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– O podemos sentarnos y hablar de verdad.

– De acuerdo -dijo George. El tono de Alexandra era cordial, pero, después de tantas noches a merced de su sarcasmo y sus críticas cuando era su jefa, George aún desconfiaba de ella. Tenía que recordarse a sí mismo que él era el experto, o al menos un falso experto, y no debía encogerse ante la magnificencia de Alexandra-. De acuerdo, hablemos.

Y vaya si hablaron, durante varias horas, y George vio ponerse el sol detrás de la Estatua de la Libertad. Hablaron sobre conductismo y condicionamiento y sobre perros en manada y dominación y sobre comida de animales y antidepresivos. Alexandra le preparó un café y le dio un trozo de tarta de limón. Al principio el perro le miraba con recelo, luego se tumbó al lado de Alexandra con un gruñido y se durmió.

George se sentía como si estuviera de vacaciones. La brillante luz del atardecer otoñal, el silencio roto sólo de vez en cuando por el trinar de los pájaros, el precioso apartamento con sus sencillos y elegantes muebles: le parecía estar muy lejos de Manhattan.

Echó un vistazo al perro dormido. Pensó que después de que Jolly y él se hicieran amigos empezaría por aproximarse al perro como lo haría alguien en la calle. Luego le enseñaría a Alexandra algunos ejercicios que ayudarían a Jolly a acostumbrarse a que se le acercara la gente, que le enseñarían que una mano que se aproxima no quiere decir que sea una mano que se aproxima para pegarle. George había llevado un viejo guante de cuero y una cuchara de madera con ese fin. El costado de Jolly subía y bajaba al ritmo de su respiración. Tenía una oreja suavemente caída sobre un ojo. Qué encanto de animal, pensó George.

En ese momento, como en respuesta a ese pensamiento, Jolly saltó sobre su rabo, dando vueltas rápidamente, una espiral de gruñidos y aullidos sobrenaturales, mil demonios peleando contra otros mil demonios, desencadenándose todo sobre la alfombra. George se quedó sentado, paralizado del susto. Tenía los pantalones salpicados de sangre.

Luego, casi tan de repente, Jolly se paró. Gemía, temblaba, jadeaba. Alexandra le cogió en brazos y le habló con dulzura, acariciándole la cabeza mientras se dirigía al cuarto de baño. George la siguió. Ella le pasó un paño, él lo humedeció y lo acercó a la pata de Jolly. Jolly le miró y torció el labio. George retiró la mano, escapando de los dientes de Jolly de puro milagro.

– ¡La leche! -exclamó George.

– ¿Crees que tiene pesadillas?

Creo que él es una pesadilla, pensó George.

Pero Alexandra abrazaba al perro con tanto cariño… Por primera vez se dio cuenta de que tenía las manos llenas de cortes y cicatrices.

– Alexandra…

– Lo sé. -Se sentó con Jolly y le dio unos toques en la pata con un trozo de algodón humedecido con antiséptico-. Lo sé.

– Tenemos que hablar -dijo Polly, y Everett se dirigió al frigorífico. Howdy le siguió con la pelota y la dejó caer a sus pies.

– Vale ya -dijo Everett al perro, con voz alta e impaciente, y Howdy se escabulló, lo que hizo que Everett se sintiera como un ogro. Cogió una cerveza y la abrió. El tapón fue a parar al suelo. Everett se agachó a recogerlo. Le dolió la espalda. Se enderezó con dificultad.

Polly le siguió a la cocina.

– Creo que deberíamos dejar de vernos -manifestó.

Everett supo que la terrible y desoladora sensación de verse rechazado no tardaría en llegar, y así fue. Luego le entró pánico. Howdy, pensó. ¿Qué iba a pasar con Howdy? Se sentó a la mesa de la cocina.

– ¿Por qué? -preguntó. Por supuesto que él sabía por qué. Eran totalmente incompatibles. Estaban cansados el uno del otro. Él era demasiado mayor para mantener el interés de ella, y ella, demasiado joven para mantener el de él. Se avergonzaban el uno del otro. Casi se tenían aversión-. ¿Por qué? -repitió.

– Lo siento. -Polly se sentó frente a él y puso una mano encima de la suya.

Everett bebió la cerveza en silencio.

– Sabes que es lo mejor -dijo Polly.

Everett retiró la mano. Se había quedado estupefacto en su desolación. Polly era una distracción, y aunque cada vez le ponía más nervioso, era una chica agradable y probablemente la echaría de menos. Pero Howdy… Howdy era su amor recién descubierto. Era en Howdy en quien pensaba todo el día. Un paseo con Howdy era lo que le recompensaba de un largo y aburrido día de trabajo.

– Podemos seguir siendo amigos -continuó Polly. Ella no veía cómo podían seguir siendo amigos cuando en realidad nunca lo habían sido, pero Everett parecía muy afligido. Estaba sorprendida y muy satisfecha. No tenía ni idea de que él se sintiera tan atraído por ella.

Everett levantó la vista con ojos esperanzados.

Pobre hombre, pensó Polly. No le será fácil encontrar a otra persona a su edad. Es un viejo y excéntrico solitario incluso cuando tiene novia. Lo va a pasar mal sin mí. Eso no encajaba con el hombre independiente y seguro de sí mismo que ella creía que era, pero en aquel momento le pareció que tenía sentido, y le palmeó la mano de manera indulgente.

– Podemos pasear al perro juntos -aseguró ella.

– ¿De veras? -respondió Everett con entusiasmo.

– Claro. Cuando quieras.

Y Polly se fue con la cómoda sensación de que había decepcionado a Everett con la misma facilidad con que lo hubiera hecho cualquier otra chica. Incluso dejó que Everett sacara al perro a pasear ese día, con la esperanza de que esa actividad le distrajera al menos momentáneamente de su triste pérdida, y, creo que podemos darlo por sentado, así fue.

Esa misma noche Jody se trasladó a casa de Simon, no como preludio del matrimonio, sino por necesidad de Beatrice. El asunto de la boda seguía en el aire, sin duda, pero como una nube o un olor a cocina, quizá, más que como una posibilidad. Pasaban las semanas y Jody sólo pensaba en Beatrice, cuyo estado de salud empeoraba. Simon sólo pensaba en Virginia. Ambos sonreían y se pasaban la sal con amabilidad y hacían el amor apasionadamente, pero se diría que la proximidad les alejaba más de lo que nunca habían estado.

El día en que Jody cumplió cuarenta años Simon le llevó rosas rojas. Ella las colocó en un jarrón y recordó los inesperados tulipanes amarillos que Everett le había entregado en la calle. Qué hombre tan extraño era Everett. No le había visto mucho últimamente, tal vez porque ella daba paseos muy cortos con Beatrice.

– He recibido un correo electrónico de mi amigo Garden -dijo Simon esa noche durante la cena. Había insistido en llevarla a un caro restaurante en el Village, aunque ella le había rogado que le dejara celebrar su cumpleaños junto a Beatrice. Pero Simon le respondió que necesitaba tomarse un respiro y Jody no quiso desilusionarle.

– Garden -repitió Jody y se rió como hacía siempre que oía el nombre de ese amigo cazador de Virginia.

– ¿Qué pasa? -preguntó Simon.

– Su nombre. Me parece un nombre gracioso.

Simon arrugó el ceño.

– ¿Qué quería Garden? -preguntó con cordialidad. Ella no era de naturaleza sarcástica. Simplemente disfrutaba con las pequeñas absurdeces de la vida, y Garden como nombre de pila le parecía que entraba en esa categoría. Ella no podía presumir de nombre, pero tampoco era el patio trasero de nadie, o eso pensaba al tiempo que Simon pedía una botella de champán.

– Gracias -dijo ella, sonriendo.

– No se cumplen cuarenta años todos los días -respondió él.

Se quedaron en silencio, Simon mirando fijamente el menú y Jody dando vueltas en la cabeza a la palabra «cuarenta», hasta que el camarero volvió y sirvió el champán. Era un buen champán, como Jody esperaba. Simon no tenía dinero, pero en Virginia había aprendido de aquellos que sí lo tenían. Jody, al beber de su copa, pensó en Beatrice durmiendo en casa de Simon encima de la alfombra. El veterinario había programado la operación de cadera. Sería la semana siguiente.