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– ¿Quieres que te lo explique otra vez?

Otra señal sonora.

– ¿Has dicho que está todo en un mensaje que me has enviado?

– Sí, todo explicado. Y he puesto el número de teléfono de mi profesor por si quieres llamarle. Es muy emocionante, ¿no? ¿No te da una perspectiva completamente nueva del caso?

– Más bien refuerza una de las perspectivas existentes. Ya veremos cómo funciona.

– Claro. Bueno, ya me contarás.

Bip.

– Peggy, me parece que tengo una llamada persistente. Deja que me despida por ahora. Y gracias. Esto podría ser muy útil.

– Por supuesto, encantada de ayudar. Genial. Dime qué más puedo hacer.

– Lo haré. Gracias otra vez.

Cambió a la otra llamada.

– Tardas bastante en contestar. La pregunta no debe de ser muy urgente.

– Ah, sí. Jack. Gracias por llamar.

– Y la pregunta es…

Gurney sonrió. Hardwick era un sibarita de la brusquedad, cuando no estaba demasiado ocupado siendo un sibarita de la vulgaridad.

– ¿Hasta qué punto estás seguro de la ubicación de cada uno de los presentes en la recepción durante el tiempo que Jillian estuvo en la cabaña?

– Del todo.

– ¿Cómo lo sabes?

– Por la forma en que estaban situadas las cámaras no había puntos ciegos. Todo el mundo (invitados, personal de cáterin, músicos) está en la grabación, todo el tiempo.

– Con excepción de Héctor.

– Con excepción de Héctor, que estaba en la cabaña.

– ¿Quién crees que estaba en la cabaña?

– ¿A qué te refieres?

– Estoy tratando de separar lo que sabemos de lo que pensamos que sabemos.

– ¿Quién coño más iba a estar allí?

– No lo sé, Jack. Y tú tampoco. Por cierto, gracias por avisarme de la movida de la rehabilitación.

Hubo un largo silencio.

– ¿Quién coño te ha contado eso?

– Tú desde luego no.

– ¿Qué coño tiene eso que ver con nada?

– Soy un gran fan de la transparencia, Jack.

– ¿La transparencia? Te voy a dar transparencia a tope. El capullo de Rodriguez me quitó el caso Perry porque le dije que perseguir a todos los mexicanos ilegales del estado de Nueva York era la pérdida de tiempo más grande que me habían asignado jamás. Para empezar, nadie va a admitir que trabaja aquí de manera ilegal, evadiendo impuestos. Y seguro que no iban a admitir que tenían contacto con alguien buscado por asesinato. Dos meses más tarde, en mi día libre, me llamaron por una situación de emergencia: la persecución de un par de idiotas que dispararon a un gasolinero en la autopista, y alguien en la escena va y le dice al capitán Marvel que yo olía a alcohol, así que me empapeló. El cabrón tuvo la oportunidad que había estado soñando para pillarme a contrapié. ¿Y qué hizo? El cabrón me metió en un puto centro de rehabilitación lleno de tarados. Veintiocho malditos días. ¡Con escoria, Davey! ¡Una puta pesadilla! ¡Escoria! Lo único en lo que pude pensar durante veintiocho días fue en matar a ese capitán capullo arrancándole la cabeza. ¿Es suficiente transparencia para ti?

– Claro, Jack. El problema es que la investigación descarriló y hay que empezar de nuevo desde cero. Y necesita tener asignadas personas que estén más interesadas en la solución de lo que lo están en joderse el uno al otro.

– ¿Eso es un hecho? Bueno, mucha suerte, señor Voz de la Puta Razón.

Había colgado.

Gurney dejó el teléfono encima de la carpeta. Cobró conciencia del sonido de las agujas de tejer de Madeleine al entrechocar y la miró.

Ella sonrió sin levantar la vista.

– ¿Problemas?

Dave rio sin humor.

– Solo que hay que reorganizar y reorientar por completo la investigación y no tengo poder para hacer que eso suceda.

– Piénsalo. Encontrarás una manera.

Pensó en ello.

– ¿Quieres decir a través de Kline?

Ella se encogió de hombros.

– Durante el caso Mellery me dijiste que tenía grandes ambiciones.

– No me sorprendería que se imagine siendo presidente algún día. O por lo menos gobernador.

– Bueno, ahí lo tienes.

– ¿Qué es lo que tengo?

Ella se concentró durante unos instantes en una alteración en su técnica de punto. Luego miró hacia arriba, aparentemente desconcertada por la incapacidad de su marido para comprender lo obvio.

– Ayúdale a ver cómo se relaciona esto con sus grandes ambiciones.

Cuanto más lo sopesaba Dave, más perspicaz le parecía el comentario de Madeleine. Como animal político, Kline era hipersensible a la dimensión mediática de cualquier investigación. Era la vía más segura para llegar a él.

Gurney cogió el teléfono y marcó al número del fiscal. El mensaje grabado ofrecía tres opciones: volver a llamar entre las 8 y las 18 horas de lunes a viernes, dejar un nombre y número de teléfono para recibir una llamada durante el horario de oficina, o llamar al número de emergencia de veinticuatro horas para cuestiones que requirieran asistencia inmediata.

Gurney anotó el número de emergencia en su lista de teléfonos, pero antes de hacer la llamada decidió dedicar un poco más de tiempo a estructurar lo que iba a decir-primero al que respondiera, y después a Kline si la llamada pasaba la criba-, porque se dio cuenta de que era fundamental lanzar la granada adecuada por encima de la pared.

El ruidoso cliqueo de las agujas se detuvo.

– ¿Has oído eso?-Madeleine inclinó ligeramente la cabeza en dirección a la ventana más cercana.

– ¿Qué?

– Escucha.

– ¿Qué he de escuchar?

– Chis…

Justo cuando estaba a punto de insistir en que no oía nada, lo oyó: los aullidos débiles de coyotes lejanos. Luego, otra vez nada. Solo la imagen persistente en su mente de animales como pequeños lobos flacos, corriendo en un grupo disperso, de manera salvaje y despiadada como el viento a través de un campo iluminado por la luna más allá de la cumbre norte.

Sonó el teléfono cuando todavía lo tenía en la mano. Miró el identificador: GALERÍA REYNOLDS. Echó un vistazo a Madeleine. Nada en su expresión sugería que imaginara quién era quien llamaba.

– Soy Dave.

– Quiero acostarme. Vamos a hablar.

Después de un silencio incómodo, Gurney respondió:

– Tú primero.

Ella musitó una risa suave e íntima que era más ronroneo que risa.

– Quiero decir que quiero acostarme temprano, irme a dormir, y por si ibas a llamarme más tarde para hablar de mañana, será mejor hablar ahora.

– Buena idea.

Otra vez la risa aterciopelada.

– Estoy pensando en una cosa muy simple. No puedo aconsejarte qué decirle a Jykynstyl, porque no sé qué te preguntará. Así que debes ser tú mismo: el prudente detective de Homicidios. El hombre tranquilo que lo ha visto todo. El hombre del lado de los ángeles que lucha contra el diablo y siempre gana.

– No siempre.

– Bueno, eres humano, ¿no? Ser humano es importante. Eso te hace real, no un héroe falso, ¿ves? Así que lo único que has de hacer es ser tú mismo. Eres un hombre mucho más impresionante de lo que piensas, David Gurney.

Él vaciló.

– ¿Eso es todo?

Esta vez la risa fue más musical, más divertida.

– Eso es todo para ti. Ahora para mí. ¿Has leído alguna vez el contrato, el que firmaste para la exposición del año pasado?

– Supongo que lo hice en su momento. No últimamente.

– Dice que la Galería Reynolds tiene derecho a un cuarenta por ciento de comisión sobre las obras expuestas, al treinta por ciento por las obras catalogadas y al veinte por ciento por todas las obras futuras creadas para clientes que han sido presentados al artista a través de la galería. ¿Te suena familiar?

– Vagamente.

– Vagamente. Muy bien. Pero te parece bien o ¿tienes algún problema con él a partir de ahora?

– Está bien.