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Simon intentó hablar. El silencio resultaba violento.

– Everett está alicaído y Jody en las nubes -dijo, pero estaba borracho y hablaba entre dientes, por lo que pareció que ni Everett ni Jody oyeron su queja.

– Mi mujer pronto se casará con otro -cantó Everett en voz baja, con un deje más a lo country-western de lo que había pretendido-. Ya han elegido fecha e invitado a nuestros amigos…

Simon cerró los ojos. No le gustaba Everett, se dijo, e hizo como que Everett no estaba allí.

– Supongo que mi invitación estará al llegar -cantó Jody, sorprendida de sí misma pero bastante satisfecha-. Escrita con la pluma venenosa de mi mujer.

Everett le sonrió, con la sonrisa más amplia y radiante que jamás había visto.

– Oh, ellos se preguntan quién envió todo ese ántrax… -continuó. Éste es el estribillo, observó para sí misma, para justificar el cambio de metro-. Sí, todos están preocupados por la carta-bomba. Pero yo les dije: «Muchachos, respirad tranquilos, porque el culpable es la madre de mi querida hija».

Doris miró por la ventana. Parecía un grotesco barrio del tercer mundo lo que había allí abajo. En aquella oscuridad cavernosa distinguía una hoguera encendida en el depósito de la barbacoa y grupos de mujeres mayores sentadas en la calle en sillas de cocina como viudas calabresas. Los autóctonos daban aullidos. La gente bebía alcohol y, sí, bailaba en la calle. Mel había cumplido su palabra y había permitido que le mostrara a los perros rebeldes y a los dueños que infringen las normas, pero a Doris no se le escapaba que, en medio de un apagón de semejantes proporciones, con hogueras ardiendo, guitarras cencerreando y el tequila corriendo a raudales, su pequeña representación de botellas desechadas y cacas sin recoger había quedado eclipsada.

– Ven a la cama -dijo Harvey.

– Hace demasiado calor.

– Hace demasiado calor para hacer cualquier cosa. Y está demasiado oscuro.

– Voy a sentarme en el coche con el aire acondicionado.

Y Doris bajó las escaleras con una linterna para guiarse, siguió el embudo de luz por la oscura acera, luego se encaramó en el alto asiento del coche y suspiró con gusto cuando el aire frío le pasó entre las manos puestas al volante y le llegó a su sonrojada y sonriente cara. Que Harvey se riera de ella y de su monovolumen todo lo que le diera la gana, que ella sabía lo que se hacía.

Cuando George llegó al apartamento de Heidi, Hobart se puso a ladrar desde el otro lado de la puerta.

– Calla -oyó que decía Heidi-. Calla, Hobart.

Más tranquilo al saber que estaba viva, y sintiéndose un poco culpable por habérsela imaginado muerta, llamó al timbre.

– Estaba preocupado por usted -dijo cuando ella abrió la puerta.

– Me mimas mucho. No debes mimarme tanto.

Resultó que Heidi sí había salido, pero no se había acercado hasta el restaurante por el alboroto que había. No, las escaleras no le importaban en absoluto. Sí, nueve pisos, nueve pisos, pero ella se agarraba a la barandilla y no tenía ningún problema, iba despacito, ése era el truco. George era muy amable al ofrecerse a pasear a Hobart, pero el animal estaría bien hasta la mañana siguiente. ¿Le apetecía a George tomar algo, quizá? Debía de estar cansado después de subir todas esas escaleras. Así que George entró en el apartamento, con sus manteles y sus tapetes, iluminado con velas en candelabros de cristal, se sentó en un sofá de brocado y bebió vino con Heidi.

Simon estaba empezando a despejarse, pero no le gustó la escena con la que se encontró la creciente claridad de su mirada. Jody y Everett seguían inventando canciones, y se reían con desenfrenada hilaridad de sus propias composiciones.

– ¡Hola, vecino! ¿Qué tal tus gallinas? Las mías están bien -cantaban.

Simon calculó que Everett era por lo menos diez años mayor que él. Podría darle una paliza, pensó. En cualquier momento, en cualquier lugar. Pero ese sentimiento, por sincero que fuese, le hacía sentir incómodo, como si llevara los zapatos de otro. De uno de sus pacientes, tal vez. Unos zapatos deprimentes e ineficaces.

– Se han apagado las luces -cantó Everett-. Y hay un apagón en tu corazón…

– Me viste una vez y te iluminaste -contestó Jody-. Ahora se te han fundido todos los fusibles.

– Ah, mi chica tiene un corte de luz. Me dejó sudando en la oscuridad.

– Llamé a Con Edison Energy y grité, pero esto es lo que me respondieron: «Desenchufa el amor, desenchufa los sueños, apaga el interruptor del deseo».

– Las baterías no te servirán de nada. No eres más que un cable muerto, sin corriente.

Everett y Jody creían que la canción era graciosísima y se felicitaron el uno al otro, para enorme disgusto de Simon.

– ¡Camarera! -dijo a Polly-. Otra ronda.

Polly les llevó otra copa del brebaje que había estado preparando. Ya no sabía lo que había echado ni en qué proporciones, le daba todo igual. Por ella, como si se morían todos. A lo mejor sus mezclas contribuían a que las cosas fueran un poco mejor.

Simon torció el gesto.

– ¿Qué es esto?

– No lo sé ni me importa. Estoy desolada.

Jody se volvió para mirar a su amiga y vio que realmente estaba desolada. Polly lloraba en silencio y las lágrimas le rodaban por las mejillas. Jody fue a cogerle la mano cuando vio que alguien más hacía otro tanto. Era Everett. El asió a Polly de la mano y se levantó. Luego le pasó un brazo por los hombros. Y, como si Jody no existiera, como si Jody no hubiera estado entreteniéndole, haciéndole reír, haciéndole sonreír con su encantadora sonrisa durante más de una hora, como si él no le hubiera dedicado a Jody esa sonrisa una y otra vez, como si Jody no hubiera estado enamorándose de él otra vez, Everett se marchó con Polly, lejos de Jody, hacia la oscuridad.

En cuanto Polly y Everett dejaron el restaurante se vieron envueltos en una oscuridad tan penetrante que a Polly le pareció que estaba ahogándose en oscuridad. Everett la rodeaba con un brazo. Después Everett la rodeaba con los dos. Después Everett ya estaba besándola. Sabía a alcohol, a cualquier clase de alcohol. Tenía las gafas de leer en el bolsillo superior derecho, como su padre, y las sentía presionando contra ella.

– Lo siento -se disculpó él, retrocediendo.

– ¿Dónde estás? -De repente no le veía, a un solo paso de distancia.

Everett le tocó un brazo. Ella dio un respingo, luego le agarró de la mano, un ancla en el mar oscuro.

– No lo sientas -susurró ella.

– Me estoy aprovechando de ti. De tu desgracia.

– Sí -dijo Polly, tirando de él hacia ella, apretando los labios contra su cuello-. Y soy muy, muy desgraciada, así que tienes mucho de lo que aprovecharte.

Everett iba pensándolo mientras se dirigía a su apartamento con ella. Era una chica muy guapa y le había halagado con sus atenciones durante los últimos meses. Era lo bastante mayor como para tener juicio, pero no le gustaba ser lo bastante mayor como para tener juicio. ¿No podía ser lo bastante joven como para ser un poco alocado? ¿Al menos durante un rato? Polly parecía saber lo que quería, y le daba la impresión, pese a haber estado llorando por su antiguo novio, de que le quería a él. Si él podía consolarla, ¿por qué no iba a hacerlo?

¿Por qué, entonces, no dejaba de tener la persistente sensación de que caminaba por la ardiente e infinita oscuridad derecho a meterse en un lío?

Se cruzaron con un enorme monovolumen con el motor encendido.

Se cruzaron con el cantante de folk.

Se cruzaron con una mujer, a la que vieron fugazmente con las luces de un coche, que llevaba a un schnauzer en brazos.

– No tengas miedo, Rosie -decía la mujer-. No tengas miedo.

– ¡Me he olvidado de Howdy! -exclamó Polly-. ¡Me he olvidado de mi perro!