– Gracias -dijo Polly. Se sentía aliviada, y un poco aturdida.
Gian Carlo se encogió de hombros.
– Con tanta humedad -advirtió con tristeza- se te encrespará. -Pero él también parecía aliviado.
– Sin arrepentimientos -apuntó Polly. Pagó, preguntándose por qué el lector de tarjetas de crédito sí funcionaba, y bajó las escaleras.
Simon pudo subir a un autobús abarrotado de gente. Agitado, sudando, se puso el maletín entre los pies. El aire acondicionado no era suficiente para combatir el calor generado por aquella multitud de cuerpos nerviosos que hablaba entre dientes. Para cuando llegó a casa, aproximadamente una hora después, tenía la chaqueta empapada y pegada al cuerpo. Había querido quitársela casi en cuanto subió al autobús, pero no se atrevió a empujar a los que tenía a su alrededor para poder hacerlo. Asió la barra de arriba, apoyó la cabeza en el brazo y escuchó el excitado murmullo que había en el autobús. Imaginó a Jody, que daba clases privadas durante el verano, agarrando de la mano a algún chiquillo asustado, ayudándole a bajar las escaleras en penumbra de algún edificio de piedra hasta el caos que reinaba en la calle. ¡Qué preocupados debían de estar sus padres sin poder utilizar los móviles! No podía imaginar al niño sino como un niño genérico, ni chico ni chica, llevando un pequeño estuche de violín con una manita y agarrando con la otra la mano de Jody más grande y tranquilizadora. Era una imagen conmovedora: Jody conduciendo al inocente sin rostro por las oscuras escaleras, y los desesperados padres gritando impotentes a sus teléfonos móviles. La población de la Costa Este de Estados Unidos estaba dividida porque nadie tenía un anticuado teléfono que no necesitara enchufarse a la red eléctrica. Nadie salvo Simon, cuya oficina, que dependía del ayuntamiento de la ciudad, estaba dotada con el equipamiento más viejo y anticuado. Por esa razón él pudo llamar a sus padres a Portland, Oregón, para decirles que no se preocuparan al tiempo que se tranquilizaba a sí mismo. También llamó a Jody, sabiendo que no le funcionaría el teléfono, sabiendo que no podría dejarle un mensaje de ánimo en su buzón de voz.
Percibió el intenso olor a humedad que emanaba del hombre que tenía enfrente, luego se dio cuenta de que bien podía ser el intenso olor a humedad de su cuerpo, pegajoso de sudor. Cerró los ojos y sintió el balanceo del autobús. Tal vez ese día le hablara a Jody de los caballos, de la caza, de la libertad y la demoníaca velocidad de ese deporte. Tal vez la besara esa noche, en la ciudad a oscuras. La llevaría a su apartamento, la arrojaría en la cama y…, la frase «le echaría un buen polvo» le vino a la mente. Simon torció el gesto por su propia absurdez.
Cuando se fue la luz George estaba tendido en la cama mirando al techo. Puede que se hubiera quedado dormido y puede que no. No habría sabido decir. Hacía calor. El viejo aire acondicionado funcionaba a duras penas. Entonces se hizo el silencio y empezó a hacer aún más calor en la habitación. George probó todos los interruptores de la luz. Abrió la caja de los fusibles. Abrió la ventana y miró hacia la calle. Había cinco o seis personas alrededor de un coche con las ventanillas bajadas. Tenían la radio tan alta que podía oírla.
Un apagón. Imaginó a Polly en el piso vigésimo cuarto del bloque de oficinas donde trabajaba. Tendría que bajar por unas escaleras oscuras y sofocantes. Intranquilo, le puso la correa al perro y bajó al restaurante para ver qué estaba pasando allí.
Doris no había tenido paciencia para esperar en casa al concejal del ayuntamiento. Se había plantado en el vestíbulo, y cuando se fue la luz maldijo al propietario y anotó que era una cosa más que podía mencionar a Mel, que era como le conocía mentalmente, aunque aún no había decidido si sería más eficaz llamarle Mel o señor concejal del ayuntamiento cuando le conociera en persona. Parecía poco ceremonioso al teléfono, pero no quería ser demasiado atrevida. Empezaba a hacer calor en el vestíbulo, salió a la calle y se fijó en que los semáforos no funcionaban. Desde luego, algo pasaba. Calle abajo había varias personas arremolinadas alrededor de un coche escuchando la radio, pero Doris consideraba que no podía dejar su puesto para unirse a ellos. Fuera lo que fuese, lo hablaría con Mel cuando llegase.
Polly cruzó el parque. El cielo estaba de un gris perla implacable. No había sol y por tanto tampoco sombra. El calor era húmedo y pesado. Tenía la camisa empapada. Se le estaba formando una ampolla en el talón izquierdo. Se veía una creciente agitación en el parque. Estaba abarrotado de gente colorada y nerviosa. Probó en tres puestos de perritos calientes sin resultado, y empezaba a sentir pánico cuando encontró un carrito de helados donde aún tenían botellas de agua. Entonces se preocupó por el helado, por todo el helado de la ciudad, derretido e inservible, que habría que tirar. Le dio pena el helado, pero se sentía cada vez más eufórica por el apagón, como si fuera un día de nieve y no tuviera que ir al colegio. Notó un aire cada vez más festivo entre la gente que pasaba: ¡no se trataba de un ataque terrorista! Hacía calor y se dejaban las tareas cotidianas. ¡Era fiesta!
En casa, Polly se cambió de ropa y se puso una camisola, pantalones cortos y chanclas. Cuando vio que George no estaba allí se acercó al restaurante. Habían sacado las mesas y las sillas a la acera. Dentro, en el bar, George preparaba bebidas con hielo.
– ¡Eh! -saludó él, con cara de alivio.
Howdy se levantó de un salto y apretó su frío y húmedo hocico contra la cara de Polly.
Jamie caminaba de un lado a otro de la acera delante de las mesas. Noah tenía un largo paseo desde Wall Street. Jamie sabía que no debía preocuparse. Pero se preocupaba. No, no debía preocuparse. Preocuparse no servía de nada. Seguramente Noah aparecería en la limusina de uno de sus clientes. Y los niños estaban bien. Y los mellizos mayores estaban chapoteando en una piscina para niños en el patio trasero con la niñera. Menos mal que Isabella se había negado a ir de campamento. Le había sacado de quicio esa mañana.
Y qué si hacía calor. Y qué si se mareaba en el autobús. Y qué si la zona de juego no era más que un solar polvoriento que sólo la hacía desear volver a casa. Eso era un día de campamento: una horrible pesadilla que tus padres creen que te gusta por mucho que tú les digas que no. Él había tratado de explicárselo, pero ella se había puesto histérica y Noah tuvo que intervenir, lo que supuso que Isabella se quedara en casa con la condición de que terminara su cinta portaobjetos. Jamie recordó el poema de Billy Collins sobre una cinta de ésas, lo cual hizo que deseara marcharse a casa corriendo para abrazar a Isabella. ¿O quizá lo que deseaba era que Isabella le abrazara a él? Quizá era él quien debería hacerle una cinta portaobjetos, algo inútil y desigual, con todo su amor.
Y otra para su madre, por supuesto. Entonces vio a Noah tambaleándose calle arriba con el traje arrugado y dejó de caminar de un lado a otro, dejó de preocuparse, dejó de pensar completamente. Abrazó a Noah y Noah le abrazó a él.
– ¿Estabas preocupado? -preguntó Noah, sorprendido.
– Todos somos humanos -respondió Jamie, y pensó que tal vez le haría una cinta a Billy Collins, y, ya puestos, que haría cintas para todo el mundo.
Cuando vio que George estaba bien y que Howdy no la necesitaba, Polly fue a la tienda de la esquina a salvar al menos parte del helado de los coreanos. La cola llegaba hasta la calle. El calor se había intensificado. Los brazos le brillaban con el sudor.
Detrás de ella, Simon esperaba para comprar agua y pilas. No la había reconocido de espaldas, quizá porque llevaba el pelo recogido y adherido a la cabeza, o porque no estaba prestando atención: se le había quedado mirando los hombros, incapaz de apartar la vista de los cientos de pelillos cortados pegados a la piel sudorosa.