—¡Grimya!
Índigo se aferró al cuello de la loba, al tiempo que se apretaba contra la pared y luchaba por mantener el equilibrio mientras las rocas que tenía bajo los pies rodaban y se movían bajo la embestida de la riada. Las gotas de agua que flotaban en el aire la golpearon en la espalda con tal fuerza que estuvieron a punto de derribarla de su precario asidero; mientras el cañón se estremecía bajo el estruendo, vio el torrente como una desdibujada conmoción de tumultuosas aguas negras y surtidores de blanca espuma, olas y corrientes contrapuestas que saltaban y se estrellaban unas contra otras en un salvaje caos.
De repente una roca bajo su pie izquierdo se movió, desalojada por las tumultuosas aguas que se estrellaban contra la base del contrafuerte. Con un gemido y un chirriar de roca contra roca que quedó ahogado por el estruendo de la avalancha de agua, rodó fuera de su lugar, llevándose a otras con ella, e Índigo sintió que perdía el equilibrio. Se debatió frenética en busca de apoyo, agitando el pie en el vacío; luego, mientras Grimya intentaba volverse y ayudarla, resbaló de su lugar de apoyo y se deslizó ladera abajo, cayendo sin remedio en dirección al torrente... para aterrizar, magullada pero ilesa, sobre el reseco e imperturbado sendero del pie del acantilado.
¡Ayyy...!
La muda protesta rasgó el terrible silencio, y se convirtió en un angustioso y desagradable jadeo cuando Índigo rodó sobre sí misma, víctima de terribles náuseas. Era una reacción inconsciente al terror, la conmoción y la confusión; se abrazó el estómago, mientras trataba de llevar aire a sus pulmones y volver a controlar sus músculos, y cuando los espasmos amainaron, por fin, se encontró a gatas y temblando.
Había polvo bajo sus manos y rodillas. Polvo. Pero...
«¡Índigo!»
Unas garras arañaron las rocas y Grimya saltó hacia ella.
«Pensé que estabas...»
—Lo sé.
Una nueva oleada de náuseas surgió de su estómago; se llevó el dorso de la mano a la boca, aspirando por entre los apretados dientes. La loba le acarició el rostro con el hocico y por fin se sintió capaz de arrodillarse manteniendo el cuerpo erguido. Tenía polvo en la boca, se la limpió de nuevo y escupió.
—Fue otra ilusión... —Y le dio las gracias a la Madre Tierra por ello; ya que si hubiera sido real, su cuerpo destrozado rodaría ahora cañón abajo en aquella corriente asesina.
Grimya contempló el sendero y mostró sus dientes.
«Dije que tenía sed», dijo sombría. «Y..»
—No. —Índigo extendió una mano para tocarla a modo de advertencia—. No lo digas, Grimya. —Su autocontrol regresaba, aunque las náuseas no querían abandonarla, y mientras se ponía en pie sintió la cólera que empezaba a arder despacio en su interior—. Parece que nuestro diabólico amigo tiene un gran sentido del humor. Mencionaste el agua, y tuvimos agua; pero no como hubiéramos esperado. Y antes, cuando oímos esa..., esa voz...
«¿La voz?»
—Sí. Tú no lo sabías, pero en ese mismo instante iba a hablarte; a decirte lo primero que me viniera a la cabeza, porque no podía soportar el silencio por más tiempo. Deseé que algo lo rompiera. —La cólera de su interior seguía ardiendo, alimentada por el odio, la furia por sentirse burlada y atormentada tan a la ligera—. El demonio sigue jugando con nuestras mentes. Pero no tiene el valor de mostrarse y enfrentarse directamente a nosotras. —Giró en redondo y volvió a mirar el cañón que se perdía delante de ellos.— ¿Lo tienes? ¿Lo tienes?
Su grito resonó en la distancia, pero nada lo contestó. Grimya la observó inquieta mientras avanzaba por el sendero, echaba a correr durante algunos metros, para luego reducir la marcha y detenerse.
—¿Dónde estás? —aulló Índigo—. ¡Malditos sean tus sucios trucos, no te tengo miedo! ¡Muéstrate!
Giró sobre sus talones, los puños apretados y alzados como si fuera a atacar a la menor señal de movimiento. El cañón estaba total y perfectamente en silencio.
Grimya trotó hasta su lado.
«No sirve de nada. No vendrá a nosotras; no de esta forma.»
—Muy bien. —Las mandíbulas de Índigo se apretaron a una dura línea—. Entonces encontraré otra forma. Si le gusta tanto concedernos deseos retorcidos, ¡que nos conceda éste! Deseo...
«¡Ten cuidado!»
Índigo la ignoró. La cólera se había consumido, la imprudencia había dominado a la furia y ya no le importaban las consecuencias de nada de lo que pudiera hacer. Alzó la voz y gritó con fuerza:
—¡Deseo que este sendero se acabe! ¿Me escuchas, Némesis, criatura diabólica, engendro de la oscuridad? ¡Deseo que este sendero se acabe!
Durante un momento no se produjo el menor sonido, nada excepto el sobrenatural silencio. Entonces, al parecer cercano pero resonando no obstante como si viniera de muy lejos, algo dejó escapar una risita ahogada.
Grimya se volvió a toda velocidad, dejándose caer en una posición de ataque, e Índigo miró rápidamente a su espalda. El cañón estaba vacío. No había ninguna figura de ojos plateados, ningún horror; nada. Sólo el eco de aquella risa fantasmal y caprichosa. Como si desde su guarida — cualquiera, y donde fuese que ésta estuviera—, Némesis respondiera a su desafío con un desafío propio. Y justo un poco más adelante el desfiladero torcía brusco alrededor de un enorme contrafuerte de roca que ocultaba a la vista el resto del sendero...
Sonrió. Fue una sonrisa rencorosa y privada; la sonrisa del depredador que huele a su presa.
—Grimya. —Su voz era engañosamente suave—. Debemos seguir adelante. Ya falta poco.
Y sin esperar una respuesta, empezó a correr hacia el contrafuerte y la curva del sendero.
Oyó cómo la loba echaba a correr en pos suyo, pero no redujo la velocidad ni la esperó. El contrafuerte estaba tan sólo a unos metros de distancia; el sendero, más empinado de repente, la obligó a avanzar más despacio ahora, cuesta arriba, y su pulso empezó a latir muy aprisa, y no sólo a causa del esfuerzo físico. Entonces, de improviso, llegó a la altura del contrafuerte, lo rodeó, penetró en la pronunciada curva...
Índigo se detuvo y contempló contrariada el panorama que se extendía ante ella.
Su deseo le había sido concedido. El desfiladero había llegado a su final, y a causa de su temeridad de un momento parecía haberlas conducido a las dos a un callejón sin salida. Justo delante de ella tenía un valle de abruptas laderas, encerrado por altos riscos que se alzaban imponentes hacia el cielo color carmesí. No había sendero que condujera hasta aquellas laderas; su camino sencillamente torcía hacia abajo en dirección al valle. Y todo el suelo del valle estaba cubierto por un lago gigantesco, inmóvil, opaco, y cuya profundidad resultaba imposible de adivinar.
Grimya se detuvo bruscamente junto a Índigo, jadeante por el esfuerzo. Durante unos instantes la loba contempló con atención el lago que tenían a sus pies, luego levantó la cabeza para escudriñar el rostro de su amiga. La expresión de Índigo era tensa, torva, amarga; no eran necesarias las palabras para que Grimya se diera cuenta de que, en su fuero interno, la muchacha maldecía su estupidez.