Dave se sentó y miró más allá de la superficie en calma del estanque, viendo el reflejo invertido de los arces del Canadá en el lado opuesto, algunas de cuyas hojas estaban cambiando a las versiones apagadas de sus colores del otoño. Miró a su mujer y le sobrecogió la extraña idea de que la tranquilidad que ella transmitía en ese momento no era el producto de su entorno, sino que, en un reverso fantástico, su entorno estaba absorbiendo esa misma cualidad de una reserva que ella tenía en su interior. Ya se le había pasado ese pensamiento sobre Madeleine por la cabeza antes, pero esa parte de su mente que despreciaba lo sentimental siempre lo apartaba.
– Necesito tu ayuda-se oyó decir-para ordenar algunas cosas.
Cuando ella no respondió, continuó:
– He tenido un día confuso. Más que confuso.
Madeleine le dedicó una de esas miradas suyas que, o comunicaba mucho -en este caso que un día confuso sería el resultado predecible de implicarse en el caso Perry-, o que simplemente le presentaba una pizarra en blanco en la cual su inquietud podría escribir ese mensaje.
En cualquier caso, Dave continuó:
– Creo que nunca me había sentido tan sobrecargado. ¿Has encontrado la nota que te he dejado esta mañana?
– ¿Respecto a la reunión con tu amiga de Ithaca?
– No es lo que llamaría una amiga.
– ¿Tu consejera?
Dave resistió un impulso de discutir aquello, de defender su inocencia.
– Un rico coleccionista de arte interesado en los retratos de ficha policial que estaba haciendo el año pasado ha acudido a la galería Reynolds.
Madeleine levantó una ceja en expresión burlona por el hecho de que su marido sustituyera el nombre de la persona con el nombre del negocio.
Dave continuó y dejó caer su bomba con calma.
– Me dará cien mil dólares por copias únicas.
– Eso es ridículo.
– Sonya insiste en que este tipo es serio.
– ¿De qué manicomio se ha escapado?
Hubo un sonoro chapoteo al otro lado de las matas de aneas. Él sonrió y dijo:
– Uno grande.
– ¿Estás hablando de un sapo?
– Perdón.
Gurney cerró los ojos, más preocupado de lo que estaba dispuesto a reconocer por el aparente desinterés de Madeleine por ese dinero que les caía del cielo.
– Por lo que yo sé, el mundo del arte es más o menos un manicomio gigante, pero algunos de los pacientes tienen un montón de dinero. Aparentemente este tipo es uno de ellos.
– ¿Qué es lo que quiere por sus cien mil dólares?
– Una copia que solo tenga él. Tendría que coger las que imprimí el año pasado, mejorarlas de algún modo, introducir una variación en cada una que las haga diferentes de cualquier cosa que la galería haya vendido.
– ¿Va en serio?
– Eso me han dicho. También me han dicho que podría querer más de una obra. Sonya tiene en mente la posibilidad de una venta de siete cifras. -Se volvió para ver la reacción de Madeleine.
– ¿Una venta de siete cifras? ¿Te refieres a una cantidad superior al millón de dólares?
– Sí.
– Oh, Dios…, eso no es moco de pavo.
Dave la miró.
– ¿Estás tratando a propósito de mostrar la menor reacción posible a esto?
– ¿Qué reacción debería tener?
– ¿Más curiosidad? ¿Felicidad? ¿Algunas palabras sobre lo que podríamos hacer con una cantidad de dinero así?
Madeleine frunció el ceño en ademán reflexivo, luego sonrió.
– Podríamos pasar un mes en la Toscana.
– ¿Eso es lo que harías con un millón de dólares?
– ¿Qué millón de dólares?
– ¿Siete cifras, recuerdas?
– He oído esa parte. Lo que me estoy perdiendo es la parte en que se hace real.
– Según Sonya, es real ahora mismo. Tengo una cita para cenar el sábado en la ciudad con el coleccionista, Jay Jykynstyl.
– ¿En la ciudad?
– Haces que suene como si fuera a reunirme con él en una cloaca.
– ¿Qué es lo que colecciona?
– Ni idea. Aparentemente cosas por las que paga mucho.
– ¿Te parece creíble que quiera pagarte cientos de miles de dólares por fotos modificadas de ficha policial de los peores criminales? ¿Sabes siquiera quién es?
– Lo descubriré mañana.
– ¿Te estás escuchando?
Sí que lo hacía. No estaba completamente cómodo por cómo estaba dejando entrever sus emociones, pero no estaba dispuesto a admitirlo.
– ¿Qué quieres decir?
– Eres bueno excavando en la superficie de las cosas. Nadie es mejor que tú en eso.
– No lo entiendo.
– ¿No lo sabes? Puedes desentrañar cualquier embrollo; una vez lo llamaste «un ojo para la discrepancia». Bueno, esto es, probablemente, lo más disparatado con lo que te has topado en tu vida. ¿Cómo es que no lo estás haciendo?
– Quizás estoy esperando a averiguar más, a descubrir qué es real y qué no lo es, a formarme una idea de quién es este tal Jykynstyl.
– Parece lógico. -Madeleine lo dijo de una manera tan razonable que Dave comprendió que quería decir lo contrario-. Por cierto, ¿qué clase de nombre es ese?
– ¿Jykynstyl? Me suena holandés.
Ella sonrió.
– A mí me suena a monstruo de un cuento de hadas.
29
Mientras Madeleine estaba preparando un plato de pasta con langostinos para cenar, Gurney se encontraba en el sótano, revisando ejemplares viejos del dominical del Times que guardaban para un proyecto de jardinería. (Una de las amigas de Madeleine había conseguido que se interesara en un tipo de semillero en el cual se usaban periódicos para crear capas de mantillo.) Estaba hojeando las secciones de la revista del periódico en busca del anuncio a doble página-que recordaba haber visto-en el que salía la provocativa fotografía de Jillian. Lo que necesitaba era el nombre de la compañía o ver los créditos de la foto. Estaba a punto de rendirse y llamar a Ashton para pedirle esa información cuando encontró la publicación más reciente del anuncio. Se fijó en que, por una macabra coincidencia, había aparecido el día del asesinato.
En lugar de limitarse a tomar nota de la línea de crédito «Karmala Fashion, foto de Allessandro», decidió llevarse arriba aquella sección de la revista. La dejó abierta en la mesa donde Madeleine estaba poniendo los platos de la cena.
– ¿Qué es eso?-preguntó ella echando un vistazo.
– Un anuncio de pañuelos muy caros. Demencialmente caros. Es también una foto de la víctima.
– La víc… ¿No te referirás a…?
– Jillian Perry.
– ¿La novia?
– La novia.
Madeleine miró de cerca el anuncio.
– Las dos imágenes en la foto son de ella-explicó Gurney.
Madeleine asintió con rapidez, lo cual significaba que ya se había dado cuenta.
– ¿Eso es lo que hacía para ganarse la vida?
– Todavía no sé si era un trabajo o algo ocasional. Cuando vi la foto colgada en la casa de Scott Ashton, estaba demasiado asombrado para preguntar.
– ¿Tiene eso colgado en su casa? Es un viudo y esa es la imagen que…-Negó con la cabeza; su voz se fue apagando.
– Habla de ella de la misma manera que su madre: como si Jillian hubiera sido una especie de maniaca particularmente brillante, enferma y seductora. La cuestión es que todo el maldito caso es así. Todos los que están relacionados con el caso son geniales o lunáticos o… mentirosos patológicos o… no sé qué. Por dios, si el vecino de al lado de Ashton, cuya mujer presumiblemente huyó con el asesino, juega con un tren eléctrico bajo un árbol de Navidad en su sótano. Creo que nunca me he sentido tan a la deriva. Es como el rastro. Hay un rastro de olor que la Brigada Canina logró seguir y que conducía al arma del crimen en el bosque, pero no iba más allá, lo cual sugiere que el asesino volvió a la cabaña y se escondió allí, salvo que no hay lugar para esconderse en la cabaña. Durante un instante creo que sé lo que está pasando, pero al cabo de otro me doy cuenta de que no tengo ninguna prueba de todo eso que pienso. Tenemos montones de escenarios interesantes, pero, cuando miramos debajo, no hay nada.