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– ¿Quién?

– El marido de Kiki Muller.

– ¿Qué tiene que ver con esto?

– Quizá nada, salvo que tenía un motivo creíble para matar a Flores.

– A Flores no lo han matado.

– ¿Cómo lo sabemos? Desapareció sin dejar rastro. Podría estar enterrado en el patio de alguien.

– Uf, uf, ¿qué es todo esto?-Anderson estaba horrorizado, supuso Gurney, ante la perspectiva de más trabajo: cavar en patios-. ¿Qué estamos haciendo, inventarnos asesinatos?

Kline parecía perplejo.

– ¿Adónde quiere llegar con esto?

– Al parecer la hipótesis es que Flores huyó de la zona en compañía de Kiki Muller, quizás incluso se escondió en la casa de Muller durante unos días antes de irse de la zona. Supongamos que Flores todavía estaba por allí cuando Carl volvió a casa de su destino en ese barco en el que trabajaba. ¿Supongo que el equipo que hizo los interrogatorios se fijó en que Carl está chiflado?

Kline se apartó un paso de la mesa, como si el panorama del caso fuera demasiado amplio para verlo desde el lugar en el que estaba.

– Espere un segundo. Si Flores está muerto, no puede estar relacionado con las desapariciones de estas otras chicas. Ni con el disparo en el patio de Ashton. Ni con el mensaje de texto que Ashton recibió del teléfono móvil de Flores.

Gurney se encogió de hombros.

Kline negó con la cabeza, en un gesto de frustración.

– Me da la sensación de que coge todo lo que empieza a encajar y lo desecha.

– No estoy desechando nada. Personalmente, no creo que Carl esté implicado. Ni siquiera estoy seguro de que su mujer estuviera relacionada con este asunto. Solo estoy tratando de agitar un poco las cosas. No tenemos tantos hechos sólidos como cabría pensar. A lo que me refiero es a que necesitamos mantener una mentalidad abierta. -Sopesó el riesgo de la inquina inherente en lo que estaba a punto de añadir y decidió soltarlo de todos modos-. Comprometerse con hipótesis equivocadas desde muy pronto quizá sea el motivo de que la investigación no haya llegado a ninguna parte.

Kline observó a Rodriguez, que estaba mirando la superficie de la mesa como si fuera una pintura del Infierno.

– ¿Qué opinas, Rod? ¿Crees que tenemos que adoptar una nueva perspectiva? ¿Crees que a lo mejor hemos estado tratando de resolver el puzle con las piezas boca abajo?

Rodriguez se limitó a negar con la cabeza, poco a poco.

– No, no es eso lo que pienso-dijo, con voz grave, tensa, con emoción contenida.

A juzgar por las expresiones en torno a la mesa, Gurney no fue el único pillado por sorpresa cuando el capitán, un hombre obsesionado con proyectar un aura de control, se levantó torpemente de su silla y abandonó la sala como si no pudiera soportar estar allí ni un minuto más.

36

Al corazón de las tinieblas

Después de que el capitán se marchara, la reunión perdió su interés. No es que tuviera mucho de por sí, pero la partida del capitán pareció dejar bien a las claras la incoherencia de la investigación. Poco a poco, la discusión se fue apagando. La profiler estrella, Rebecca Holdenfield, expresando confusión sobre su papel allí, fue la siguiente en abandonar la sala. Anderson y Blatt estaban inquietos, atrapados entre los campos gravitacionales de su jefe, que se había ido, y el fiscal, que todavía estaba presente.

Gurney preguntó si se había hecho algún progreso en la identificación y significado del nombre de Edward Vallory. Anderson pareció atónito ante la pregunta y Blatt la desechó con un movimiento de la mano que dejaba claro que consideraba que era una vía de investigación inútil.

El fiscal pronunció unas pocas frases sin sentido sobre lo provechosa que había sido la reunión, pues había logrado poner a todos en la misma longitud de onda. Gurney no creía que lo hubiera conseguido. Pero al menos podría haber hecho que todos se preguntaran qué clase de historia estaban leyendo. Y puso sobre la mesa la cuestión de la desaparición de las graduadas.

Finalmente, Gurney recomendó al equipo del DIC que buscara antecedentes e información de contacto de Allessandro y Karmala Fashion, puesto que constituían un factor común en las vidas de las chicas desaparecidas y un vínculo entre ellas y Jillian. Justo cuando Kline estaba apoyando esta propuesta, Ellen Rackoff se acercó a la puerta y señaló su reloj. El fiscal miró el suyo, pareció sorprendido y anunció con serio engreimiento que llegaba tarde a una conferencia con el gobernador. En el umbral, expresó su confianza en que todos encontraran la salida. Anderson y Blatt se marcharon juntos, seguidos por Gurney y Hardwick.

Hardwick tenía uno de los omnipresentes Ford negros de la Policía del estado de Nueva York. En el aparcamiento, se apoyó en el maletero, encendió un cigarrillo y, sin que se lo preguntaran, ofreció a Gurney su opinión sobre el capitán.

– El cabrón se está desmoronando. Ya sabes lo que dicen de los fanáticos del control, que quieren controlarlo todo en el exterior porque todo lo que tienen dentro es una mierda. Eso es lo que le pasa al capitán Rod, salvo que el cabrón ya no puede aguantar la locura escondida. -Dio una larga calada al cigarrillo e hizo una mueca al expulsar el humo-. Su hija es una cocainómana desquiciada. Ya lo sabías, ¿no?

Gurney asintió.

– Me lo dijiste durante el caso Mellery.

– ¿Te dije que estaba en el psiquiátrico de Greystone, en Jersey?

– Exacto.

Gurney recordó un día húmedo y amargo del mes de noviembre anterior en que Hardwick le había hablado del problema de adicciones de la hija de Rodriguez y de cómo torcía el juicio de su padre en casos donde pudieran estar implicadas las drogas.

– Bueno, la echaron de Greystone por pasar roxies y por follar con sus compañeros pacientes. La última noticia es que la detuvieron por pasar crac en una reunión de Drogadictos Anónimos.

Gurney se preguntó adónde quería ir a parar Hardwick. No parecía que sintiera compasión alguna por el capitán.

Hardwick dio la clase de calada que habría dado si hubiera tratado de batir algún récord de cantidad de humo que podía uno meterse en los pulmones en tres segundos.

– Veo que me miras con cara de ¿y esto qué tiene que ver con nada? ¿Tengo razón?

– La pregunta se me ha pasado por la cabeza, sí.

– La respuesta es que nada. No tiene nada que ver con nada. Salvo que las decisiones de Rodriguez no valen para una mierda últimamente. Tiene un vínculo con el caso. -Lanzó el cigarrillo a medio fumar al suelo, lo pisó y lo aplastó en el asfalto.

Gurney intentó cambiar de tema.

– Hazme un favor. Investiga a Allessandro y Karmala. Me da la impresión de que nadie más está particularmente interesado.

Hardwick no respondió. Se quedó de pie un rato más, mirando al suelo, la colilla aplastada junto a su pie.

– Hora de irse-dijo por fin. Abrió la puerta del coche y arrugó la cara como si lo asaltara un olor acre-. Ten cuidado, Davey. El cabrón es una bomba de relojería y va a explotar. Siempre explotan.

37

El ciervo

El trayecto a casa fue deprimente, en cierto sentido, aunque al principio Gurney no supo cómo identificar aquella sensación. Estaba al mismo tiempo distraído y buscando distracción, sin encontrarla. Cada emisora de radio era más intolerable que la anterior. La música que no lograba reflejar su estado de ánimo le resultaba idiota, mientras que aquella que lo conseguía solo lo hacía sentirse peor. Cada voz humana llevaba consigo una irritación, una revelación de estupidez o codicia, o ambas cosas. Cada anuncio le daba ganas de gritar: «¡Cabrones mentirosos!».

Apagar la radio hizo que se concentrara otra vez en la carretera, en los pueblos venidos a menos, en las granjas muertas y agonizantes, en las zanahorias económicas envenenadas que la industria de la extracción de gas natural agitaba delante de los pueblos pobres del norte del estado.