Kline miró a Rodriguez.
– Podríamos intentarlo de todos modos.
El capitán asintió con la cabeza.
– Muy bien, adelante.
– En los casos en que no pueda localizarse a la hija, se recoge una muestra de ADN a partir de un pariente biológico de primer grado: madre, padre, hermano, hermana. En cuanto el laboratorio del DIC tenga el perfil, se compara con el perfil de todas las mujeres de la edad adecuada fallecidas en el plazo de la desaparición y cuyos cadáveres no han sido identificados.
– ¿Ámbito?
– Nacional.
– ¡Dios mío! ¿Se da cuenta de lo que está pidiendo? Todo ese material va estado por estado, en ocasiones condado por condado. Algunas jurisdicciones no las guardan. Algunos ni siquiera las recogen.
– Tiene razón, es como un grano en el culo. Cuesta dinero, requiere tiempo, la cobertura es incompleta. Pero será mucho peor si más adelante tiene que explicar por qué no se hizo.
– Bien. -La palabra de Kline sonó como una exclamación de disgusto-. ¿Después?
– Después, investigar a Allessandro y Karmala Fashion. Ambos parecen demasiado difíciles de localizar para ser empresas comerciales normales. A continuación, hablar con todas las estudiantes actuales de Mapleshade con respecto a cualquier cosa que puedan saber sobre Héctor, Allessandro, Karmala o cualquiera de las chicas desaparecidas. Después, interrogar a todos los empleados de Mapleshade actuales y recientes.
– ¿Tiene alguna idea de la cantidad de horas y hombres de los que está hablando?
– Sheridan, esta es mi profesión. -Hizo una pausa por el significado de su lapsus-. Quiero decir que era mi profesión. El DIC ha de poner una docena de investigadores en esto lo antes posible, más si puede. Una vez que llegue a los medios, se lo comerán vivo si ha hecho menos que eso.
Kline entrecerró los ojos.
– Tal y como lo está describiendo, nos comerán vivos de todos modos.
– Los medios tomarán la ruta que atraiga más audiencia-dijo Gurney-. El llamado periodismo informativo es una película de buenos y malos. Deles una historia grande y candente de buenos y malos y la sacarán. Garantizado.
Kline lo miró con recelo.
– ¿Como qué?
– La historia aquí ha de ser que se han hecho todos los esfuerzos, que se ha sido totalmente «proactivo». En el instante en que usted y el equipo del DIC descubrieron la dificultad de algunos de los padres para ponerse en contacto con sus hijas, usted y Rod pusieron en marcha la mayor investigación de la historia por un caso de asesino en serie: alerta máxima, todos a cubierta, vacaciones canceladas.
El disco duro mental de Kline parecía estar analizando todos los resultados posibles.
– ¿Supongamos que se abalanzan sobre el coste?
– Fáciclass="underline" «En una situación como esta, ser proactivo cuesta dinero. La falta de acción cuesta vidas». Es una respuesta estereotipada difícil de discutir. Deles la historia de la movilización gigante y tal vez se mantengan lejos de la historia de la investigación fallida.
Kline estaba abriendo y cerrando los puños, flexionando los dedos; sus ojos parecían delatar que la excitación daba paso a la incertidumbre.
– Está bien-dijo-. Será mejor que empecemos a pensar en la conferencia de prensa.
– En primer lugar-dijo Gurney-, es necesario poner las cosas en marcha. Si la prensa descubre que todo es mentira, la narración cambia, ipso facto: de los héroes del momento a los idiotas del año. A partir de ahora, han de tratar esto como el caso potencialmente enorme que es probable que sea, o despedirse de sus carreras.
Tal vez algo en la posición de la mandíbula de Gurney convenció a Kline o, quizás, una astilla de metralla del horror potencial del caso atravesó por fin su ensimismamiento. Por alguna razón, parpadeó, se frotó los ojos, se recostó en su silla y le lanzó a Gurney una mirada larga y funesta.
– Cree que nos enfrentamos a un gran psicópata, ¿no?
– Sí.
Rodriguez se espabiló y salió de la oscura preocupación en la que estuviera sumido.
– ¿Qué le hace estar tan seguro? ¿Una obra enferma escrita hace cuatrocientos años?
«¿Qué me hace estar tan seguro?» Gurney pensó en ello. ¿Una corazonada? Aunque era uno de los clichés más antiguos del oficio, no le faltaba verdad. Pero también había algo más.
– La cabeza.
Rodriguez lo miró fijamente.
Gurney respiró para calmarse.
– Algo en la cabeza… Dispuesta sobre la mesa de la forma en que estaba, frente al cuerpo.
Kline abrió la boca como si estuviera a punto de hablar, pero no lo hizo. Rodriguez solo se quedó mirando.
– Creo que el que hizo eso-continuó Gurney-, de esa manera particular, estaba anunciando que tiene una misión.
Kline torció el gesto.
– ¿Significa que pretende hacerlo de nuevo?
– O que ya lo ha hecho otra vez. Yo creo que ansía hacerlo.
42
El clima se mantuvo perfecto durante el viaje de Gurney desde los Catskills a Nueva York a media mañana. Al acelerar por la autopista, el aire fresco y el cielo despejado daban energía a sus pensamientos, le imbuían optimismo sobre el impacto que había causado en Kline y, en menor medida, en Rodriguez.
Quería consolidar su posición con Kline, encontrar una manera de asegurarse de que lo mantendrían en el caso. Y quería llamar a Val, ponerla al corriente. Pero también necesitaba, allí y en ese momento, reflexionar sobre la reunión a la cual se dirigía. El encuentro con el hombre del «mundo del arte». Un tipo que quería darle cien mil dólares por un retrato gráficamente mejorado de un chiflado. Alguien que bien podría ser él mismo un chiflado.
La dirección que Sonya le había dado correspondía a una residencia de arenisca en medio de una manzana silenciosa y arbolada, unas calles más arriba de la 60 Este. El barrio exudaba el aroma del dinero, un miasma elegante que lo aislaba del bullicio de las avenidas que lo rodeaban.
Dejó el coche en una zona de aparcamiento prohibido justo delante del edificio, como Sonya le había indicado trasmitiéndole la información de Jykynstyl. No habría ningún problema, cuidarían del automóvil.
Una puerta de entrada de gran tamaño esmaltada en negro conducía a un ornado vestíbulo de azulejos y espejos, que llevaba a una segunda puerta. Gurney estaba a punto de pulsar el timbre de la pared cuando abrió una mujer joven y atractiva. Mirándola mejor, se dio cuenta de que era una joven de aspecto corriente cuya apariencia se elevaba, o al menos quedaba dominada, por unos extraordinarios ojos, que en ese momento lo evaluaban como si apreciaran el corte de una chaqueta de sport o la frescura de un pastel en el escaparate de una panadería.
– ¿Es usted el artista?
Gurney captó algo voluble en el tono, algo que no podía identificar.
– Soy Dave Gurney.
– Acompáñeme.
Entraron en un gran vestíbulo. Había un perchero, un paragüero, varias puertas cerradas y una amplia escalera de caoba que conducía al siguiente piso. El brillo oscuro del cabello de la chica hacía juego con el tono de la madera. La joven lo condujo por la escalera hasta una puerta, que abrió para dejar a la vista un pequeño ascensor con su propia puerta corredera.
– Vamos-dijo con una leve sonrisa que a Gurney le resultó curiosamente desconcertante.
Entraron, la puerta se cerró sin el menor sonido, y el ascensor subió sin apenas provocar sensación de movimiento.