Fue justo una semana después, una tarde de abril, cuando los días se hacían más largos y el aire era fragante, húmedo y cálido, cuando Polly descubrió el secreto del éxito de George con la población femenina del vecindario. Era un día precioso y Polly caminaba a casa desde el trabajo por el parque. Los narcisos, cientos de ellos, estaban brillantes y frescos y resplandecían al sol, mojados aún por el chaparrón de la mañana. La forsitia inundaba los pasos elevados de piedra del parque. El olor a tierra húmeda hacía que a Polly se le saltaran las lágrimas de alegría. ¡La primavera! ¡Ya estaba allí! Los árboles aún no tenían hojas, pero los pájaros habían venido de alguna parte camino de otra parte y cantaban desde las ramas. Polly fue caminando a casa con otros hombres y mujeres con sus trajes y su calzado de oficina, atraídos por la fragante primavera, balanceando sus maletines alegremente.
Polly compró pan en una panadería de Columbus y se apretó la hogaza templada contra el pecho, sintiéndose privilegiada por vivir en un mundo en el que existía el pan recién hecho, luego caminó unas cuantas manzanas más hasta llegar a su calle. Fue allí, en el banco que había junto a un café en la esquina de la calle que había a continuación de la suya, donde vio a George. Estaba sentado con Howdy colgando en la mochila que llevaba delante. A Howdy se le veía radiante y esponjoso con la suave luz decreciente. George sonreía y arrullaba al perro, besaba su sedosa cabecita, y Howdy se enroscaba y se retorcía para poder lamer la mejilla de George. Polly se detuvo, latiéndole el corazón de orgullo y cariño. Nunca había visto una dulzura semejante, pensó, y entonces se dio cuenta de que ella no era la única que contemplaba a la pareja. Dos chicas guapísimas con grandes bolsos de cuero y gafas de sol de las caras se pararon a mirar y a charlar con habla infantil y acento francés. Cuando se marcharon, otra chica, una joven de pelo oscuro y una pálida y extemporánea belleza no muy diferente de la de George, también se detuvo a acariciar al perro. Mientras Polly permanecía en el otro lado de la calle mirando, la chica nueva se sentó junto a George en el banco. Polly se marchó a casa deprisa.
– ¿Utilizas al perro para conquistar a las chicas? -preguntó cuando George y Howdy llegaron a casa.
– Es un auténtico imán de chicas -respondió George-. Es increíble.
– ¿Utilizas a Howdy, que ya tuvo que presenciar el suicidio de su dueño, para ligar con chicas?
Polly pasó más de una noche de insomnio pensando en el anterior ocupante del apartamento. ¿Cómo era? ¿Por qué era tan desdichado? Ella confiaba en que el cachorro le hubiera dado algún momento de placer y cariño antes de morir. Luego se cabreaba con él por haber dejado al animal encerrado en el armario. Después se disculpaba con el alma del difunto, quien obviamente había agonizado de tristeza. A continuación se preguntaba qué aspecto tendría y dónde estaría enterrado y cómo serían sus padres. Luego encendía el televisor y veía películas antiguas, con la mente convertida en un pozo de resentimiento, vergüenza y angustia por aquel extraño que se había ahorcado en su apartamento. En el apartamento de él, se corregía, y solía encender una luz al llegar a este punto.
Polly sacó a Howdy de la mochila y lo abrazó.
– Eres asqueroso -le dijo a George.
George se echó a reír y Polly tuvo más claro que nunca que George debía sentar la cabeza con una novia apropiada, y que esa novia apropiada no podía ser otra que Geneva.
«¿Compras flores alguna vez?»
Fue más o menos por esa época cuando Polly empezó a fumar otra vez. No fumaba mucho. Estaba prohibido en la oficina, prohibido en los restaurantes, prohibido incluso en los bares. Se había acostumbrado tanto a salir a la calle a fumar un cigarrillo que incluso en casa, donde estaba permitido fumar, por ella, siempre salía afuera y se apoyaba contra el muro de ladrillo del edificio, mirando las idas y venidas de los vecinos. Jamie gruñía a su altísimo novio mientras pugnaban por sacar a un montón de niños de una minivan. Una gruesa mujer mayor vestida de negro caminaba a paso de tortuga, encorvada sobre un bastón, murmurando en italiano. Tres o cuatro parejas jóvenes salieron del restaurante malayo, riendo, apoyándose unos en otros. Polly había visto a la mujer con el enorme pit bull blanco unas cuantas veces y le había dado las gracias por pasarle el nombre del veterinario; también se había enterado de que el perro se llamaba Beatrice, y mientras estaba allí afuera, en aquella templada tarde de primavera fumando y tratando de imaginar cómo juntar a George y a Geneva en la misma habitación sin que fuera demasiado obvio, sólo lo suficiente como para que se vieran el uno al otro, Beatrice y su dueña venían paseando calle abajo. La mujer sonrió a Polly con cordialidad. Vestía una camisa Oxford de manga corta perfectamente metida por dentro, se fijó Polly, pero aun así se las arreglaba para parecer, si no moderna, sí fresca y atrctiva.
– ¿Cuándo voy a conocer a ese cachorro? -preguntó la mujer-. El cachorro virtual.
– Vete cualquier tarde al café que está un bloque más abajo -respondió Polly-. Mi hermano anda por ahí con él tratando de levantarse a alguna chica.
– ¿De verdad? ¿Utiliza al cachorro de anzuelo? Qué creativo.
– Sí, George es de lo más creativo. Aunque en realidad nadie ha visto nunca ninguna creación suya…
Polly estaba resentida, y aunque en el fondo sabía que poner verde a su hermano ante una persona relativamente desconocida era quizá inapropiado, no pudo evitarlo. Ofreció un cigarrillo a su interlocutora, que la sorprendió aceptándolo.
– ¿De verdad? Ya no fuma nadie.
– Yo he vuelto a caer -dijo la mujer.
– ¿En serio? Yo también -replicó Polly, y siguió quejándose de George unos minutos hasta que notó que la puerta se abría a su espalda y se echó a un lado. Un hombre de mediana edad y una chica de unos dieciocho años salieron del edificio. Beatrice se abalanzó sobre el hombre y empezó a hociquearle en la palma de la mano.
– ¿Qué hay, Beatrice? -saludó Everett a la perra-. Que sí, que me acuerdo de ti.
– Ella sí que te recuerda -dijo la chica.