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Simon se fijó en que Polly llevaba un vestido muy bonito y lamentó que tuviera que irse. Se preguntó si ella podría ir a verle a su banco alguna tarde.

– ¿Una cita? -dijo Jody. Sabía que a Polly la había dejado su novio hacía poco. Qué chiquilla más valiente-. Me alegro por ti.

– No, no es para mí. Para mi hermano.

Dejó a Jody y a Simon y se lanzó bajo la lluvia, corriendo como si al hacerlo pudiera, de alguna manera, evitar mojarse. ¿Cómo era posible que los charcos, charcos enormes, se formaran tan deprisa? Fue chapoteando en dirección al café, con el pelo chorreando y el vestido pegado al cuerpo. Sólo es agua, se recordó a sí misma. Se detuvo en el semáforo en rojo, azotada por la lluvia. Había leído que en Suecia recientemente habían ilegalizado al hombrecillo con bombín de las luces de «Cruce» y «No cruce» y lo habían cambiado por una figura esquemática de género neutro con la cabeza descubierta. Ojalá tuviera ella un bombín.

Cuando llegó al café, naturalmente allí no estaban ni George ni Howdy. ¿Quién iba a sentarse en la terraza de un bar con semejante tormenta? Polly estaba debajo del toldo, esperando a Geneva, maldiciendo su suerte, cuando ésta la llamó al móvil y le dijo que hacía un día horrible, que se iba a casa a darse un baño, a cenar un cuenco de cereales y después a la cama. Polly comentó para sus adentros que ninguno de los dos amantes era muy romántico ni cooperaba demasiado, así que también ella se fue a casa a darse un baño y comerse los restos de una pizza. George no volvió a casa esa noche, que ella supiera.

Finalmente Doris encontró aparcamiento, aunque tendría que mover el coche a la mañana siguiente. Estaba molesta con su hermana por eso y por otras muchas cosas. Natalie se había casado bien, se había divorciado mejor y se había casado otra vez mejor que todo lo demás. No había trabajado ni un solo día de su vida… a cambio de un salario. Pero trabajaba duras horas al frente de diversas organizaciones de beneficencia y como guía en el Metropolitan. Había algo admirable en todo aquello, Doris lo sabía, pero ¿no había nada admirable en el hecho de ir a una oficina un día tras otro y estar mal pagado? No, no lo había, y Doris, en protesta, caminó deliberadamente despacio, cruzó majestuosamente la calle, con el paraguas bien alto, sin mirar siquiera al impaciente conductor de la camioneta que tocó el claxon para que acelerara el paso.

Jody esperó a que escampara para llevar a Beatrice a casa. Esa noche no se sentaría en la terraza de la cantina mexicana. Le había parecido ver que Simon estaba decepcionado y pensó en lo solo que debía de encontrarse para querer la compañía de una solterona maestra de escuela y su pit bull mestiza. «Solterona maestra de escuela», se dijo otra vez. Le gustaba referirse a sí misma, en privado, de aquella manera. Le producía un pequeño escalofrío; no era placer exactamente ni dolor, sino la satisfacción de rascarse una comezón de difícil acceso. Cierto, había vuelto a cenar con Everett, cuando terminaron las vacaciones de primavera de Emily, y había hecho lo mismo con Simon. ¿Era eso salir con alguien? ¿Eso la convertía en una persona sin pareja en lugar de una solterona? No estaba muy segura de encajar en esa categoría. Soltera. Sonaba a algo no terminado. Solterona, sin embargo, tenía cierto peso teleológico.

– Buenas noches -le deseó a Simon, que la había acompañado a casa-. Eres muy galante.

Subió las escaleras con Beatrice, pensando en Everett. Puede que le invitara al concierto de Gilbert y Sullivan el mes siguiente. Sí, eso sería perfecto.

Simon siguió andando hacia el Go Go Grill con relativo buen humor. No tenía ninguna cita, pero era galante. Y, tal vez lo mejor de todo, era a un tiempo galante y capaz de cenar en silencio sin ningún esfuerzo.

Calor

Cuando mejor se ven las calles de Nueva York en verano es, si acaso, a primera hora de la mañana. Nuestra calle no era diferente. Algunos días el calor del verano era tan intenso que casi se oía. Los cubos de la basura, etiquetados con la dirección del edificio al que pertenecían, rebosaban de desperdicios de los transeúntes. Enormes bolsas de basura negras, apiladas como cadáveres que nadie reclama, parecían absorber el calor del sol durante el día y devolverlo a la humedad del ambiente por la noche, junto con el ligero hedor de comida precocinada ya pasada. Pero a primera hora de la mañana, cuando el sol está saliendo, hay un descanso en las calles de Nueva York, una frescura y un clima más suave, una quietud expectante.

Aunque era sólo principios de junio, Simon había empezado a despertarse antes de lo habitual con el fin de dar un paseo mientras el calor era soportable. Hay un olor particular en Nueva York en las mañanas de verano, cuando porteros y conserjes están en la calle delante de sus edificios regando el pavimento con mangueras. Los ruidosos camiones de los servicios de limpieza ya se han llevado las bolsas negras, y el olor a basura, caliente, denso, vegetal, ha desaparecido. En su lugar, el agua, evaporándose en la acera, despide un olor húmedo, urbano, mineral. El cielo estaba claro y resplandeciente la mañana en cuestión, un sábado, y, al pasar por la tienda coreana, Simon aspiró el aroma de rosas, fresias y nectarinas maduras. Fue dejando atrás el ajetreo de los tenderos, que subían las verjas de sus comercios, y de los repartidores, que descargaban cajas de brócoli y de fresas delante del supermercado, y de los camareros, que sacaban mesas y sillas de plástico a la acera para poner las terrazas de los cafés. Cuando llegó a Central Park entró en la calma, lo cual siempre sucedía de repente, como si hubiera cerrado una puerta a su espalda. Paseó entre el sofocante olor a hierba y hojas, en la umbría más absoluta, y luego se dirigió a casa despacio. Sabía de sobra que no debía salir de la ciudad ni siquiera un día durante el verano. Si hubiera ido a los Hamptons o al interior o a orillas de Jersey o a Connecticut, habría vuelto y se habría encontrado con una ciudad descuidada y sin nervio, de la que todos los que podían permitirse salir fuera habrían huido, un triste y humeante laberinto de sucio hormigón. Tal como estaba, la ciudad era vibrante, espléndida y llena de vida. Así la veía él. Sólo se necesitaba perspectiva. La perspectiva de no tener perspectiva.

Cuando llegó a casa, desilusionado, aunque no sorprendido, por no haberse topado con Jody, se tomó su café en su gran sillón de cuero, leyó el periódico y se puso cómodo para echar la siesta. Pero no podía dormir. Cogió la silla de montar del estante más alto del armario y, con delicadeza, la colocó sobre el respaldo del sillón y la lustró con una gran esponja natural perfumada y enjabonada con un jabón especial.

Unos minutos más y habría visto a Jody. A ella también le gustaba salir antes de que le pillara el calor, que era como lo veía ella. Las otras personas que paseaban a sus perros saludaban y se detenían a charlar, y aunque Jody ignoraba los nombres de la mayoría, esos encuentros anónimos le parecían curiosamente íntimos. El hombre con el viejo, tembloroso y ciego bernés de las montañas estaba preocupado porque quería que su hijo fuera a una buena universidad. La violonchelista del sabueso, cuya barriga estaba más o menos hinchada dependiendo de en qué armario se hubiera metido la noche anterior, le habló del nuevo disco de Les Arts Florissants. El atractivo joven belga con su cachorro de keeshond contó con orgullo e inesperada alegría que el adiestramiento del perro había sido un éxito. La exquisita y reciente viuda parisina con su pequeño y extraño chucho de tres patas se explayaba sobre la evolución de la Bolsa. El chico de la cola de caballo con un lebrel ruso, un galgo y un saluki atados a su bicicleta saludó con la mano, mientras su hija, sentada en una sillita para niños en la parte de atrás, comía un pastelillo relleno con parsimoniosa concentración. Las mañanas de Jody estaban llenas de historias, recomendaciones y descubrimientos del anciano con su viejo bichón maltés, de la joven y atlética pareja con su jadeante doguillo y, cómo no, de Jamie con sus dos cairn terriers mordisqueándole las perneras.