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George había pasado la noche en casa de Polly, como a veces hacía cuando salía tarde de trabajar. Pero había olvidado bajar la persiana y la desacostumbrada luz de la mañana le despertó bastante antes de lo que le hubiera gustado. Se levantó y fue hasta la ventana a corregir esa situación cuando Jody y Beatrice volvían a casa del parque. George reconoció en Jody a uno de los clientes del restaurante, o más bien reconoció al perro. Tenía problemas a la hora de recordar caras, lo que hacía un poco más difícil su trabajo de barman. Pero no le iba mal. Y tampoco le importaba. Era temporal, después de todo. Algún día haría… algo.

Volvió a dormirse hasta mediodía, cuando sacó a Howdy de su cajón para que hiciera pis en un paño. Luego lanzó un juguete al cachorro y observó cómo lo hacía trizas. George corrió por la habitación para que el cachorro le persiguiera; de vez en cuando levantaba un pie y Howdy le mordía el calcetín y se quedaba colgando de él. Observó cómo se acicalaba. El cachorro siempre empezaba por la pata izquierda, la lamía y a veces se la pasaba por detrás de la oreja, como los gatos. Se preguntó si los perros podían ser zurdos.

Cuando Polly volvió de trabajar, George estaba aún allí. Le suponía demasiado trabajo ir a su casa para tener que volver otra vez.

– ¿Tú crees que los perros pueden ser zurdos? -preguntó.

– No tienen manos -respondió Polly con su irritante voz de editora. E inmediatamente empezó a importunarle con que se trasladara a su casa-. Fíjate. Estás aquí. ¿Por qué no das tu brazo a torcer? ¡Si ya vives aquí!

– Tú disfruta de tu intimidad, Polly. La intimidad es agradable.

– No. Caería en una depresión posruptura. -Lo dijo como si fuera una amenaza o un alarde, haciendo un mohín con el labio inferior; luego añadió-: Lo hago por ti.

George suspiró. Le resultaba difícil no hacer lo que Polly necesitaba que él hiciera para que creyese que estaba haciendo algo por él. Cogió al cachorro en el regazo de manera que quedara frente a él, con las patas traseras sobre sus muslos y las delanteras colgando como los brazos de las marionetas. Howdy se abalanzó sobre él, lamiéndole y chillando. George pensó en el hecho de vivir en el apartamento de Polly. Era un pensamiento aterrador. Pensó en el hecho de vivir en el apartamento de Howdy. Eso era mucho más tentador. Howdy estaría ahí todas las noches cuando él se fuera a dormir, todas las mañanas cuando él se despertara. Había enseñado a Howdy a sentarse, a echarse, a esperar mientras él entraba en otra habitación y a que acudiera cuando le llamaba.

– El contrato de arrendamiento de tu mierda de apartamento está a punto de terminar de todas formas -dijo Polly.

– Polly, déjalo ya.

Así llevaban varias semanas. George se preguntaba a veces si vivir con Polly sería mejor que discutir con Polly.

– No, déjalo tú -replicó Polly.

George pensó en su mierda de apartamento. Las cucarachas eran cada vez más atrevidas. La ducha no desaguaba.

– Está realmente lejos del restaurante -dijo para sí, pero debió de decirlo en voz alta, porque Polly se acercó a él, le cogió del regazo al cachorro y dijo:

– Está decidido, entonces. -Tras lo cual se sentó con Howdy y encendió la televisión.

George miró a su hermana, vestida aún con la ropa de la oficina. La decisión estaba tomada, él no había sido quien la había tomado, ni siquiera estaba seguro de cómo sabía él que estaba finalmente decidido, fuera lo que fuese lo que Polly había dicho, pero lo estaba de algún modo. Se sintió aliviado. Detestaba discutir. Detestaba tomar decisiones. Los dos problemas habían desaparecido por el simple recurso de ceder. Sin embargo, era humillante y se sintió obligado a decir:

– Pero, Polly, ya sabes que me gusta andar desnudo por la casa.

Polly frunció el ceño.

George, que se sentía un poco mejor, fue al frigorífico a por una cerveza. Siempre había cerveza en el frigorífico de Polly, otro paliativo. Y leche y pan y queso de cabra y yogur. También tenía aceitunas y manzanas y una caja de galletas Petit Écolier. Había una bolsa de patatas fritas sin abrir en la encimera.

– Eso es mentira -dijo Polly con el ceño aún fruncido.

– Bueno, tuve un compañero de piso que sí lo hacía -respondió, sentándose a su lado, feliz con su cerveza, su bolsa de patatas y la caja de galletas en el regazo-. A veces se sentaba desnudo en la encimera de la cocina.

Pero Polly, triunfante, no mordió el anzuelo.

Aquella noche, mientras George servía las bebidas y Polly se sentaba a la barra contemplando a su hermano con ojo avizor pero benevolente, Jody fue conducida a la mesa donde la esperaba Everett. Él se puso de pie cuando la vio acercarse, y eso a ella le pareció curioso y conmovedor, aunque su expresión era tensa, la de una persona puntual a la que han hecho esperar. Involuntariamente Jody miró el reloj. Llegaba menos de cinco minutos tarde, ni siquiera era suficiente para pedir disculpas.

– Con gesto adusto y paso sombrío… -cantó Jody, no queriendo decir eso en absoluto.

Everett esbozó su repentina y espléndida sonrisa.

– «El Mikado» -dijo él-. Bueno, espero que esta cena no sea «un destino terrible…».

Jody se sentó, aliviada, pero recriminándose al mismo tiempo. Compórtate, Jody, se dijo. ¿Qué te pasa? Deja de insultar, de tomar el pelo al hombre al que quieres impresionar. Él había pasado por alto la broma, ni siquiera parecía haberse dado cuenta esta vez, y había aceptado las palabras de la canción de Gilbert y Sullivan como si fueran un vínculo entre ellos dos, más que un comentario sobre su aspecto de gruñón. Pero a Jody podría no durarle la suerte. Había considerado la posibilidad de llevarse a Beatrice a la cena, visto lo bien que parecía caerle el perro a Everett y viceversa, observó para ella, al acordarse de la cariñosa palmada que le había dado al animal en la cabeza mojada la noche anterior, pero ahora se alegraba de no haberlo hecho. Bastante iba a tener aquella noche con controlarse a sí misma.

Difícil le resultó no ponerse a interpretar «Las flores que florecen en primavera» cuando Everett pagó la cuenta. Era algo que hacía su padre cada vez que sacaba la cartera para pagar, al dejar los billetes o la tarjeta como si tal cosa encima de la mesa. Pero fue capaz de contenerse y proferir un simple «¡Tra-la-rá!» que a Everett no pareció importarle, y esa noche se retiró a su insomne cama inquieta pero contenta.

Después de dejarla a la puerta de su casa, Everett estuvo esperando al ascensor en el vestíbulo de la suya. Los raros de su edificio habían dejado un cochecito de muñeca y una deteriorada edición de bolsillo de Retorno a Sender, de Violet Shawn Dunston, encima de la mesa. Por qué iba alguien a molestarse en dejar una estropeada novela de misterio, lo ignoraba. ¿Y quién demonios iba a querer un cochecito de muñeca usado? Una muñeca usada, suponía él. De repente echó de menos su antiguo edificio, al portero y al ascensorista. Había vivido allí desde que estaba en la universidad con varios compañeros de piso; luego con Alison, cuando el edificio pasó a pertenecer a una cooperativa y lo compraron los dos a un precio ridículo por ser inquilinos. Vendieron el apartamento, con sus tres preciosos dormitorios, y se repartieron las ganancias. Ambos se habían llevado un buen pellizco, pero el dinero no lo era todo en la vida, pensó, y la banalidad de aquel pensamiento hizo que se deprimiera aún más por haber perdido aquella casa. Everett la echaba de menos. Y de repente también echó de menos estar casado. No era natural, un hombre de su edad viviendo solo.