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Gurney rompió el silencio.

– ¿Tú quién eres?

La chica se volvió hacia Gurney, con sus extraordinarios ojos iluminados por alguna broma privada.

– Soy su hija.

El ascensor se había detenido con tanta suavidad que Gurney ni lo había notado. La puerta se abrió. La chica salió.

– Venga.

La estancia estaba decorada al estilo de un salón victoriano opulento. Había plantas tropicales de grandes hojas en macetas a ambos lados de una gran chimenea y varias más junto a los sillones. Al fondo, al otro lado de un arco ancho se veía un comedor formal, con mesa, sillas y aparador, todo en madera tallada de caoba muy pulida. Cortinas de damasco verde oscuro cubrían las ventanas altas en las dos salas, oscureciendo la hora del día, la época del año, creando la ilusión de un mundo elegante, a la deriva, donde los cócteles podían estar siempre a punto de ser servidos.

– Bienvenido, David Gurney. ¡Qué bien que haya venido tan pronto!

Gurney siguió la voz de acento extraño hasta su origen: un hombre pequeño y pálido, empequeñecido aún más por el enorme sillón club de piel en el que estaba sentado, junto a una planta imponente de selva tropical. El hombre tenía en la mano una copita llena de un licor de color verde pálido.

– Disculpe que no me levante para darle la bienvenida. Tengo problemas de espalda. De manera perversa, empeora cuando hace buen tiempo. Un misterio molesto, ¿no? Por favor, siéntese. -Hizo un gesto hacia un sillón idéntico situado frente al suyo, al otro lado de una pequeña alfombra oriental.

El hombre llevaba vaqueros desgastados y una sudadera color vino. Tenía el pelo corto, fino, gris, peinado sin mucho esmero. Las bolsas en los ojos creaban una impresión superficial de somnolienta indiferencia.

– ¿Le apetece tomar una copa? Una de las chicas le traerá algo. -Su acento indefinido parecía tener múltiples orígenes europeos-. Yo he vuelto a cometer el error de elegir absenta.

Levantó su licor verdoso y lo miró como si fuera un amigo desleal. Continuó:

– No lo recomiendo. En mi opinión, ha perdido su alma desde que la legalizaron. -Se llevó la copita a los labios y vació la mitad del contenido-. ¿Por qué sigo tomándola? Es una pregunta interesante. Tal vez sea un sentimental. Pero, obviamente, usted no lo es. Usted es un gran detective, un hombre de claridad, sin apegos absurdos. Así que no tomará absenta. Pero puede beber otra cosa. Lo que desee.

– ¿Un vaso de agua?

– L’acqua minerale? Ein Mineralwasser? L’eau gazéifiée?

– Agua del grifo.

– Por supuesto. -Su sonrisa repentina era brillante como huesos blanqueados-. Tendría que haberlo adivinado. -Levantó la voz solo un poco, como alguien acostumbrado a tener sirvientes cerca-. Un vaso de agua fría del grifo para nuestro invitado.

La chica de extraña sonrisa que decía que era su hija salió del salón.

Gurney se sentó tranquilamente en el sillón que el hombre pequeño le había indicado.

– ¿Por qué tendría que haber adivinado que pediría agua del grifo?

– Por lo que la señorita Reynolds me contó de su personalidad. Veo que tuerce el gesto. Eso también debería haberlo previsto. Me mira con sus ojos de detective. Se pregunta: «¿Cuánto sabe de mí este Jykynstyl? ¿Cuánto le ha contado la señorita Reynolds?». ¿Estoy en lo cierto?

– Me lleva mucha ventaja. Solo me estaba preguntando sobre la relación entre el agua del grifo y mi carácter.

– Reynolds me dijo que usted es tan complicado en el interior que le gusta mantener la sencillez en el exterior. ¿Está de acuerdo con eso?

– Claro. ¿Por qué no?

– Eso está muy bien-dijo Jykynstyl, como un experto saboreando un vino interesante-. También me advirtió que siempre está pensando y que siempre sabe más de lo que dice.

Gurney se encogió de hombros.

– ¿Es eso un problema?

Empezó a sonar música de fondo, tan baja que sus notas apenas resultaban audibles. Era un melodía triste, lenta, bucólica, de un violonchelo. Su presencia susurrada en la sala le recordó los aromas de jardín inglés que penetraban con sutileza en el interior de la casa de Scott Ashton.

El hombrecillo de pelo ralo sonrió y tomó un sorbo de absenta. Otra mujer joven con una figura espectacular, que exhibía gracias a unos tejanos de corte bajo y una camiseta escueta, entró en la habitación a través del arco del fondo y se acercó a Gurney con un vaso de cristal lleno de agua en una bandeja de plata. La chica tenía los ojos y la boca de una mujer cínica que le doblaba la edad. Cuando Gurney cogió el vaso, Jykynstyl estaba respondiendo a su pregunta.

– Para mí no es ningún problema, desde luego. Me gusta un hombre de sustancia, un hombre cuya mente es más grande que su boca. Ese es el tipo de hombre que es usted, ¿no?

Cuando Gurney no respondió, Jykynstyl se echó a reír. Era un sonido seco, sin sentido del humor.

– Veo que también es un hombre al que le gusta ir al grano. Quiere saber exactamente por qué estamos aquí. Muy bien, David Gurney. Al grano: es probable que sea su mayor admirador. ¿Por qué? Por dos razones. En primer lugar, creo que usted es un gran artista del retrato. En segundo lugar, tengo la intención de ganar un montón de dinero con su trabajo. Tenga en cuenta cuál de las dos razones he citado en primer lugar. Puedo decir por el trabajo que ya ha realizado que posee un raro talento para mostrar la mente de un hombre en las líneas de su rostro, para dejar que el alma se muestre a través de los ojos. Se trata de un talento que se nutre de la pureza. No es el talento de un hombre que está loco por el dinero o la atención, de un hombre que se esfuerza por ser agradable, de un hombre que habla demasiado. Es el talento de alguien que valora la verdad en todos sus asuntos: de negocios, profesionales, artísticos. Sospechaba que era esa clase de hombre, pero quería estar seguro. -Sostuvo la mirada fija de Gurney durante lo que pareció mucho tiempo, antes de continuar-. ¿Qué le gustaría comer? Hay una lubina fría en salsa remoulade, ceviche de marisco a la lima, quenelles de ternera, un fabuloso steak tartare de Kobe, lo que prefiera, ¿o tal vez un poco de todo?

Mientras hablaba, comenzó poco a poco a levantarse del sillón. Hizo una pausa, buscando un lugar para apoyar su copita. Se encogió de hombros y la colocó con delicadeza en la maceta de la enorme planta que tenía al lado. Luego, sujetando los brazos del sillón con las dos manos, se puso en pie con un esfuerzo considerable y se encaminó hacia el comedor a través del arco.

La característica más llamativa de la estancia era un retrato de tamaño natural en un marco dorado que colgaba en el centro de la pared más grande, de cara al arco. Con su conocimiento limitado de la historia del arte, Gurney situó su origen en algún punto del Renacimiento holandés.

– Es fascinante, ¿no?

– dijo Jykynstyl.

Gurney mostró su conformidad.

– Me alegro de que le guste. Le hablaré de él mientras comemos.

Habían preparado dos lugares en la mesa, uno frente al otro. La comida a la que Jykynstyl había hecho referencia estaba dispuesta entre los dos en cuatro platos de porcelana, junto con botellas de Puligny-Montrachet y Château Latour, vinos que incluso alguien que no era un enófilo como Gurney sabía que eran tremendamente caros.

Gurney optó por el Montrachet y la lubina; Jykynstyl, por el Latour y el steak tartare.

– ¿Las dos chicas son hijas suyas?

– Así es, sí.

– ¿Y viven aquí juntos?

– De vez en cuando. No somos una familia con domicilio fijo. Yo voy y vengo. Es la naturaleza de mi vida. Mis hijas viven aquí cuando no están viviendo con otra persona. -Habló en un tono que a Gurney le pareció tan engañosamente informal como su mirada somnolienta.

– ¿Dónde pasan la mayor parte de su tiempo?