas aguas.
La embriaguez fue inmediata. Tom sumergió la cabeza en el agua y tragó profundamente. Se paró, echó la cabeza hacia atrás y levantó los dos puños al aire.
– ¡Elyon! -gritó al cielo cubierto.
Johan corría sólo un paso por delante de Rachelle, bajando por la orilla y metiéndose de cabeza en el agua. Ahora entumecido con placer, Tom observó a los dos meter la cabeza debajo de la superficie como animales desesperadamente sedientos. Era sorprendente el contraste entre el terror que consumió la tierra y este remanente del potente poder de Elyon, dejado como un regalo para ellos. Se dejó caer boca abajo en la laguna.
Pero había una diferencia, ¿no era así?
¿Elyon?
Silencio.
Él se levantó. El agua parecía estar sumiéndose.
Rachelle y luego Johan se pararon en el agua. Un saludable brillo les había vuelto a la piel, pero miraban hacia abajo, confundidos.
– ¿Qué está sucediendo? -inquirió Rachelle.
El charco se estaba hundiendo en la arena. Secándose. Tom se salpico agua en el rostro. Bebió más. -¡Bébanla! ¡Bébanla! Ellos bajaron la cabeza y bebieron.
Pero el nivel bajaba rápidamente. Pronto les llegó a las rodillas. Luego a los tobillos.
– Por consiguiente, ahora sabes -manifestó una voz detrás de Tom. Michal estaba en la orilla.
– Temo que debo irme, amigos míos. Quizá no los vea por un tiempo -expresó con ojos inyectados de sangre; parecía muy triste.
– ¿Se acabó? -exclamó Tom salpicando en la laguna-. ¿Es esto lo último del agua? ¡No te puedes ir!
– No estás en posición de exigir -advirtió Michal alejándose y mirando hacia el acantilado.
– ¡Moriremos aquí!
– Ustedes ya están muertos -declaró Michal. Lo último del agua se filtró dentro de la arena.
– Regresen al cruce -indicó Michal respirando profundamente-. Atraviesen el bosque negro hacia el oriente desde el puente. Llegarán a un desierto. Entren en él y sigan caminando. Si sobreviven a esa distancia, finalmente encontrarán refugio.
– ¿Atravesar otra vez el bosque negro? ¿Cómo puede haber refugio en el bosque negro? ¡Todo el lugar está plagado de murciélagos!
– Estaba plagado. Las otras aldeas son mucho más grandes que esta. Los murciélagos han ido tras ellas. Pero ustedes tendrán sus manos suficientemente llenas. Tienen la fruta. Úsenla.
– ¿Está así todo el planeta? -preguntó Rachelle.
– ¿Qué esperabas?
– Y no beban el agua -advirtió Michal dando dos brincos, como para despegar-. Ha sido envenenada.
– ¿No beber nada de ella? Tenemos que beber.
– Si es del color de Elyon, pueden bebería -anunció, brincando de nuevo, listo para volar-. Pero por el momento no encontrarán nada de ella. Despegó.
– ¡Espera! -gritó Tom-. ¿Y los demás? ¿Dónde están los demás? Pero el roush no oyó o no quiso contestar.
SALIERON DEL valle carbonizado y corrieron hacia el cruce.
Tom los detuvo en el primer kilómetro e insistió en que se esparcieran ceniza sobre el cuerpo… quizá así los murciélagos los confundirían con algo diferente a humanos. Anduvieron por el paisaje como fantasmas grises. El suelo estaba cubierto con árboles caídos, y la madera afilada les cortaba fácilmente los pies descalzos, haciéndoles a veces más lenta la caminata. Pero siguieron adelante, vigilando cuidadosamente los cielos.
Aún quedaban aquí y allá algunas frutas que no se habían secado, cuyo jugo seguía conservando el poder sanador. Usaban el jugo sobre los pies cuando las cortadas se volvían insoportables. Y al escasear la fruta marchita comenzaron a usar la del envase. Pronto les quedaban sólo seis.
– Tomaremos dos cada uno -decidió Tom-. Pero usémoslas con moderación. Tengo la sensación de que estas serán las últimas que veremos.
Continuaron lenta y silenciosamente su camino hacia el cruce. Era media mañana cuando vieron la primera formación de shataikis, volando en lo alto, al menos mil. Las alimañas se dirigían hacia el bosque negro agitando las alas. O no vieron el grupo de los tres, o los engañó la ceniza.
Una hora después llegaron al cruce. El viejo puente grisáceo se arqueaba sobre una pequeña corriente de agua café. El resto del lecho del río se había resquebrajado por la sequedad.
– Parece buena -dedujo Johan corriendo hacia la orilla.
– ¡No la bebas!
– ¡Vamos a morir de sed aquí! -exclamó-. ¿Quién dice que debamos escuchar al murciélago? ¿El murciélago? Michal.