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En mayo, el parque era un intenso verdor; la hierba, como el ondulado césped de las casas de campo de las novelas inglesas; las ramas, un manto de exuberantes hojas tiernas. En lugar de encaminarse directamente a casa desde el metro después del trabajo, Simon empezó a ir allí a sentarse en un banco, con el maletín entre los pies, a mirar a otros oficinistas con sus maletines, a los niños y sus niñeras, a los perros con su gente, a los ancianos y sus cuidadores, a los adolescentes y sus cigarrillos. A veces paseaba por el camino de herradura con la esperanza de ver a uno de los caballos que se alquilaban en el establo de las afueras. Cuando se cruzaba con un montón de estiércol Simon se detenía con reverencia, aspirando los recuerdos.

A menudo pasaba la mujer con el perro, Jody y Beatrice. Le resultaban graciosos sus nombres, la mujer tenía nombre de varón, y el perro, de mujer. Una de esas tardes terminó yendo con ambas a tomar algo a la cantina mexicana, que era el primer establecimiento de Columbus en poner mesas y sillas en la calle.

– ¿Compras flores alguna vez? -preguntó Jody al pasar junto a las flores en cubos de plástico de la tienda de la esquina.

– Pues no -respondió Simon, un poco sorprendido por la pregunta. ¿Acaso esperaba que le comprara un ramo?-. Es una tontería realmente. Acaban muriéndose, ¿no?

Jody asintió con la cabeza.

– Sí -replicó ella-. Como también lo hacen las verduras.

– Tampoco las compro -aseguró Simon.

Una semana después cenaron juntos. Y otra vez a la semana siguiente. Resultaba tan fácil, pensó Simon. Nunca se le había dado muy bien salir con chicas. La atención que había que poner simplemente en elegir a una persona por la que interesarse, luego en dedicarse a esa persona, hablarle, llamarla, idear actividades que hacer juntos…, era demasiado para él. Pero con ésta… Lo único que tenía que hacer era sentarse en el banco, y si Jody y el pit bull pasaban por allí, y ella estaba libre esa noche, Simon tenía una cita. Si no, pues tampoco pasaba nada. Él no había hecho ningún plan que pudiera frustrarse. Se dijo a sí mismo que aquel acuerdo casual, espontáneo, era ideal. Se lo dijo a sí mismo sentado en el banco, sin moverse, forzándose a no mirar ni a la izquierda ni a la derecha, sin permitirse buscar a una pequeña y enérgica mujer con un gran perro blanco.

Una noche, una hermosa tarde en la que Simon había estado sentado más tiempo del acostumbrado en el borde del banco, Polly, incapaz de resistirse al encanto del parque, había decidido volver a casa andando. Soplaba una brisa fresca y aún brillaba el sol cuando inició el camino, pero al poco se oscureció el cielo y la brisa se hizo más intensa y Polly supo por la agitada pesadez del aire que iba a llover. Se apresuró, como hicieron todos los demás a su alrededor. Eso no era lo que ella había planeado. Estaba preocupada, porque ésa era una tarde especial, una tarde estratégica en la que iba a tener lugar un acontecimiento que había urdido e imaginado durante semanas. Operación George y Geneva. Ésa era la noche en la que iba a poner todo en acción.

El plan de Polly era sencillo. Lo había meditado y había previsto muchos escenarios diferentes, pero al final se decidió por la solución más fácil y obvia. Simplemente quedaría con Geneva en el café donde George y Howdy pasaban el rato, y… voilà! Si George utilizaba a Howdy como cebo, ella también podía. George y Geneva se verían, se gustarían, y su trabajo habría terminado. Polly había puesto mucha fe en el destino, una vez que estableció exactamente qué era lo que el destino depararía.

Mientras iba a toda prisa por el ventoso parque, rezaba para que aguantara sin llover hasta que ella hubiese juntado a su hermano y a su amiga. Después podía diluviar todo lo que quisiera, y pensó: George se desviviría por agradar, y se quitaría la chaqueta, e incluso la camisa, para que Geneva no se mojara. A Polly le latía el corazón más deprisa, en parte de alegría ante el posible desenlace romántico de la situación, en parte porque casi estaba corriendo.

Si se fijó en el hombre del maletín sentado en un banco fue porque estaba muy derecho. Se encontraba muy quieto, extrañamente inmóvil, rodeado por las hojas que azotaba el viento y por la gente que se apresuraba a buscar dónde guarecerse. En aquel momento vio a Jody y al perro, que venían hacia él desde el otro lado. Polly llegó a la altura del hombre-estatua al mismo tiempo que ellas, y supo que tendría que pararse a decir un rápido hola; después podía agregar que había quedado con alguien y escabullirse para cumplir con sus obligaciones de casamentera.

– ¡Va a diluviar! -exclamó. El rugido de su propia voz la sobresaltó como le sucedía a menudo. El hombre también parecía sobresaltado. Polly le compadeció. Soy sólo yo, le daban ganas de decir.

– Polly, Simon -les presentó Jody-. Vive en nuestro bloque.

Jody era tan fina y delicada, pensó Polly. ¿Por qué yo no puedo hacer eso? No es tan complicado. No hay que hacer una tesis doctoral, como habría dicho su abuela. ¿Qué sería lo más fino y delicado que tendría que decir en aquella situación? Encantada de conocerle. No. Anodino. Qué hay, vecino. No. Muy trillado. Qué alegría conocer a un nuevo vecino… Sinceramente no había dicho nada igual en su vida. No tenía que hacerlo. Ella sólo profería un hola y tendía una mano, y la gente se mostraba amable y respetuosa con ella, o se asustaba, o, muy de vez en cuando, se echaba para atrás.

– Con qué paciencia esperaba usted -dijo, buscando aún algo encantador que comentar y dándose cuenta al instante de que había fracasado. Luego lo empeoró-. ¿A la lluvia?

– Más o menos -respondió Simon, visiblemente incómodo. Polly pensó que era atractivo. ¿Qué sería lo contrario de guaperas?, se preguntó. Le parecía que él era lo contrario de un guaperas. Tenía el pelo revuelto y, de alguna manera, así era su expresión. Y sin embargo iba impecablemente vestido. Qué zapatos de ante más bonitos llevaba. Se le estropearían con la lluvia. Perfectamente vestido, pensó, recorriéndole con la mirada desde la cabeza revuelta hasta los zapatos de ante. Menos los calcetines, se fijó. No hacían juego.

Empezaron a caer grandes gotas en las hojas, luego en el pavimento, después sobre las tres personas reunidas alrededor de un banco que había debajo de un árbol. Simon se puso de pie y los tres salieron corriendo del parque, con Beatrice dando grandes zancadas junto a ellos, cruzaron Central Park y fueron a resguardarse bajo el saledizo del edificio más cercano.

Doris les miraba desde la posición elevada de su monovolumen blanco. Reconoció a la mujer y al perro que había meado en su coche y la ira se apoderó de ella. Ya estaba furiosa por la desagradable lluvia, que estaba dejando regueros de hollín en la reluciente pintura de su vehículo. Estaba furiosa porque no encontraba sitio para aparcar. Por supuesto que tendría que haber cogido el tren para ir a ver a su hermana a Bedford. E igualmente por supuesto no podía haberlo hecho. ¿De qué servía entonces tener aquel coche tan gigantesco en Nueva York, perder tantas horas al día esperando a que quedaran sitios libres para aparcar, si no podía utilizarlo para visitar a su hermana? Maldijo a su hermana, a la lluvia, a la mujer y a su perro blanco. Bajó la ventanilla y agitó el puño en su dirección cuando se resguardaron bajo el saledizo.

– ¡Os estoy vigilando! -gritó. Le temblaba la voz de lo furiosa que estaba.

Crepitaban los relámpagos y retumbaban los truenos y Jody no podía oír lo que decía la mujer de la cara naranja, pero la vio, pequeña y espeluznante en aquel coche alto como un tanque, tan alerta como un halcón en un saliente de una montaña.

– Creo que esa mujer me sigue -dijo.

– ¿Qué voy a hacer? -se preguntó Polly-. No puedo quedarme aquí esperando. Tengo una cita.