– Bueno, ya sabes -dijo, los ojos entornados en lo que habría querido ser una expresión de modestia-, le gusta ir de una fiesta a otra. Bruce y yo estamos siempre en fiestas… A veces ella se aburre mucho, allá adentro. De cuando en cuando el viejo la deja salir, siempre que Hideo la acompañe.
– ¿Dónde es que se aburre?
– Lo llaman Straylight. Ella me contó, es tan bonito, todos los estanques y nenúfares. Es un castillo, un castillo de verdad, todo de piedra y puestas de sol… -Se acurrucó contra él. – Eh, Lupus, viejo, necesitas un dermo. Así podremos estar juntos.
Llevaba un pequeño monedero de cuero alrededor del cuello, colgado de una cinta delgada. Las uñas, mordidas, en carne viva, eran de color rosado brillante contra el bronceado inducido. Abrió el monedero y sacó un blister con un dermo azul. Algo blanco cayó al suelo. Case se inclinó y lo recogió. Una garza origami.
– Me la dio Hideo -dijo Cath-. Quiso mostrarme cómo, pero nunca me sale bien. Los cuellos quedan siempre para atrás. -Volvió a guardar el papel doblado en el monedero. Case observó mientras Cath rompía la burbuja, retiraba el dermo del papel y se lo aplicaba a él en el interior de la muñeca.
– ¿Esta 3Jane tiene la cara en punta, nariz de pájaro? -Se miró las manos que dibujaban una silueta en el aire.¿Pelo oscuro? ¿Joven?
– Sí. Pero es una aristo, ¿sabes? Es decir… Todo ese dinero.
La droga se le vino encima como un tren expreso, una columna de luz al rojo blanco que le subía por la espina dorsal desde la zona de la próstata, iluminándole las costuras del cráneo con rayos X de energía sexual en cortocircuito. Los dientes le vibraron como diapasones dentro de sus cavidades, cada uno de ellos produciendo un tono perfecto, claro como el etanol. Bajo la brumosa capa de carne, los huesos parecían cromados y lustrosos, las articulaciones lubricadas con una película de siliconas. Tormentas de arena se le debatían sobre el abrasado suelo del cráneo, generando altas olas de estática que rompían detrás de los ojos, esferas del más puro cristal que se expandían…
– Vamos -dijo ella, tomándolo de la mano-. Ya te llegó. Ya está. Subamos la colina; seguirá toda la noche.
La rabia se le expandía, inexorable, exponencial, montada sobre la ola de betafenetilamina como onda portadora, un fluido sísmico, rico y corrosivo. Su erección era como una barra de plomo. Los rostros que los rodeaban en el Emergency parecían muñecas pintarrajeadas, las partes rosadas y blancas que correspondían a las bocas que se movían y se movían; las palabras emergían como globos de sonido discontinuo. Miró a Cath y le vio cada poro de la piel bronceada, los ojos planos como cristal mudo, un tinte de metal muerto, una ligera hinchazón, asimetrías mínimas en el pecho y la clavícula, la… Un destello intenso de luz blanca detrás de los ojos.
Soltó la mano de Cath y fue bamboleándose hasta la puerta, empujando a alguien que estaba en su camino.
– ¡Vete a la mierda! -gritó ella detrás-. ¡Hijo de puta!
No sentía las piernas. Las usó como zancos, tambaleándose enloquecidamente por el pavimento embaldosado de Jules Veme, un lejano tronar en los oídos, su propia sangre, filosas láminas de luz que le biseccionaban el cráneo en una docena de ángulos.
Y de pronto se quedó quieto, ergido los puños apretados contra los muslos, la cabeza echada hacia atrás, los labios torcidos, temblando. Mientras miraba el zodíaco para perdedores de Freeside, las constelaciones de club nocturno del cielo holográfico cambiaron como un fluido que se deslizara por el eje de la sombra, para agruparse, como seres vivientes, en el centro exacto de la realidad. Por último se dispusieron individualmente y en grupos de mides ' hasta formar un retrato sencillo e inmenso, creando con puntos la imagen monocromática suprema, estrellas contra el cielo nocturno: el rostro de la señorita Linda Lee.
Cuando consiguió apartar la vista, bajar los ojos, encontró a todos los demás rostros en la calle mirando hacia arriba: los turistas que paseaban estaban inmovilizados, maravillados. Y cuando las luces del cielo se apagaron, se oyó una desordenada algarabía que resonó en las terrazas y en los balcones alineados de hormigón lunar.
En alguna parte, un reloj comenzó a sonar, alguna antigua campana europea.
Medianoche.
Caminó hasta la salida del sol.
El efecto de la droga se desvaneció, el esqueleto cromado se corroía hora a hora, la carne se solidificaba, la carne de la droga era reemplazada por la carne de la vida. No podía pensar. Eso le gustaba: estar consciente y no poder pensar. Parecía transformarse en todo cuanto veía: un banco de plaza, una nube de polillas blancas alrededor de un farol antiguo, un jardinero robot a rayas diagonales negras y amarillas.
Un amanecer grabado, rosado y violento, reptó por el sistema Lado-Acheson. Se obligó a comer una tortilla en un café de Desiderata, a beber agua, a fumar el último cigarrillo. Ya había movimiento en la terraza-prado del Intercontinentaclass="underline" una madrugadora concurrencia que tomaba el desayuno, concentrada en sus cafés y croissants, bajo las rayadas sombrillas.
Aún conservaba su ira. Era como estar dormido en un callejón y despertar para encontrar que la cartera seguía en el bolsillo, intacta. Eso lo reconfortaba; no podía darle nombre ni objeto.
Bajó en el ascensor revisándose los bolsillos en busca del chip de crédito de Freeside que servía de llave. Las ganas de dormir parecían reales ahora; era algo que podría hacer. Acostarse en la espuma color arena y volver a encontrar el vacío.
Estaban esperando allí, tres de ellos, con su perfecta ropa deportiva blanca y sus bronceados artificiales que contrastaban con la elegancia orgánica y tejida a mano de los muebles. La chica estaba sentada en un sofá de mimbre, una pistola automática junto a ella sobre el estampado de hojas de los almohadones.
– Turing -dijo-. Estás arrestado.
IV Operación Straylight
13
– TU NOMBRE ES Henry Dorsett Case. -Recitó el año y lugar de nacimiento, el Número único de Identificación EMBA, y una retahíla de nombres que él fue reconociendo gradualmente como distintos alias del pasado.
– ¿Hace tiempo que están aquí? -Vio el contenido de su maleta dispuesto sobre la cama, la ropa por lavar ordenada por tipos. El shuriken estaba solo, entre tejanos y ropa interior, sobre la espuma templada color arena.
– ¿Dónde está Kolodny? -Los dos hombres, sentados junto al sofá, cruzaban los brazos sobre los pechos bronceados; unas idénticas cadenas de oro les colgaban de los cuellos. Case los miró y vio que su juventud era falsa: tenían ciertas arrugas en los nudillos, algo que os cirujanos eran incapaces de borrar.
– ¿Quién es Kolodny?
– Es el nombre que aparece en el registro. ¿Dónde está ella?
– No lo sé -dijo Case, acercándose al bar para servirse un vaso de agua mineral-. Se marchó.
– ¿Adónde fuiste esta noche, Case? -La chica tomó la pistola y la apoyó en el muslo, sin apuntar realmente hacia él.
– Por la Jules Verne; fui a un par de bares y me coloqué. ¿Y tú? -Sentía las rodillas frágiles. El agua mineral estaba caliente y sin gas.
– Creo que no entiendes lo que pasa -dijo el hombre que estaba a la izquierda, sacando una caja de Gitanes del bolsillo de su camisa blanca de red-. Estás liquidado, señor Case. Se te acusa de conspiración para ampliar una inteligencia artificial. -Sacó un encendedor Dunhill de oro y lo acunó en la palma de la mano.- El hombre al que llamas Armitage ya está bajo custodia.
– ¿Corto?
Los Ojos del hombre se agrandaron. -Sí. ¿Cómo sabes el nombre? -Del encendedor surgió un milímetro de llama.
– Lo he olvidado -dijo Case.
– Ya lo recordarás -dijo la chica.
Sus nombres, o seudónimos, eran Michele, Roland y Pierre. Pierre, concluyó Case, sería el policía malo; Roland se pondría del lado de Case, le haría pequeños favores -le consiguió un paquete de Yeheyuan cuando Case rechazó un Gitanes- y en general haría de contrapunto a la fría hostilidad de Pierre. Michele sería el Ángel del juicio, ajustando de vez en cuando el rumbo del interrogatorio. Uno de ellos, o todos, estaba seguro, tenía un transmisor de audio, y muy posiblemente un sensor de simestim: todo cuanto dijese o hiciera podría ser utilizado como evidencia. Evidencia, se preguntó, en medio de la estridente resaca, ¿de qué?
Sabiendo que él no entendía francés, hablaban entre sí con desenfado. O así lo parecía. De hecho, entendía bastante: nombres como Pauley, Armitage, Senso/Red, Panteras Modernos, que emergían como icebergs de un agitado mar de francés parisino. Pero era perfectamente posible que aquellos nombres hubiesen sido incluidos a propósito. Siempre se referían a Molly como Kolodny.
– Dices que te contrataron para que activases un pro grama, Case -dijo Roland, hablando bajo, pretendiendo dar una impresión de sensatez, y que ignoras la naturaleza del objetivo. ¿No es esto extraño? Una vez penetradas las defensas, ¿cómo llevarías a cabo la operación requerida? Porque se requiere una operación de algún tipo, ¿no? -Se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas artificialmente bronceadas, las palmas extendidas para recibir la explicación de Case. Pierre iba y venía por la habitación; ora estaba en la ventana, ora frente a la puerta. Michele era el transmisor, resolvió Case: no le quitaba los ojos de encima.
– ¿Puedo vestirme? -preguntó. Pierre había insistido en que se desnudara para revisarle las costuras de los teja. nos. Ahora estaba sentado, desnudo, en un taburete de mimbre, uno de los pies obscenamente blanco.
Roland preguntó a Pierre algo en francés. Pierre, de nuevo en la ventana, miraba con un par de pequeños binoculares. -Non -dijo, distraído, y Roland se encogió de hombros y miró a Case alzando las cejas. Case decidió que era un buen momento para sonreír. Roland le devolvió la sonrisa.