Estaba de un humor de perros.
¿Por qué?
Dejó que su mente vagara de nuevo a la reunión para tratar de entender algo más.
Ellen Rackoff, por supuesto, de cachemira. Ninguna pretensión de inocencia. Cálida y agradable como una serpiente. El peligro en sí constituía una parte perversa de su atractivo.
El informe de pruebas original del equipo de la escena del crimen, repetido por el teniente Anderson, que lograba que el asesinato sonara como un algo profesionaclass="underline" «Incluso había limpiado los sifones de debajo del fregadero y la ducha».
Lo que relacionaba a las chicas desaparecidas entre sí: sus discusiones comunes con sus padres, sus exigencias extravagantes inevitablemente rechazadas, los contactos previos con Héctor y Karmala Fashion y con el escurridizo fotógrafo, Allessandro.
El frío pronóstico de Jack Hardwick: «Es muy probable que ahora estén todas muertas».
El sufrimiento personal de Rodriguez, magnificado por el eco de los horrores potenciales del caso que tenía delante.
Gurney podía oír la voz ronca del hombre tan claramente como si estuviera sentado a su lado en el coche. Era el sonido de alguien al que estiraban hasta que se deformaba, al que tensaban como una goma elástica demasiado pequeña para abarcar todo lo que tenía que abarcar: un hombre cuya constitución carecía de flexibilidad para absorber los elementos accidentales de su propia vida.
Eso hizo que Gurney se preguntara: ¿de verdad existen los elementos accidentales? ¿Acaso no somos nosotros mismos quienes nos situamos, de una manera innegable, en las posiciones en las cuales nos encontramos? ¿Acaso nuestras elecciones y prioridades no influyen de manera decisiva? Tenía el estómago revuelto, y de repente supo la razón. Se estaba identificando con Rodriguez, el policía obsesionado con su carrera, el padre desorientado.
Y entonces-como si aquello no fuera suficiente, como si algún dios malvado hubiera ideado un plan perfecto para complementar su malestar-chocó con el ciervo.
Acababa de pasar el cartel que decía BIENVENIDOS A BROWNVILLE. No había pueblo, solo los restos cubiertos de maleza de una propiedad agraria abandonada hacía mucho tiempo a la izquierda y una pendiente boscosa a la derecha. Una hembra de tamaño medio había salido del bosque, había dudado y luego había cruzado la carretera a tanta distancia que Gurney ni siquiera tuvo necesidad de frenar. Pero entonces el cervato la siguió. Era demasiado tarde para frenar y, aunque dio un volantazo a la izquierda, oyó y sintió el terrible impacto.
Paró en el arcén. Miró por el espejo retrovisor, con la esperanza de no ver nada, con la esperanza de que se tratara de una de esas colisiones afortunadas de las cuales el notoriamente resistente ciervo corre hacia el bosque con solo una herida superficial. Pero no era el caso. Treinta metros detrás de él, un pequeño cuerpo marrón yacía al borde de la cuneta.
Gurney bajó del coche y se acercó caminando por el arcén, manteniendo una tenue esperanza de que el cervato solo estuviera aturdido y se pusiera en pie de un momento a otro. Al aproximarse, la posición girada de la cabeza y la mirada vacía de los ojos abiertos acabaron con toda esperanza. Se detuvo y miró a su alrededor, impotente. Vio a la hembra de pie en la granja arruinada, observando, esperando, inmóvil.
No había nada que Gurney pudiera hacer.
Estaba sentado en su coche sin recordar haber vuelto caminando a él, con la respiración interrumpida por pequeños sollozos. Ya se encontraba a medio camino de Walnut Crossing cuando se dio cuenta de que no había mirado si tenía algún desperfecto en la parte delantera del coche, pero incluso entonces continuó, atenazado por la pena, sin desear nada más que llegar a casa.
38
La casa tenía esa peculiar sensación de vacío que exudaba cuando Madeleine había salido. Los viernes cenaba con tres amigas, hablaban de punto y de costura, de las cosas que hacían y de las que iban a hacer, de la salud de todas ellas y de los libros que estaban leyendo.
Tuvo la idea, formada durante el trayecto entre Brownville y Walnut Crossing, de seguir el consejo de Madeleine y llamar a Kyle: de mantener una conversación real con su hijo en lugar de otro intercambio de aquellos mensajes de correo electrónico cuidadosamente esbozados, asépticos, que proporcionaban a ambos la ilusión de que mantenían el contacto. Leer las descripciones editadas de los acontecimientos de la vida en la pantalla de un portátil tenía escaso parecido con oírlas relatadas de viva voz, sin el proceso de suavizado de reescrituras y supresiones.
Se metió en el estudio con buenas intenciones, pero decidió revisar su buzón de voz y su correo electrónico antes de hacer la llamada. Tenía dos mensajes. Ambos eran de Peggy Meeker, la trabajadora social casada con el hombre araña.
En el mensaje de voz parecía excitada, casi alegre: «Dave, soy Peggy Meeker. Después de que mencionaras a Edward Vallory la otra noche, el nombre no ha dejado de incordiarme. Sabía que lo conocía de algún sitio. Bueno, lo he encontrado. Lo recordaba de un curso de literatura. Drama isabelino. Vallory era un dramaturgo, pero ninguna de sus obras sobrevivió y por eso casi nadie ha oído hablar de él. Lo único que existe es el prólogo de una obra. Pero mira esto: se cree que todo el texto era misógino. ¡Despreciaba a las mujeres! De hecho, se cree que la obra de la que este prólogo formaba parte era sobre un hombre que mataba a su propia madre. Te he enviado por mail el prólogo. ¿Tiene algo que ver con el caso Perry? Me lo estaba preguntando por lo que hablaste esa tarde. Pensé en eso cuando leí el prólogo de Vallory y me dio escalofríos. Mira el mensaje de correo. Dime si te ayuda. Y dime si puedo hacer algo más por ti. Hablamos pronto. Adiós. Ah, saludos a Madeleine».
Gurney abrió el mensaje de correo y lo examinó brevemente hasta que llegó a la cita de Vallory:
No hay en la Tierra una mujer casta. No hay pureza en ella. Su aspecto, su discurso y su corazón nunca cantan al mismo tiempo. Parece una cosa y parece la otra, y todo es apariencia. Con escurridizos aceites y polvos brillantes colorea sus oscuros dibujos y se pinta encima un retrato que podríamos amar. Pero ¿dónde está el corazón sincero que con una sola nota pulsa su verdadero contenido? ¡Qué vergüenza! No le pidas música pura, directa y sincera. La pureza no forma parte de ella. Su corazón de serpiente saca todas sus artimañas de la serpiente del Edén para poder escupir sobre todos los hombres una baba de mentiras y artimañas.
Gurney lo leyó varias veces, tratando de absorber el significado y el propósito.
Era el prólogo de una obra sobre un hombre que mató a su propia madre. Había sido escrito siglos antes por un dramaturgo famoso por su odio a las mujeres. Su nombre estaba adjunto al mensaje de texto enviado desde el móvil de Héctor a Jillian la mañana en que la mataron y en el que Ashton había recibido hacía solo dos días. Un mensaje de texto que simplemente decía: «Por todas las razones que he escrito».
Y las razones que daba en su único escrito conservado se resumían en esto: las mujeres son criaturas impuras, seductoras, arteras, satánicas, que escupen como monstruos una baba de mentiras y artimañas. Cuanto más leía las palabras, más sentía en ellas una pesadilla sexual retorcida.
Gurney se enorgullecía de su precaución, de su equilibrio, pero era difícil no concluir que la cita constituía una justificación demente del asesinato de Jillian Perry. Y posiblemente también de otros asesinatos, de asesinatos pasados… ¿y quizá de algunos por llegar?
Por supuesto, no había nada seguro en ello. Ninguna forma de probar que Edward Vallory, el misógino declarado del siglo XVII, era el Edward Vallory cuyo nombre era apropiado para Héctor Flores, aunque el hecho de que los mensajes procedieran del móvil de Flores lo convertía en una hipótesis justa.