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– ¿Y ella?

– ¿Ella?

– Val Perry. ¿También le dirás a ella lo que piensas?-La voz de Madeleine había adoptado un timbre ligero, aéreo, que más que ocultar su preocupación la comunicaba.

Gurney miró el cuenco de fruta en la encimera de granito de la isleta de la cocina, apoyando las manos en la superficie fría. Varias moscas de la fruta, inquietadas por su presencia, se alzaron desde un manojo de plátanos y volaron en zigzags asimétricos por encima del cuenco antes de volver a posarse, tornándose invisibles contra la piel moteada.

Trató de hablar con voz pausada, pero sonó condescendiente.

– Creo que estás inquieta por las suposiciones que estás haciendo, no por lo que está ocurriendo realmente.

– ¿Te refieres a mi suposición de que ya has decidido saltar de la montaña rusa?

– Maddie, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? No me he comprometido con nadie a hacer nada. No he tomado ninguna decisión de involucrarme en modo alguno más allá de leer el expediente del caso.

Ella le echó una mirada que él no pudo entender, que llegaba a su interior, que era conocedora y amable y extrañamente triste.

Empezó a tapar otra vez los tuppers de vidrio. Él la observó sin hacer comentarios hasta que Madeleine se puso a guardarlos de nuevo en la nevera.

– ¿No vas a comer nada?-preguntó Dave.

– Ahora mismo no tengo hambre. Creo que me daré una ducha. Si me despierta, entonces comeré. Si me da sueño, me iré a dormir temprano. -Al pasar junto a la mesa llena de papeles, dijo-: Antes de que nuestros invitados lleguen mañana, guárdalo para que no tengamos que verlo. -Salió de la cocina. Al cabo de medio minuto, Dave oyó que se cerraba la puerta del cuarto de baño.

«¿Invitados? ¿Mañana? ¡Dios!»

Un recuerdo vago, algo que Madeleine había mencionado sobre alguien que venía a cenar, la sombra de un recuerdo almacenado en una caja inaccesible, una caja que contenía objetos de escasa importancia.

«¿Qué demonios está pasando contigo? ¿No queda sitio en tu cabeza para la vida ordinaria? Para una vida sencilla, compartida de manera buena y simple con personas comunes. O quizá nunca ha habido espacio para eso. Tal vez siempre has sido como eres ahora. Quizá la vida aquí, en una cima aislada-sin las exigencias del trabajo, privado de excusas convenientes para no estar nunca presente en las vidas de personas que afirmas amar-está haciendo que la verdad sea más difícil de esconder. ¿La simple verdad podría ser que, en realidad, no te importa nadie?»

Rodeó la isleta de la cocina y encendió la cafetera. Igual que Madeleine, había perdido el apetito. Pero la idea del café era seductora. Iba a ser una noche larga.

12

Hechos peculiares

Tenía sentido empezar por el principio, examinando el retrato robot de Héctor Flores.

Gurney tenía sentimientos encontrados sobre los retratos faciales generados por ordenador. Construidos a partir de las percepciones de testigos, eran reflejo de las fortalezas y debilidades de todo testimonio ocular.

En el caso de Héctor Flores, no obstante, había una buena razón para confiar en el parecido. Los detalles descriptivos los había proporcionado un hombre con la capacidad de observación de un psiquiatra y del que se decía que había estado en contacto diario con el sujeto durante más de tres años. Una reproducción por ordenador con información de esa calidad podía rivalizar con una buena fotografía.

La imagen era la de un varón de unos treinta y cinco años, bien parecido pero sin nada de particular. La estructura facial era regular, sin ningún rasgo predominante. Piel prácticamente sin arrugas; ojos oscuros y carentes de emoción. El pelo era negro, limpio, peinado de manera informal. Gurney solo logró apreciar una marca discernible, extrañamente asombrosa en medio de una apariencia por lo demás tan ordinaria: al hombre le faltaba el lóbulo de la oreja derecha.

Adjunto al retrato robot estaba el inventario de características físicas. (Gurney supuso que las había proporcionado sobre todo Ashton y, por lo tanto, que tenían un alto grado de precisión.) La altura de Héctor Flores constaba como de un metro setenta y cinco; peso: sesenta y cinco kilos; raza/nacionalidad: hispano; ojos: castaño oscuro; pelo negro, liso; tez morena, clara; dientes desiguales, con un incisivo de oro, superior izquierdo. En la sección de cicatrices y otras marcas identificativas, había dos entradas: el lóbulo de la oreja y una gran cicatriz en la rodilla derecha.

Gurney miró otra vez la foto, buscó alguna chispa de locura, un atisbo de la mente del hombre con hielo en las venas que decapitó a una mujer, usó la cabeza para desviar la sangre y que no le salpicara, y luego puso la cabeza en la mesa, de cara al cuerpo del que procedía. En los ojos de algunos asesinos-Charlie Manson, por ejemplo -había una intensidad demoniaca, urgente e indisimulada, pero la mayoría de los asesinos que Gurney había llevado ante la justicia durante su carrera como detective de Homicidios estaban impulsados por una locura menos obvia. La cara anodina, no comunicativa, de Héctor Flores-en la cual Gurney no podía ver ningún atisbo de la violencia gratuita del crimen-lo situaba en esta categoría.

Había una página grapada al formulario. Estaba escrita en ordenador, con el encabezamiento: «Declaración complementaria proporcionada por el doctor Ashton el 11 de mayo de 2009». Venía firmada por Ashton y corroborada por Hardwick en calidad de investigador jefe del caso. La declaración era breve, considerando el periodo y los sucesos que cubría.

Mi primer contacto con Héctor Flores fue a finales de abril de 2006, cuando vino a mi casa como jornalero en busca de empleo. A partir de entonces, empecé a darle trabajo en el jardín: para segar, rastrillar, echar mantillo, fertilizante, etcétera. Al principio, casi no hablaba inglés, pero aprendió deprisa y me impresionó con su energía e inteligencia. En las semanas siguientes, al ver que era un carpintero habilidoso, empecé a confiarle diversos proyectos de mantenimiento y reparación. A mediados de julio estaba trabajando en la casa y su entorno siete días por semana, añadiendo la limpieza del hogar a su lista de tareas. Se estaba convirtiendo en el empleado doméstico ideal, que mostraba gran iniciativa y sentido común. A finales de agosto preguntó si, en lugar de parte del dinero que le estaba pagando, le permitiría ocupar la pequeña cabaña sin amueblar de detrás de la casa en los días que estaba aquí. Pese a algunos recelos, acepté, y poco después empezó a vivir allí, aproximadamente cuatro días por semana. Se hizo con una mesita y dos sillas en una venta de segunda mano, y después con un ordenador barato. Dijo que era todo lo que quería. Dormía en un saco de dormir e insistía en que era la manera en que se sentía más cómodo. Con el paso del tiempo, empezó a explorar diversas oportunidades educativas en Internet. Entre tanto, su interés por el trabajo no dejó de crecer y empezó a evolucionar hacia una especie de asistente personal. Al final del año, le confiaba cantidades razonables de dinero en efectivo y él se ocupaba en ocasiones de comprar comida y otros encargos con gran eficiencia. Su inglés ya era impecable desde el punto de vista gramatical, aunque todavía con un acento muy marcado, y sus modales eran encantadores. Con frecuencia respondía mi teléfono, tomaba mensajes claros e incluso me proporcionaba sutiles informaciones sobre el tono o el humor de algunos de los que llamaban. (Visto en retrospectiva, parece extraño que confiara de esta manera en un hombre que poco antes estaba buscando trabajo para extender mantillo, pero la relación laboral funcionaba bien, sin un solo problema del que tuviera noticia durante casi dos años.) Las cosas empezaron a cambiar en otoño de 2008, cuando Jillian Perry entró en mi vida. Flores enseguida se puso de mal humor y se aisló, y siempre encontraba razones para estar lejos de la casa cuando ella estaba allí. Los cambios se volvieron más inquietantes a principios de 2009, cuando anunciamos nuestros planes de boda. Desapareció durante varios días. Cuando volvió, afirmaba que había descubierto cosas terribles sobre Jillian y que arriesgaría mi vida si me casaba con ella, pero se negó a proporcionar detalles. Dijo que no podía decirme nada más sin revelar su fuente de información, y eso no podía hacerlo. Me rogó que reconsiderara mi decisión de casarme. Cuando quedó claro que no iba a reconsiderar nada sin saber exactamente de qué estaba hablando y que no toleraría acusaciones infundadas, pareció aceptar la situación, aunque continuó evitando a Jillian. Ahora me doy cuenta de que, por supuesto, debería haberlo despedido por eso, por parecer una persona tan inestable, pero, con la arrogancia de mi profesión, supuse que podría descubrir la naturaleza del problema y resolverlo. Me vi a mí mismo conduciendo un fabuloso experimento educativo, sin aceptar nunca por completo el hecho de que estaba tratando con una personalidad peligrosamente compleja y que todo podría descontrolarse. También debo admitir que había hecho mi vida más fácil y más conveniente en muchos sentidos, y de ahí mi reticencia a prescindir de él. No exagero en hasta qué punto su inteligencia, su rápida educación y su número de talentos me habían impresionado, todo lo cual ahora suena delirante, a la luz de lo que ha ocurrido. Mi último encuentro con Héctor Flores fue en la mañana de la boda. Jillian, que era muy consciente de que Héctor la despreciaba, estaba obsesionada con conseguir que aceptara nuestro matrimonio y me convenció para que hiciera un último esfuerzo para persuadirlo de que asistiera a la ceremonia. Esa mañana fui a la cabaña y lo encontré sentado a la mesa como una estatua. Pasé por las formalidades de extenderle una invitación más, que rechazó. Vestía todo de negro: camiseta, tejanos, cinturón, zapatos. Quizás eso debería haber significado algo para mí. Esa fue la última vez que lo vi.