Después Polly se sentó en su dormitorio y repasó la conversación mentalmente. Se dijo que era la idiota más grande sobre la Tierra, venga a hablar de una chica a la que no conocía, de la manera más atolondrada e infantil. Y George era el segundo en el campeonato de idiotas. Y él se había comportado como un idiota malvado, además, claramente en contra. En contra… ¿de qué?
Everett.
¿Cómo se había enterado George? Ella acababa de enterarse en aquel mismo instante.
¿Everett?
Everett era muy viejo y bastante soso, la verdad. Al menos eso era lo que pensaba antes, si es que había pensado en él alguna vez, que no. Pero cuando hace un rato le vio sonreír (a Jody, es cierto, pero aun así…) y luego volvió a ver una segunda sonrisa, y otra, era como si Everett fuera un hombre completamente distinto. Le centelleaban los ojos y el rostro se le iluminó. Parecía más joven y estaba guapísimo.
Everett.
Se sentó en la cama, confusa y avergonzada. De pronto se acordó del tacto de su mano cuando, al acariciar a Howdy, rozó la suya. ¡Ay, madre!, pensó.
La intimidad con su hermano tenía sus desventajas. George entendía demasiado. Había sido grosero y desagradable con Everett. De todos, Everett era el que mejor parado había salido, concluyó, repasando de nuevo la conversación. Sólo estuvo un poco pomposo. A lo mejor era tímido. Se imaginó yendo a cenar con él, a un restaurante en condiciones, y luego al ballet. ¿Era temporada de ballet? La verdad era que no le gustaba mucho el ballet, pero la imagen quedaba perfecta en su imaginación. Tendrían que ir a algún sitio, y no iban a ir a tomarse una apestosa ronda de cañas, por ejemplo, algo que a Chris le habría parecido una estupenda forma de pasar una noche divertida.
Ser feliz a veces es fatigoso. Te acostumbras a tener una cierta visión negativa, y cambiar te resulta irritante y perturbador. Por un momento, mientras pensaba en Chris, Polly, tan triste durante tanto tiempo, casi se enfadó, como si Everett estuviera persiguiéndola, importunándola, molestándola. Déjame en paz, pensó. Amo a Chris, y él ama a otra. Todo el mundo lo sabe.
Entonces recordó la sonrisa de Everett y las últimas palabras que le dijo Chris («Nunca olvidaré, hmm, todo…») y pensó que no le importaba si Everett era pomposo o no. Puede que Polly se hubiera comportado como una niña tonta, George como un fastidio de hermano, pero Everett se había comportado como un hombre. Y en cuanto a Jody, Polly olvidó que hubiera estado presente siquiera.
Pero Jody había estado allí, y ella tampoco podía olvidar la escena. Se acercó con Beatrice hasta la tienda y compró crema hidratante. Pidió un café con hielo y se sentó en el banco de la cafetería a tomarlo. Observó que la gente que pasaba miraba a Beatrice con recelo. Polly es una cría, se dijo para sus adentros. Pero se sentía mayor, agotada y cabreada consigo misma. Beatrice puso la cabeza en la rodilla de Jody y alzó la vista hacia ella. Jody le acarició la ancha frente.
– ¿Podemos acompañarte?
Era George con el cachorro. Se sentó antes de que Jody pudiera contestar. Beatrice se tumbó y el perrillo se le subió a la barriga con intención de llegar a la cabeza, hasta que ella se levantó y delicadamente dejó que el cachorro resbalara al suelo.
– Le has acostumbrado a la correa con una rapidez increíble -se admiró Jody.
George sonrió.
– No tengo nada mejor que hacer.
– ¿Eres un joven tarambana? -preguntó Jody.
Él captó la alusión y se río.
– Qué estirado es ese tío -dijo él.
– ¿Tú crees?
George se encogió de hombros.
– De todos modos, sí, soy un tarambana.
– ¿Qué es lo que no haces? -preguntó Jody.
– Ésa es la cuestión. Si lo supiera, lo haría.
Esa noche, mientras paseaba en bicicleta junto al río, pensando en el encuentro con Everett de aquella tarde, George tomó una decisión. Como se habrá fijado el lector, las decisiones no eran del gusto de George. ¿De qué servía ese paso innecesario? Él prefería hacer lo que había que hacer cuando se presentaba ante él como algo absolutamente inevitable. ¿Por qué pensar en ello con antelación? Las decisiones, había explicado en muchas conversaciones nocturnas con amigos ebrios, eran superfluas. Fetichistas, incluso. Sin embargo, ahí estaba él, preocupándose, planeando, decidiendo. Pero ¿qué elección tenía? Su hermana estaba a punto de comportarse como una imbécil. Lo veía, lo presentía, se lo olía. Tenía que hacer algo para protegerla de su propia idiotez.
Pedaleaba deprisa en el aire húmedo de la noche, aspirando la suave brisa salada proveniente del río. No se veían estrellas, sólo las luces lejanas de los edificios del centro de la ciudad al otro lado del agua. Veía cambiar los semáforos de Nueva Jersey, sobre una colina, todos a la vez, una hilera de luces rojas que parpadeaban hasta convertirse en una hilera de luces verdes.
Le exigiría a Polly que empezara a pasear al perro. Ésa era la decisión de George, y a él le supondría un sacrificio, porque disfrutaba con la sensación de tener al animal al otro extremo de la correa, percibía una nueva forma de comunicación entre ellos. Mucha gente se paraba a acariciar al cachorro. George estaba absurdamente orgulloso del perro. En las raras ocasiones en que pasaba alguien sin advertir la presencia de Howdy, George se sentía casi tan decepcionado como el perro. Pero había visto a Polly tonteando con Everett, ese vejestorio malhumorado, pagado de sí mismo y de todo punto inapropiado. Apenas le parecía posible que Polly pudiera estar interesada en él. Pero él sabía lo que había visto, conocía a Polly y sabía lo cabezota, lo impulsiva que podía ser cuando estaba enfadada o dolida, y sabía que tendría que ayudarla a librarse de su propia terquedad.
– Tú lo que quieres es que salga y conozca a gente -contestó Polly cuando le dijo al día siguiente que ella debía encargarse de pasear al perro-. Créeme, George, los tíos buenos no van a pararme por la calle para acariciar a Howdy. Mejor ¿por qué no me cuelgo un cartelón con un anuncio?
Pero sí empezó a sacar al cachorro un par de veces al día. Le parecía que era un momento perfecto para fantasear con Everett. Howdy retozaba por el parque y Polly se imaginaba paseando, agarrados de la mano, con su nuevo amante, Everett, el maduro y brillante abogado o doctor o lo que quiera que fuese.
En las últimas semanas había en el aire una sutil fragancia, fresca y arrebatadora, sin duda la fragancia de la primavera: los tilos, los espléndidos y generosos tilos. ¿Cómo puede alguien no enamorarse cuando florecen los tilos? Polly y Howdy deambulaban por el lago, con sus patos y lirios amarillos y algas verdes, brillantes, y volvía a revivir la conversación con Everett sobre Florencia, a recordar el ligero roce de su mano una y otra vez hasta que empezó a parecerle que Everett había puesto la mano en la cabeza del perro a propósito para tocarle la mano a ella.
En las semanas que siguieron se encontró con Everett en unas cuantas ocasiones, una vez mientras sacaba la basura en pijama, lo cual fue espantoso, y las demás en el ascensor, pero cuando más cerca estaba de ella era en sus largos y solitarios paseos con el perro.
Una noche, antes de irse a la cama, Polly bajó un rato con Howdy a la calle, con la vaga esperanza de ver a Everett. Howdy meneaba la cola a todos los vecinos que pasaban. Tenía dos favoritos: un joven cubierto de tatuajes y el vigilante de la iglesia, que era delgado, canoso y elogiaba al cachorro con un ligero acento irlandés, pero ninguno de los dos andaba por allí esa noche.
– Pobre Howdy -dijo Polly-. ¿Dónde estará nuestro amigo de la iglesia?
– ¿Es que no puedes conocer a nadie normal? -preguntó George, que se les había unido, probablemente para asegurarse de que ella no fumaba, pensó Polly.