Gurney no quiso reaccionar a cualquiera que fuera la sugerencia obscena que Kline estuviera haciendo.
– Quiero que me ayude a ser realista, a proporcionar límites a la imagen que me estoy formando del hombre al que persigo.
Quizá sacudido por el compromiso de esas últimas palabras, tal vez por el recordatorio del historial de detenciones sin parangón de Gurney, el tono de Kline cambió.
– Le diré que le llame.
Al cabo de una hora, Gurney estaba sentado delante de la pantalla de su ordenador del estudio, mirando los ojos negros y carentes de emoción de Peter Piggert, un hombre que podría tener algo en común con el asesino de Jillian Perry y mucho en común con el villano de la obra perdida de Edward Vallory. Gurney no estaba seguro de si el retrato por ordenador que había hecho el año anterior lo había atraído por su posible relevancia en relación con su actual presa o por su nuevo potencial económico.
¿Cien mil dólares? ¿Por eso? El mundo del arte adinerado podía ser muy extraño. Cien mil dólares por un retrato de Peter Piggert. El precio era absurdo. Necesitaba hablar con Sonya. Se pondría en contacto con ella a primera hora de la mañana, pero por el momento quería concentrarse lo menos posible en el posible valor del retrato y lo más posible en el hombre al que describía.
A los quince años, Piggert había asesinado a su padre para eliminar trabas en mantener una relación profundamente enferma con su madre. La dejó embarazada dos veces y tuvo dos hijos con ella. Quince años después, a los treinta, la asesinó para poder mantener sin trabas una relación igual de enferma con sus hijas, entonces de trece y catorce años.
Para el observador medio, Piggert parecía el hombre más ordinario. Gurney, en cambio, había visto desde el principio algo que no estaba bien en sus ojos. Su oscura placidez daba la sensación de no tener fondo. Peter Piggert parecía ver el mundo de una manera que justificaba y alentaba cualquier acción que pudiera complacerle, sin tener en cuenta el efecto en nadie más. Gurney se preguntó si era un hombre como Piggert el que Scott Ashton tenía en mente cuando presentó su provocadora teoría de que un sociópata es una criatura con «fronteras perfectas».
Al mirar la desconcertante calma de aquellos ojos, estuvo más convencido que nunca de que el principal impulso de Piggert era la necesidad de controlar su entorno. Su visión del orden adecuado de las cosas era inviolable; sus caprichos, absolutos. Eso era lo que Gurney había deseado resaltar en su manipulación de la foto original de la ficha policial. El tirano rígido detrás de los rasgos anodinos. Satán en la piel de un hombre corriente.
¿Era eso lo que había fascinado a Jay Jykynstyl? ¿El mal velado? ¿Era eso lo que valoraba, por lo cual estaba dispuesto a pagar una pequeña fortuna?
Por supuesto, había una diferencia decisiva entre el asesino y su retrato. El objeto en la pantalla debía su seducción en parte a su evocación del monstruo y, en parte, curiosamente, a su esencial inocuidad. La serpiente sin colmillos. El diablo paralizado e impotente.
Gurney se retiró de su escritorio y se alejó de la pantalla del ordenador. Cruzó los brazos delante del pecho y miró por la ventana que daba al oeste. En principio sin prestar atención al paisaje. Cuando empezó a reparar en la puesta de sol carmesí, al inicio le pareció una mancha de sangre en el cielo acuoso. Luego se dio cuenta de que estaba recordando una pared de dormitorio en el sur del Bronx, una pared turquesa contra la cual reposaba la víctima de un disparo, resbalando lentamente hacia el suelo. Veinticuatro años antes, su primer caso de asesinato.
Moscas. Era agosto y el cuerpo llevaba allí una semana.
39
Durante veinticuatro años había estado sumergido hasta el cuello en asesinatos y caos. La mitad de su vida. Incluso entonces, en su jubilación… ¿Qué había dicho Madeleine durante la carnicería del caso Mellery? ¿Que incluso en ese momento la muerte parecía atraerle con más fuerza que la vida?
Gurney lo negó. Y argumentó la cuestión desde un punto de vista semántico: no era la muerte lo que captaba su atención y su energía, sino el desafío de desentrañar el misterio de un crimen. Se trataba de justicia.
Y por supuesto, ella lo había mirado con expresión irónica. Madeleine no estaba impresionada por sus supuestos principios, que tal vez invocaba para ganar discusiones.
Una vez que se desconectó del debate, la verdad reptó en su interior. La verdad era que los misterios criminales y el proceso de exponer a la gente que había detrás lo atraían de una manera casi física. Era una fuerza primigenia y mucho más poderosa que nada que lo empujara a quitar la maleza de entre las matas de espárragos. Las investigaciones de asesinato captaban su atención más que ninguna otra cosa en su vida.
Esa era la buena noticia. Y también la mala. Buena porque era real, y algunos hombres pasaban por la vida sin nada que los excitara, salvo sus fantasías. Mala porque tenía la fuerza de una marea que lo arrastraba lejos del resto de las cosas que contaban en su vida, incluida Madeleine.
Trató de recordar dónde estaba ella en ese mismo momento y descubrió que se le había olvidado, Dios sabe por qué. ¿Por Jay Jykynstyl y su zanahoria de cien mil dólares? ¿Por el rencor tóxico en el DIC y su efecto distorsionador de la investigación? ¿Por el significado provocador de la obra perdida de Edward Vallory? ¿Por la ansiedad de Peggy, la mujer del hombre de las arañas, por unirse a la caza? ¿Por el eco de la voz temblorosa de Savannah Liston denunciando la desaparición de sus antiguas compañeras de clase? Lo cierto es que eran muchas las cosas que podrían haber apartado de su memoria dónde estaba Madeleine.
Entonces oyó un coche que subía por el camino del prado y lo recordó: su reunión del viernes por la noche con sus amigas de labores y costura. Pero si ese era su coche, volvía a casa mucho antes de lo habitual. Al dirigirse a la ventana de la cocina para comprobarlo, el teléfono sonó en el escritorio del estudio, detrás de él, y fue a cogerlo.
– Dave, me alegro de pillarte al teléfono y que no me salte el contestador. Tengo un par de complicaciones, pero no te preocupes. -Era Sonya Reynolds con un destello de ansiedad coloreando su excitación característica.
– Iba a llamarte…-empezó Gurney. Había planeado hacer más preguntas para formarse una impresión más firme sobre la cena del día siguiente con Jykynstyl.
Sonya lo cortó.
– La cena ahora es un almuerzo. Jay ha de coger un avión a Roma. Espero que no te suponga un problema. Si lo es, tendrás que conseguir que no lo sea. Y la segunda complicación es que yo no voy a ir. -Esa era la parte que obviamente más preocupaba a Sonya-. ¿Has oído lo que he dicho?-preguntó al ver que Gurney no reaccionaba.
– El almuerzo no es problema para mí. ¿No puedes venir?
– Desde luego que puedo y desde luego que me gustaría, pero…, bueno, en lugar de tratar de explicarlo, mejor te cuento lo que me dijo él. Deja que te comente primero lo increíblemente impresionado que está con tu trabajo. Se refirió a él como «potencialmente muy fructífero». Está entusiasmado. Pero esto es lo que dijo: «Quiero ver por mí mismo quién es este David Gurney, este artista increíble que resulta que es detective. Quiero entender en quién estoy invirtiendo. Quiero estar expuesto a la mente e imaginación de este hombre sin la obstrucción de una tercera persona». Le dije que era la primera vez en mi vida que se referían a mí como «una obstrucción». Le dejé claro que no me gustaba nada que me pidieran que no fuera. Pero le dije que por él haría una excepción y me quedaría en casa. Estás muy callado, David. ¿En qué estás pensando?
– Me estaba preguntando si ese hombre es un chiflado.
– Es Jay Jykynstyl. Chiflado no es la palabra que utilizaría. Diría que es bastante inusual.