Volvieron corriendo al restaurante; Polly, echándose pestes recriminatorias; Everett, molesto con la silenciosa hostilidad de un perro.
Espero que esté allí, pensó Polly, olvidados sus planes para esa noche. Nunca me perdonaría que no estuviera.
Espero que esté allí, pensó Everett, viendo peligrar sus planes para esa noche. Nunca le perdonaría que no estuviera.
Howdy estaba allí, por supuesto, zascandileando por el bar. Polly respiró y abrazó al perro loca de alegría. Everett miró a su alrededor con aire de culpabilidad y se alegró de ver que Jody se había ido. Al igual que Simon. Everett era consciente de que había dejado la mesa bruscamente. Confió en que atribuyeran su conducta a la bebida.
El teléfono móvil de Polly parecía que ya funcionaba, pues la oyó hablar por él.
– Me voy a casa con el perro. Puede que no a casa exactamente. Pero el perro estará conmigo, así que no te preocupes por él. Ni por mí.
Hubo una pausa, luego Polly dijo:
– Eso no es asunto tuyo, ¿no te parece?
Después hubo otra pausa.
– Lo sé, lo sé -dijo Polly-. Sí, te oigo. -A continuación colgó y guardó el teléfono en el bolso.
– ¿Todo okay? -preguntó Everett, aunque había un apagón, el novio de la chica iba a casarse con otra, obviamente su hermano le había sermoneado por salir con hombres desconocidos y mayores e indudablemente nada estaba okay.
– Algunos estudiosos creen que la Anti-Bell -Ringing Society fue la primera en usar la palabra okay en Boston en 1939 -respondió-. Otros se la atribuyen a los indios choctaw.
Everett la miró inquisitivo a la cara, apenas visible a la luz de las velas.
– Soy editora -dijo Polly.
Él sonrió incómodo.
Polly le miró con enorme interés y le cogió una mano entre las suyas.
– También está la teoría mandinga -siguió-, pero ¿a quién le importa? -Y se le llevó, con Howdy a la zaga.
Mientras Everett y Polly, tomados de la mano, paseaban al perro en dirección a casa con aquel denso y oscuro calor, George bebía el vino de Heidi, le confiaba sus preocupaciones por Polly, trataba de consolarse con las observaciones de la mujer sobre que todo el mundo merecía tener una loca aventura amorosa, se preguntaba por qué él no estaba enamorado de nadie, ni locamente ni de ninguna otra manera, y, con la ayuda de una linterna, contemplaba las acuarelas que la anciana pintaba cuando no podía dormir. Doris miraba con satisfacción las esferas del panel del aire acondicionado hasta que sólo le quedó una octava parte del depósito de gasolina. Simon, mientras tanto, con gran sorpresa y regocijo de su parte, le echaba a Jody un buen polvo.
¿Estaba enamorada?
Llega un momento, incluso en Nueva York, en que la fruta de los árboles empieza a madurar. Un día aparecen las manzanas silvestres, pequeñas y verdes como uvas. La fruta se hace más grande y adquiere un tono rosado de la noche a la mañana, y al día siguiente, parece, las manzanas son ya de color carmesí. Pasa el verano, agotado, polvoriento y pálido, y aparecen las bayas en arbustos que ni sabemos cómo se llaman. Al menos yo no sé cómo se llaman: rojos, morados o naranjas o, como en un arbusto al final de las escaleras de la calle Setenta y seis que van a dar a Riverside Park, de un increíble lavanda de lencería.
Por lo general a Simon le alegraba la aparición de esas frutas rosáceas, las primeras señales de que el largo paréntesis anual pronto daría paso a su verdadera vida. Pero ese año Simon las contemplaba con consternación. Virginia, aquellos verdes y ondulados prados, donde siempre había pensado que residía su corazón, como en una canción de Stephen Foster, estaba muy lejos de donde su corazón parecía sentirse a gusto últimamente, que era ahí, en su calle, con Jody.
Se podría pensar que tenía muchos años a su espalda para haberse enamorado de aquella forma tan completa y profunda. Podría argumentarse que era a la vez demasiado mayor y demasiado joven realmente: demasiado mayor para un apasionado primer amor romántico, y demasiado joven para un desesperado encaprichamiento de la madurez. Pero a veces los números se equivocan, y Simon estaba enamorado. Se despertaba con el inverosímil y nada melodioso nombre de Jody en los labios. Su voz, que sí era melodiosa, le resonaba en la cabeza de manera exquisita.
Algunas veces pensaba que él también le gustaba a Jody. El resto del tiempo confiaba en que así fuera. Pero sobre todo hacía hincapié en su buena suerte, y cada vez que la veía, cada vez que la tocaba, cada vez que ella hablaba y él notaba la cálida dulzura de su aliento, sentía una abrumadora gratitud. No era la primera mujer a la que había querido, pero sí era la primera mujer de la que se había enamorado. La había cortejado, de una manera un tanto fortuita. Y de manera fortuita, también, la había conseguido. Aquel caluroso verano había sido una bendición para Simon. Y el otoño se avecinaba lleno de incertidumbre.
Jody, a su vez, también pensaba en Simon, pero sus pensamientos iban en otra dirección. A Jody, sencillamente, le había sorprendido la brillantez sexual de Simon. Era como el que levanta la vista para mirar el reloj y se da cuenta de que son las cuatro y doce minutos de la tarde, y se le ha olvidado tanto el desayuno como la comida: tenía un apetito enorme y su placer era ilimitado. Parecía extasiado, como un monje ruso, como un niño. Ella había salido al asfalto nocturno durante el apagón sin esperar nada y sin importarle demasiado. Sentía que ya había desaparecido esa noche, desaparecido de la consciencia de Everett y, hasta cierto punto, de la suya propia. Cuando Simon la llevó delicadamente a su cama, pensó Jody: ¿qué importa lo que haga? Después pensó: ¿cómo puedo ser tan voluble? Luego miró a Simon mientras dormía, sonrió y pensó: todos somos humanos.
Se dio cuenta de que estaba cautivada sexualmente. No había otra forma de describir el lazo que la unía a Simon.
A algunos puede parecerles inexplicable, incluso censurable, que pudiera trasladar su interés de un hombre a otro con tanta rapidez, y al principio era inexplicable y censurable para Jody también. Estás muy desesperada, pensó, pasando de un hombre a otro, tratando de ligar con cualquier viejo, de solterona a puta en una sola noche.
Pero yo no me veo juzgando a Jody con tanta dureza como se juzga a sí misma. Allí estaba ella, en la noche del apagón, abandonada de repente por el hombre al que creía amar. Y allí estaba, ante ella, otro hombre, borracho, con dificultad para expresarse, pero amable y cariñoso. La había cogido de la mano y a través de la oscuridad de la noche la había conducido hasta su cama.
Simon la veneraba como si estuviera ante un altar, a ella, que jamás se le habría ocurrido que tuviera un altar. En los días que siguieron ese amante sustituto la abrumó con la fuerza de sus sentimientos por ella, con su pasión y sus atenciones. ¿No era natural que el suplente empezara, de hecho, a ocupar el lugar del original?
El verano terminó y comenzó el colegio.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó la profesora de arte el primer día de clase.
– Sí. ¿Por qué?
– ¿Duermes últimamente?
Jody se quedó pensativa. ¿Dormía últimamente? ¿Lo que hacían Simon y ella era dormir? Y, sin embargo, se despertaba todas las mañanas, lo cual implicaba dormir. Y cuando se despertaba, el día la recibía con dulzura y amabilidad, y ella saltaba de la cama agradecida por la noche y agradecida por las horas que tenía por delante hasta que diera comienzo la noche siguiente.
– Sí -contestó-. Sí, supongo que sí.
La profesora de arte meneó la cabeza.
– Me sorprende, eso es todo -dijo.
– A mí también -replicó Jody, y cuando fueron a almorzar a la cafetería Pollyanna, ella no defendió la lechuga marchita ni el café aguado. Todo lo contrario.
– ¿Los restos de Snowball? -preguntó, señalando la lechuga y aludiendo al conejito del jardín de infancia-. Esto sabe a agua de fregar -añadió, bajando con asco la taza de café.