George fue a casa con Polly y escuchó mientras ella cubría a Chris de improperios. Tomó asiento en el metro, desplomada pero con la cabeza erguida, relatando en voz baja los muchos defectos del hombre con el que había vivido. Sacaba un dedo por cada falta, tratando de numerarlas según la gravedad, en una escala del uno al diez, siendo el diez lo peor. Empezó por lo menos importante: Chris y las miserables propinas que dejaba. A continuación pasó revista a sus crímenes políticos -votó por Nader, provocando así guerra y hambre- y a sus costumbres, que iban desde el clásico dejarse la tapa del retrete levantada a su manía de dejar pañuelos de papel usados en la mesa del comedor. George se fijó en que algunos pecados que tenían una puntuación alta parecían mucho menos importantes que otros con una más baja. ¿Era la posibilidad de que pudiese llegar a tener papada, basándose en la papada del padre de Chris, como para un ocho, cuando su escasa inclinación a ceder el asiento a una encorvada anciana cargada con un humidificador nuevo había recibido un seis? Pero George pensó que sería mejor reservarse la opinión sobre el sistema de clasificación de su hermana, y para cuando llegaron al portal de casa, Polly parecía estar más serena y más sobria.
– Y tú -dijo, dándose la vuelta y agarrándole del cuello de la camisa-, tú me debes lealtad de hermana. De hermano, quiero decir.
– Sé lo que quieres decir.
Ahí terminó la discusión. George se lo vio en la cara -una calma repentina-, y él sintió la misma calma. Se preguntó si todos los hermanos se preocupaban tanto por sus hermanas. Siempre había sido así entre ellos. Sin palabras. Los dos habían comprendido, y lo sabían. Qué rollo era ese vínculo, y qué alivio a la vez. En todo el mundo, estuviera donde estuviese, hiciera lo que hiciese, había una persona a la que le importaba. Polly alargó una mano. George se la estrechó con solemnidad.
A la mañana siguiente, acostada en la cama, Polly intentó tragar saliva, pero tenía la boca demasiado seca. Le dolía la cabeza y apenas podía abrir los ojos más allá de una rendija. Se obligó a levantarse. Howdy probablemente estaría en la cama de George. Polly sintió un ramalazo de celos. Hasta el perro prefería a otro. Bajo la ducha dijo a voz en grito: «¡Nunca volveré a tener celos!», manteniendo los brazos como Escarlata O'Hara cuando jura que no volverá a pasar hambre jamás. De todos los sentimientos, los celos era el que menos podía justificarse. Era egoísta, era doloroso y era inútil. «Me hace muy feliz que George sea bueno con el perro», dijo, ensayando su nueva actitud. «Chris no era la persona adecuada para mí, así que Diana y él…». Hizo una pausa. «Ojalá se pudran en el infierno», soltó finalmente. Todos somos humanos, pensó.
En la calle se encontró con Heidi y Hobart. Polly le contó a ella que había visto a su ex novio la noche anterior con su nueva novia mientras, con la deslumbrante luz de la mañana, sus dos perros se olisqueaban mutuamente las regiones inferiores.
– Hmmm. Cuando mi primer marido quiso divorciarse, yo le dije que podía irse en paz, siempre y cuando yo me quedara con nuestro hijo -explicó Heidi.
– Bueno -replicó Polly-. Yo no tengo hijos, así que supongo que no pasa nada.
«Alguien habrá que sea adecuado para ti»
Emily llamó a Everett desde Italia. Había adquirido gusto al vino tinto, así como a un par de fabulosas gafas de sol Dolce & Gabbana. Everett estaba tan contento de oír su voz que creyó que iba a desmayarse. Entonces ella le mencionó los planes de matrimonio de su madre.
– Son tan mayores… -dijo-. ¿Para qué ya?
– Sí -respondió él-, unos viejos. A lo mejor se compran unos andadores a juego para la ceremonia.
– Es culpa tuya.
– Emily…
– No te molestes, papá.
Sin embargo Everett se molestó en explicarle una vez más que la gente cambia, se separa y que, por supuesto, los sentimientos hacia los hijos no cambian, pero… Everett se molestó, y explicó, y oyó las palabras y pensó en lo endebles que eran, en lo poco convincentes. Cuando colgó, pensó en el daño que debía de hacerle a Emily esa idea del cambio. La gente cambia, le había dicho a ella. ¿Por qué?, se preguntó. ¿Por qué cambiaba? Era muy injusto. Emily cambiaría. Se haría mayor y se marcharía lejos y le incomodarían las visitas de más de tres días. «Ya sabes lo que se dice de los familiares y los trastos viejos», le diría cansada a su marido, de la misma forma que él se lo decía a su mujer. Y luego Emily y su marido también cambiarían, y se divorciarían. La idea de que Emily se divorciara era demasiado para él. Su pobre niña. Él se enfurecería con su marido, quien obviamente no la merecía. ¿Cómo se atrevía a tratar a su hija de aquella manera? Eres un sinvergüenza, pensó, recordando la palabra de alguna lectura obligatoria olvidada. ¡Un sinvergüenza y un desaprensivo!
Abrió una botella de Chianti en honor a Emily y consideró la posibilidad de llamar a Jody y preguntarle si le apetecía venir a su casa a compartirla con él. O, mejor, podría llamar a la puerta de su joven vecina, Polly. No era una buena botella de Chianti, y era menos probable que ella se diera cuenta. Pero puede que estuviera con su hermano y le resultase incómodo de alguna manera. Cuando por fin se decidió a probar primero con Jody y luego, si ella no podía, llamar al timbre de Polly, se dio cuenta de que se había terminado la botella él solito, con lo cual dio por zanjado el asunto.
Después del fiasco de Ben y Geneva -su relación iba en serio-, Polly decidió concentrarse temporalmente en su vida, que consistía en pasear a Howdy y confiar en toparse con Everett, aunque era con Jody con quien más a menudo se topaba, y pronto se acostumbraron a caminar juntas hasta el parque con sus dos perros.
A Polly le caía bien Jody. Jody era siempre igual, puede que fuera por eso. Siempre sonreía, su risa era contagiosa y olía bien, se fijó Polly. A fresco, como el jabón. Además era mayor, y ya que Polly había decidido superar su adolescencia tardía, Jody parecía una buena persona con la que practicar.
Jody también había tomado cariño a Polly durante esos paseos, muy a su pesar. Polly era muy decidida, muy sincera en sus manifestaciones. «Éste es el árbol más bonito del parque, y tenemos que coger siempre esta ruta», decía, así que cogían siempre esa ruta. Hacía declaraciones sobre política y sobre moda. Tomaba postura respecto a los kleenex con aloe (el mayor invento desde la lechuga en bolsa) y sobre los tomates orgánicos (eran tan insípidos como los normales pero más feos). Polly se manifestaba, y cualquiera que se encontrara a trescientos metros a la redonda escuchaba. Pero Jody reconocía también que Polly era una niña, y que, como los niños, ella, incluso ella, era insegura y estaba asustada. Aún seguía hablando de la ruptura con su novio, lo que a Jody le parecía tranquilizador, pero también veía que esa pérdida le había afectado mucho y la había vuelto recelosa: parecía inquieta, nerviosa en su propia infelicidad. A veces Jody programaba sus paseos con el perro de manera que coincidieran con los de Polly. Instintiva e involuntariamente Jody sentía que deseaba reconstruir el pequeño mundo de Polly. Además, Polly era vecina de Everett, y Everett se había vuelto muy esquivo en los últimos tiempos.
– ¿Ves a Everett alguna vez? -preguntó a Polly en uno de esos paseos.
– ¿Quieres oír un secreto a ese respecto?
Jody pensó que seguramente no querría oír un secreto a ese respecto, pero se limitó a afirmar con la cabeza.
– ¿No te parece que Everett está como un tren? ¿Para la edad que tiene?
– ¿Es ése el secreto?
– No. Sé que esto te va a sonar muy vanidoso, pero me apetece decírselo a alguien. Ni siquiera puedo mencionar su nombre delante de George. Así que…, vale. A veces creo que le gusto a Everett. Él no me lo ha dicho, pero es una sensación que tengo. ¿Sabes a qué me refiero? ¿Esa sensación?