– En algunos sitios nos permiten sentarnos a una mesa si tienen terraza en verano -replicó ella-. Pero no ocurre muy a menudo. Beatrice asusta a la gente. -Jody hablaba en voz alta, como si él fuera duro de oído.
Simon se echó para atrás, unos centímetros nada más, dijo que Beatrice no le asustaba, y se sentaron en el bar y de manera amigable tomaron unas bebidas y un plato de calamares fritos mientras Beatrice dormía junto a ellos en el suelo.
El restaurante era pequeño, la barra ocupaba la longitud de una de las paredes. Contra la otra pared había un banco, tapizado de un moderno color marrón, delante del cual se alineaban varias mesas, y había también otras siete u ocho mesas pequeñas en el medio. Era un bonito local, sencillo y de decoración sobria; lo que más destacaba era el color rojo de las enormes lámparas que colgaban del techo. Jody sabía que era el único restaurante bueno de los alrededores, y se preguntaba por qué no había entrado antes. Ella pidió vino blanco, mecánicamente, y cuando Simon pidió bourbon, Jody se dio cuenta de que era eso lo que realmente le habría apetecido. No dijo nada, sin embargo, y se tomó su vino a pequeños sorbos, con la esperanza de parecer recatada pero sofisticada a la vez.
Qué hombre más agradable, pensó, y a continuación se preguntó cómo sería estar sentada al lado de Everett. No había vuelto a verle desde la noche del paseo, a pesar de que siempre se aseguraba de pasear al perro por el lado de la calle en la que él vivía. Si la ambulancia le hubiera salpicado a él en lugar de a Simon, ¿la habría invitado a tomar algo?
– Sí, claro -respondió Jody cuando cayó en la cuenta de lo que Simon le acababa de preguntar: ¿podía tomarse el último trozo de calamar?
Se preguntó si los dos hombres se conocerían. A lo mejor eran amigos. Ese pensamiento hizo que sonriera a Simon, quien se ruborizó y se bebió un vaso de agua de un trago mientras Jody se tomaba su vino y miraba distraídamente por la ventana.
Un camarero le rellenó el vaso.
– Gracias -dijo él.
El camarero no pareció oírle, pero ya estaba acostumbrado a eso. Simon se agachó y acarició al perro dormido. Beatrice aporreó con la cola el suelo de madera, y Jody se volvió de nuevo hacia él. Me ha mirado con buenos ojos, pensó Simon. Se preguntó si volverían a verse, si podrían cenar juntos alguna vez o almorzar algún domingo. Resultaría embarazoso encontrársela por la calle si no lo hacían. Pensó que podría llamarla. Era fácil estar con ella, se dio cuenta. Quizá porque era un poco distraída. Simon pidió más vino, una botella esta vez, y otro vaso. Se sentía comunicativo.
Para cuando Doris y su marido, Harvey, llegaron a las seis y cuarto, a tiempo para el menú del día, Simon estaba un poco achispado. Pese a todo reconoció a la mujer del bronceado antinatural y el abrigo de visón. La saludó con la cabeza y ella le devolvió el saludo sin sonreír. Vivo en una comunidad, pensó Simon. En un barrio. Se puso a tararear la canción «El barrio de mister Rogers» sin darse cuenta.
– Sí -pronunció Jody en voz baja-. Qué pena que haya muerto.
Entonces, por la ventana, vio a Everett con una chica que se le parecía mucho y que tenía que ser su hija.
– Ahí va un vecino -dijo.
Simon vio por la ventana a dos personas que se alejaban.
– ¿De verdad los conoce? -preguntó.
– Bueno, no -reconoció Jody, sintiéndose absurda. ¿Cómo iba a explicarle que aquel hombre la había llamado desde lo alto y regalado un ramo de tulipanes amarillos?-. No realmente.
En aquel momento vio, sentada sola en un rincón del restaurante, a la chica que la había parado en la calle nevada para preguntarle por un veterinario, la chica que se había mudado al apartamento del suicida. Quiso señalársela a Simon como otra vecina, decirle que había alquilado el apartamento del fallecido, pero le daba vergüenza haber identificado a Everett y se sentía cohibida. Observó que un joven, un joven muy pálido, con el pelo oscuro y un raro pero bonito atuendo de chaqueta de raya diplomática y pantalones que no hacían juego, se sentó a la mesa con la chica.
Polly, mientras esperaba a George, no reconoció a Jody y tampoco reparó en su presencia. Estaba demasiado ocupada pensando en George y en cómo convencerle para que se mudara a su apartamento. Era demasiado caro y demasiado grande para ella. La idea de compartir piso hacía que se sintiera furiosa con Chris y con el mundo en general. Pero George… Él era su hermano. Y la necesitaba.
– Tú tendrás tu habitación y tu baño -le había dicho-. Es una tontería que viva en un piso tan grande yo sola.
George la había ayudado a desembalar varias cajas de libros que se habían quedado en el dormitorio que sobraba. Él la había mirado, anonado. Se decía a menudo que haría cualquier cosa por Polly. Y la idea que tenía de sí mismo era la de alguien que normalmente ayudaba a los demás. Le gustaba abrir la puerta para que otros pasaran primero, por ejemplo, o ceder el asiento en el autobús, o ayudar a alguien a cruzar la carretera helada. A veces se imaginaba a sí mismo como un buen samaritano anónimo, una especie de superhéroe de pequeños, insignificantes y aleatorios gestos de moderada buena voluntad. Pero de ahí a trasladarse a casa de su hermana, al Upper West Side con sus cochecitos de niño y sus tiendas selectas… ¿Sería eso un gesto de buena voluntad o de total falta de voluntad? De cualquier manera, a George le parecía un gesto enormemente grande. Estaba colocando los libros de Polly por orden alfabético, como le había pedido. ¿No era suficiente?
– Tienes que estar bromeando -dijo George.
Polly no estaba bromeando, y mientras esperaba a George en el restaurante estaba pensando en la forma de reanudar la conversación cuando le distrajo la discusión entre el dueño del restaurante y el barman.
– Estás despedido -anunció el dueño, claramente exasperado. Acto seguido repitió la frase en lo que parecía portugués. El barman estaba indignado, dio un puñetazo en la barra y se dirigió hacia la salida. Sin embargo, una vez allí, vaciló y se volvió abatido. Jamie le fulminó con la mirada, tras lo cual el camarero, finalmente, se fue medio a escondidas.
Polly, pensativa, le observó marcharse. La decisión de George de dejar su trabajo de camarero, si es que se le podía llamar decisión, y Polly no creía que se pudiera, parecía angustiarla más a ella que a su hermano. Había procurado acostumbrarse a tener un hermano mayor sin dirección alguna en la vida. Sabía que en algún sitio guardaba una confianza en sí mismo que ella no lograba entender, de la misma forma que un escéptico no podía comprender a un verdadero creyente, pero su serenidad era insoportable. Ni siquiera les había dicho a sus padres que estaba en el paro, aunque eso, más que serenidad, era una sabia manera de evitar ser censurado. Pero Polly tenía la sensación de que, como ocurría a menudo, ella sola debía hacerse responsable de su hermano. George iba a la deriva. A Polly no le gustaba la idea de ir a la deriva, pues opinaba que ir a la deriva inevitablemente llevaba a estrellarse o incluso a ser catapultado. «Deriva». La palabra le hacía pensar en ríos, y los ríos, en abruptas y pedregosas cataratas. Polly nunca deambulaba. Se arrastraba hacia delante, quizá, pero, como se decía a sí misma, la palabra importante era «adelante». George era diferente, flotando en un mar de indiferencia, le parecía a Polly, y estaba segura de que ya era hora de intervenir y de traerle de nuevo a tierra. Cuando presenció la escena del camarero que vociferaba, vio su oportunidad.
– George -susurró cuando entró su hermano. De su mente desapareció toda idea de que se trasladara a su casa, ante aquella oportunidad más urgente-, el barman acaba de marcharse. ¿Sabes atender una barra?
– ¿Aquí?
– ¿Acaso importa? ¿Sabes o no?
George se encogió de hombros de una manera que, con los años, ella había llegado a odiar.
– Sí que sabes -decidió Polly, y a continuación le dio instrucciones estrictas sobre su supuesta experiencia como barman-. Ahora ve a hablar con él -le ordenó, y George se levantó de la silla y obedeció.