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Intuía cómo se sentía Madeleine al respecto, no solo por sus últimos comentarios, sino por el martilleo grave de preocupación que había estado expresando ante cualquier actividad relacionada con la Policía a la que se había acercado desde su jubilación dos años antes. Suponía que ella veía el caso Perry como una cuestión en blanco o negro. Que aceptara el caso probaría que su obsesión por resolver asesinatos, incluso en su jubilación, era incurable y que su futuro juntos estaba cubierto de nubes. Rechazarlo, por otro lado, señalaría un cambio, el primer paso en su transformación de un adicto al trabajo en un observador de pájaros, un entusiasta de disfrutar de la naturaleza remando en un kayak. No obstante, se dijo como si su mujer estuviera presente, las opciones de blanco o negro no son realistas y conducen a decisiones pésimas, porque por definición excluyen muchas soluciones. Había que buscar un punto medio entre el negro y el blanco.

Así, se dio cuenta de cómo podía definirse el compromiso ideal. Aceptaría el caso, pero con una limitación de tiempo estricta, por ejemplo, una semana. Dos semanas como máximo. En ese periodo, se zambulliría en los indicios, buscaría cabos sueltos, quizá volvería a interrogar a algunas personas clave, seguiría los hechos, descubriría lo que pudiera, ofrecería sus conclusiones y recomendaciones y…

En ese momento, el aullido de los coyotes empezó otra vez de manera abrupta, tan de repente como antes se había interrumpido. Ahora daba la sensación de que estaban más cerca, quizás a medio camino de la pendiente boscosa que descendía hacia el granero. Los sonidos eran recortados, estridentes, excitados. Gurney no estaba seguro de si los coyotes realmente se estaban acercando o solo aullaban más alto. Luego nada. Ni el sonido más pequeño. Un silencio penetrante. Pasaron diez segundos lentos. A continuación, uno por uno, empezaron a aullar. A Gurney se le erizó la piel y un escalofrío le recorrió la espalda y la parte exterior de los brazos hasta los dorsos de ambas manos. Una vez más tuvo la sensación de que percibía con el rabillo del ojo un atisbo de movimiento en la oscuridad.

Se oyó el sonido de la puerta de un coche al cerrarse. Luego vio unos faros bajando por el prado, con el haz de luz moviéndose erráticamente sobre la vegetación achaparrada, el coche avanzando demasiado deprisa por la superficie desigual, dando tumbos hasta detenerse al final y derrapar a unos tres metros del banco.

Desde la puerta abierta del conductor salió la voz de Madeleine, inusualmente alta, incluso cargada de pánico.

– ¡David!

Y otra vez, aun cuando él se levantó del banco y avanzó hacia el coche guiado por el brillo periférico de los faros, la voz de su mujer casi chillando:

– ¡David!

Hasta que él estuvo en el automóvil y ella empezó a cerrar la ventana no se fijó en que el coro de aullidos fantasmagóricos se había detenido. Madeleine pulsó el botón que bloqueaba las puertas y puso las manos en el volante. Las pupilas de Gurney ya se habían adaptado lo suficiente a la oscuridad para poder ver-quizás en parte ver y en parte imaginar-la rigidez de los brazos de su mujer agarrando el volante, la tirantez de la piel sobre los nudillos.

– ¿No…, no has oído que se acercaban?-dijo ella casi sin aliento.

– Los oí. Supuse que estaban cazando algo, un conejo, tal vez.

– ¿Un conejo?-La voz de su mujer era ronca, cargada de incredulidad.

Seguramente era imposible verlo con tanto detalle, pero la cara de Madeleine parecía temblar con una emoción apenas contenida. Al final, ella hizo una inspiración larga, temblorosa, luego otra, abrió las manos en el volante, flexionó los dedos.

– ¿Qué estabas haciendo aquí?-preguntó.

– No lo sé. Solo… pensando en cosas, tratando de…, pensando qué hacer.

Después de otra larga inspiración, más calmada, Madeleine giró la llave de contacto, sin ser consciente de que el motor todavía estaba en marcha, lo cual produjo un chirrido de protesta del motor de arranque y un estallido de irritación a modo de eco procedente de su propia garganta.

Dio media vuelta alrededor del granero y volvió a subir por el prado hasta la casa. Aparcó el coche más cerca de la puerta lateral que de costumbre.

– ¿Y qué es lo que has pensado?-preguntó ella cuando estaba a punto de salir.

– ¿Perdón?-Había oído la pregunta, pero quería posponer la respuesta.

Madeleine parecía consciente de ello; se limitó a girar la cabeza un poco hacia él y esperó.

– Estaba tratando de imaginar una manera…, una manera de afrontar las cosas razonablemente.

– Razonablemente-dijo ella con un tono que parecía arrancarle todo su significado.

– Quizá podríamos hablarlo dentro -dijo Dave, abriendo la puerta del coche, deseando escapar aunque solo fuera un minuto.

Cuando se disponía a salir, su pie pisó algo parecido a una barra o un palo en el suelo del coche. Bajó la mirada y vio a la luz amarillenta de la luz cenital el pesado mango de madera del hacha que normalmente guardaban en una caja al lado de la puerta lateral.

– ¿Qué es esto?-dijo.

– Un hacha.

– Me refiero a qué está haciendo en el coche.

– Fue lo primero que vi.

– Mira, en realidad, los coyotes no son…

– ¿Cómo demonios lo sabes? -lo interrumpió ella, furiosa-. ¿Cómo demonios lo sabes?-Se apartó como si él hubiera intentado cogerle el brazo. Salió del coche en una carrera torpe, cerró de un portazo y entró corriendo en la casa.

16

Un sentido del orden y el propósito

De madrugada, un frente frío de aire seco y otoñal que avanzaba con rapidez había barrido el cielo plomizo. Al amanecer, tenía una tonalidad azul claro; y a las nueve, azul profundo. El día prometía ser fresco y luminoso, tan brillante y tranquilizador como turbia y enervante había sido la noche anterior.

Gurney se sentó a la mesa del desayuno en un rectángulo inclinado de luz solar, mirando por las puertas cristaleras a las matas verde amarillentas de espárragos que se mecían por la brisa. Al llevarse a los labios la taza de café caliente, el mundo parecía ser un lugar de perfiles definidos, de problemas definibles y respuestas apropiadas: un mundo en el cual su propuesta de dedicar dos semanas al asunto de Perry tenía perfecto sentido.

El hecho de que una hora antes Madeleine hubiera recibido su idea con una expresión no del todo alegre no era sorprendente. Sabía que la idea no la entusiasmaría. Una mentalidad de blanco o negro se resiste de manera natural al compromiso, se dijo a sí mismo. Pero la realidad estaba de su lado y con el tiempo ella reconocería que su postura era razonable. Estaba convencido.

Entre tanto, no iba a permitir que sus dudas lo paralizaran.

Cuando Madeleine salió al jardín para coger la última cosecha de judías de la temporada, él se acercó al cajón central del aparador para sacar una libreta amarilla en la que empezar a redactar una lista de prioridades.

Llamar a Val Perry y discutir un compromiso de dos semanas.

Establecer una tarifa por horas. Otras tarifas, costes. Seguimiento por correo electrónico.

Informar a Hardwick.

Hablar con Scott Ashton, pedirle a VP que lo acelere.

Historial, colegas, amigos y enemigos de Ashton.

Historial, colegas, amigos y enemigos de Jillian.

Pensó que acordar con Val Perry los términos de su contrato era lo primero, antes de seguir con aquella lista. Posó el bolígrafo sobre la mesa y cogió su teléfono móvil. Lo desviaron directamente al buzón de voz. Dejó su número y un breve mensaje en el que se refirió a posibles próximos pasos.

Perry llamó al cabo de menos de dos minutos. Había una euforia infantil en su voz, además de la clase de intimidad que en ocasiones surge como consecuencia de quitarse un gran peso de encima.