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– Donde tengas la olla no metas la polla -le dijo Polly.

Pero George no hizo más que encogerse de hombros.

– Ya sé que no te lías con todas las chicas guapas del restaurante. -Polly lo sabía porque solía estar allí con él, pasando el rato mientras George preparaba bebidas y servía cervezas.

– Polly, ¿me meto yo en tu vida amorosa?

– No, pero es que yo no tengo vida amorosa.

Enseguida George empezó a bromear y a desviar la conversación de las sombrías perspectivas románticas de Polly y de sus propios éxitos.

Polly sabía que estaba celosa, George sabía que estaba celosa y ambos sabían hacer caso omiso de los celos hasta que se liberasen de ellos y quedaran atrás como la piel seca e inservible de una serpiente en la arena. Sin embargo, cuando estaba en casa sentada con Howdy en su regazo, a veces Polly trataba de imaginar dónde estaría George. Sospechaba que quedaba con Chris de vez en cuando, pero temía preguntárselo por si era verdad. Eso sería muy desleal, y no quería pensar que George era desleal. Ella dependía de George. Distante y taciturno, era divertido y alegre a su manera, y a Polly le hacía más llevadera su soledad.

Porque Polly se dio cuenta de que estaba muy sola. Los otros editores con los que trabajaba en la revista parecían majos, pero eran mayores que ella y hablaban de las tasas de las matrículas de sus hijos cuando ella aún estaba tratando de devolver el préstamo para sus estudios universitarios. Pasaba horas hablando por teléfono con Geneva, y cuando no estaba sentada en el bar del Go Go mirando a George, quedaba con su amiga en un bar apropiado del centro, aunque Polly ni siquiera tenía valor para flirtear con nadie y tendía a hablar demasiado de Chris. Además, cuando salía con amigos, tenía miedo de encontrarse con Chris. Algunos de sus amigos de la universidad vivían en la ciudad y se reunían de vez en cuando para celebrar el cumpleaños de alguien, para cenar o tomar algo. A veces jugaban al billar. O iban al cine. Antes de la ruptura, Polly era la que se encargaba de buscar un nuevo restaurante, de probar una nueva bebida o de llevar en manada a sus amigos a ver el último estreno. Salía con su propio taco de billar protegido en un estuche de cuero. Pero ahora el taco de billar estaba en el armario; detestaba salir del barrio, bebía lo que hubiera y prefería la televisión al cine. Polly estaba dolida y sola, y George, su hermano, era quien más calmaba esa inquietante sensación de vacío. Le costaba relacionarse, le resultaba laborioso y agotador, y si George hubiera podido llevarla a hacerlo en el papoose, se habría unido al cachorro de buena gana. «Papoose», pensó. El Webster define «papoose» como “niño americano nativo”, no como la mochila para transportarlo. Bueno, ¡qué le vamos a hacer! No estaba de servicio, y se decía «papoose», y era George el que lo llevaba.

No importaba lo dominante que Polly fuera con él, George seguía siendo su hermano mayor, el mismo que la ayudaba a hacer su pequeña maleta cuando juntos se mudaban de casa cada vez que pasaban de la custodia de un padre a la del otro, dos veces a la semana, todas las semanas, mientras Polly exigía sumisión con su voz fuerte y le agarraba de la mano. Ahora estaba sentada en el salón deseando que estuviera allí con ella. Para alguien que no tenía una verdadera vida, George parecía estar siempre increíblemente ocupado. El salón del apartamento tenía dos ventanas que daban a lo que el agente de la inmobiliaria había descrito como un patio pero que cualquiera lo habría llamado pozo de ventilación. En el fondo de ese pozo, que Polly veía desde las ventanas, había apiladas muchas bolsas de basura, así como varias estufas viejas, colchones, puertas, lámparas rotas, sillas con tres patas, un mugriento sofá malva y un colorido armazón de barras para juegos infantiles retorcido de tal manera que ningún niño podría trepar por él. El pozo de ventilación, Polly se dio cuenta al poco de mudarse allí, cuando reconoció la librería y la mesa de centro del hombre que se había suicidado en el apartamento, se usaba como contenedor de desechos. Ella puso enseguida persianas de bambú para que no se viera la basura. Pero las persianas no dejaban pasar la luz, y, como era primavera, le gustaba levantarlas y abrir las ventanas, para que entrara la estrecha ranura de sol que se veía una o dos horas por la mañana. Lo hacía por Howdy, que se tumbaba con satisfacción en cualquier trocito de pálida luz urbana que encontrara. Cuando las ventanas estaban abiertas, los sonidos de los otros apartamentos que daban al pozo de ventilación se oían claros y nítidos. Los niños de enfrente lloriqueaban. La pareja de arriba discutía. Y los dos cantantes, una soprano y un tenor, en dos apartamentos diferentes, cantaban. Los dos daban clases de canto, y las escalas de sus alumnos a veces rivalizaban entre ellas en el pozo de ventilación. Esa noche sólo se oía una voz, la soprano, acompañada de un piano. Polly puso la radio para ahogar la interminable repetición. Howdy le lamió la mano con suavidad. Miró cómo se le cerraban los ojos al cachorro y pensó en su compañero de piso. ¿Qué era lo próximo que tenía en la agenda para George? Se preguntó con quién estaría saliendo en aquel momento, y volvió a pensar que George y Geneva, aunque ninguno de los dos había mostrado el más mínimo interés por el otro todavía, estaban destinados a enamorarse perdidamente, y sólo necesitaban un empujoncito, que ella estaba decidida a dar.

Mientras Polly tramaba el futuro amoroso de su hermano, George se dirigía en bicicleta junto al río Hudson hacia Battery Park. Montaba en bici por las noches, después del trabajo. Nunca había hablado a Polly de estas excursiones. Se habría preocupado y habría hecho de su vida un infierno, y de la de ella, también. Qué extraño era vivir con la propia hermana. Deseaba tanto hacerla feliz, pero, al final, él era el único hombre en el mundo que de ninguna manera podía hacerlo. Que necesitaba un hombre, a él no le cabía duda. Polly se había obsesionado con el perro, y George lo entendía. También él se sentía muy unido al animal, y pensaba en él, en la expresión de sus ojos oscuros, en la forma en que ladeaba la cabeza como interrogando, en el sedoso manto amarillo, en la forma en que bebía a lengüetazos de su cuenco… George se echó a reír. Era como estar enamorado. Pensaba más en Howdy que en las chicas con quienes salía. ¿Salir? Qué palabra más tonta. Follar era más adecuada. No. Estaba siendo injusto consigo mismo. Empezaba todas las relaciones muy esperanzado. La chica a la que veía últimamente, Sarah, parecía perfecta. Iba camino de casa después de ver una película de los hermanos Farrelly cuando la conoció. Llevaba un ejemplar de las obras completas de W. H. Auden, su poeta favorito, que había comprado en Barnes & Noble antes de entrar al cine. Ella se paró y acarició al cachorro, que se retorcía en la mochila, acercando tanto la cara a la de George que él creyó que el corazón se le paraba de lo guapísima que era. Se la mirara por donde se la mirara. Dulce y maravillosa. ¿Qué más podía pedir? ¿Por qué no estaba enamorado de ella? ¿Qué le pasaba?

Nunca se le había ocurrido pensar que pasara algo con las chicas de las que no se enamoraba. Era lo bastante honesto, y lo bastante vanidoso, como para cargar con toda la responsabilidad. Rara vez era él el que rompía. De alguna manera ellas lo sabían y acababan alejándose. George se sentía como si fuera una ventana abierta. Ellas entraban flotando, luego salían y dejaban tras de sí un aleteo de cortinas. Soy una ventana abierta y vacía, pensó, disfrutando casi de su autocompasión, ya que le había sobrevenido con una imagen muy bonita. Se imaginó la sensación de la suave brisa, la caricia de las cortinas en la cara a la suave luz del sol. Pero no, la cortina no podía rozarle la cara. Él no miraba por la ventana; él era la ventana.

Al menos lo intentaba. Polly, por otro lado, buscaba pretextos para no salir. A veces quedaba con sus amigas para ver Friends, lo cual a él le parecía de una tristeza especialmente nauseabunda. También se sentaba en el Go Go cuando George estaba allí. A veces la arrastraba a jugar al billar o a un bar. Pero nunca hablaba con nadie. Se preguntaba por qué le importaba tanto, pero el caso era que sí le importaba. La felicidad de Polly siempre le había importado. Ella era su competente y mandona hermana pequeña, y hasta aquel momento lo único que había tenido que hacer para que ella fuera feliz había sido permitir que le dijera lo que él tenía que hacer. Estaba satisfecho de ello y además se le daba bien. Ella se encargaba de las cosas. Polly siempre había establecido las reglas, y George, al igual que su madre y su padre (debatiéndose entre la culpa y la ira), había procurado, con escaso éxito, seguirlas. Cuando los padres cometían una transgresión, cuando su padre compró a George una escopeta de aire comprimido que su madre había prohibido, cuando su madre prohibió a los niños que asistieran a la boda de un tío paterno en uno de los días en que les tocaba estar con ella, cuando la maldad y el espíritu competitivo del uno hacia la otra se sobrepuso a la lógica y al amor a sus hijos, fue Polly quien les ajustó las cuentas. Era activa, chillona y testaruda, y George había dado las gracias, había dejado los asuntos del mundo en manos de Polly y se había retirado cómodamente a su tranquilo y maravilloso universo. Pero en aquel momento, con el viento dándole en la cara y las estrellas brillando sobre el río Hudson, pasó junto a los esqueléticos cascos de los embarcaderos que se ondulaban como montañas rusas en las oscuras aguas y decidió que buscaría, tenía que hacerlo, un novio a Polly.