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Suspiró con una sensación de frustración y fracaso por el riesgo inútil de haber entrado en la casa. El lugar irradiaba una vacuidad hostil, sin la menor impresión de que alguien hubiera vivido allí realmente. Jykynstyl lo había admitido con su vaga descripción de un estilo de vida viajero, y solo Dios sabía dónde pasaban el tiempo sus «hijas».

El sonido de la aspiradora en el piso de arriba aumentó de volumen. Gurney echó una última mirada a la estancia y se dirigió a la escalera. Estaba a medio camino de la planta baja cuando un recuerdo vívido lo hizo pararse en seco.

El olor a alcohol.

La copita.

¡Dios!

Volvió a subir con rapidez por los escalones, de dos en dos, hasta el salón, se acercó al oscuro sillón de piel en el que Jykynstyl lo había recibido a su llegada, el sillón desde el cual el hombre aparentemente débil había tenido dificultades para levantarse, tantas que había necesitado las dos manos libres para apoyarse en los reposabrazos. Y al no tener ninguna mesa disponible para dejar su pequeña copita de absenta…

Gurney buscó en la base de la gruesa planta tropical. Y allí estaba, oculta por el borde alto de la maceta y las gruesas hojas que caían. La envolvió cuidadosamente en su pañuelo y se la guardó en el bolsillo de la americana.

Cuando estuvo otra vez en su coche, se preguntó qué hacer con ella.

45

Melpómene

El hecho de que la comisaría 19 estuviera a solo unas manzanas de distancia, en la calle 67 Este, hizo que Gurney se concentrara en repasar los contactos que tenía allí. Conocía al menos a media docena de detectives en la 19, quizás a dos de ellos lo bastante bien como para pedirles un favor un poco comprometido: sacar unas huellas de la copita de licor que se había llevado y verificarlas en la base de datos del FBI-un proceso que exigiría soslayar la necesidad de un número de caso- era sin duda delicado. Gurney no quería explicar su interés en saber más de su anfitrión del almuerzo, pero tampoco quería inventar una mentira que después podría estallarle en la cara.

Decidió que necesitaba otra manera de abordar el problema. Con cuidado dejó la copita en la consola central, puso su teléfono móvil en el asiento de al lado, arrancó el coche y se dirigió hacia el puente George Washington.

La primera llamada que hizo fue a Sonya Reynolds.

– ¿Dónde demonios te has metido? ¿Qué demonios has estado haciendo toda la tarde?-Sonaba enfadada, ansiosa y no parecía tener ni idea de los sucesos del día, lo cual le resultó tranquilizador.

– Grandes preguntas. No tengo respuesta a ninguna.

– ¿Qué ha pasado? ¿De qué estás hablando?

– ¿Cuánto sabes de Jay Jykynstyl?

– ¿De qué se trata? ¿Qué demonios ha pasado?

– No estoy seguro. Nada bueno.

– No lo entiendo.

– ¿Cuánto sabes de Jykynstyl?

– Sé lo que se conoce en los medios artísticos. Gran comprador, muy selectivo. Gran influencia económica en el mercado. Le gusta el anonimato. No deja que le hagan fotos. Le gusta que haya mucha confusión sobre su vida personal, incluso acerca de dónde vive. O sobre si es homosexual o hetero. Cuanta más confusión hay, más le gusta. Está un poco obsesionado con la intimidad.

– ¿Así que no lo conocías y nunca habías visto una foto suya antes de que pasara un día por tu galería y dijera que quería comprar mis cosas?

– ¿Qué insinúas?

– ¿Cómo sabes que el hombre con quien hablaste es Jay Jykynstyl? ¿Porque te lo dijo?

– No, justo lo contrario.

– ¿Dijo que no era Jay Jykynstyl?

– Dijo que se llamaba Jay. Solo Jay.

– Entonces, ¿cómo…?

– Seguí preguntándole, le dije que sería muy difícil hacer negocios con él sin conocer su nombre completo, le dije que era ridículo que no supiera con quién estaba tratando cuando había tanto dinero en juego.

– ¿Y qué dijo?

– Dijo Javits. Dijo que se llamaba Jay Javits.

– ¿Como Jacob Javits el senador?

– Exacto, pero lo dijo de una manera extraña, como si el nombre se le acabara de ocurrir y sintiera que tenía que decir algo porque yo estaba poniéndome pesada con eso. Dave, cuéntame por qué coño estamos hablando de esto. Quiero saber ahora mismo lo que ha ocurrido hoy.

– Lo que ha ocurrido es… que ha quedado claro que toda esta oferta es un cuento. Creo que me drogó y que ese almuerzo era una trampa que no tenía nada que ver con mis fotografías.

– Eso es una locura.

– Volviendo a la identidad del hombre, ¿te dijo que su nombre era Jay Javits y tú concluiste de eso que su nombre era Jay Jykynstyl?

– No fue así. No seas tonto. Durante nuestra conversación, estábamos hablando de lo bonito que estaba el lago y él mencionó que podía verlo desde su habitación, así que le pregunté dónde se alojaba, y él me dijo que en un hotel precioso, como si no quisiera decirme el nombre. Así que después llamé al Huntington, el hotel más exclusivo del lago, y pregunté si había un Jay Javits alojado allí. Al principio el tipo del hotel pareció confuso, y entonces me preguntó si no tendría mal el nombre. Le dije que sí, que me estaba haciendo mayor y que a veces me fallaba el oído y me equivocaba con los nombres. Traté de darle pena.

– ¿Y crees que lo conseguiste?

– Parece que sí. Dijo: «¿Esa persona no podría llamarse Jykynstyl?». Le pedí que deletreara el nombre, y lo hizo. Pensé: «Cielo santo, ¿es posible?». Así que le pedí que describiera a ese huésped Jykynstyl y lo hizo, y era obvio que hablaba del mismo tipo que había venido a la galería. Así que, ya ves, no quería que supiera quién era, pero lo descubrí.

Gurney se quedó en silencio. Pensaba que era mucho más probable que Sonya hubiera sido hábilmente manipulada para que creyera que el hombre era Jykynstyl, de una manera que no le dejaría dudas sobre su conclusión. La sutileza y experiencia del engaño era casi más inquietante que el engaño en sí.

– ¿Sigues ahí, David?

– He de hacer unas llamadas más, y luego volveré a llamarte.

– Todavía no me has contado lo que ha ocurrido.

– No tengo ni idea de lo que ha ocurrido, más allá del hecho de que me han mentido y drogado, de que me han llevado en coche por la ciudad sin que yo me enterara y me han amenazado. No tengo ni idea de quién lo ha hecho ni por qué. Estoy haciendo todo lo posible para averiguarlo. Y lo averiguaré.

El optimismo de esas últimas palabras tenía escasa relación con el enfado, el miedo y la confusión que sentía. Le prometió otra vez que volvería a llamarla.

Su siguiente llamada fue a Madeleine. La hizo sin pensar en qué iba a decirle ni mirar la hora. Hasta que ella respondió con voz de sueño no se fijó en el reloj del salpicadero. Eran las 22.04.

– Me preguntaba cuándo ibas a llamar por fin-dijo ella-. ¿Estás bien?

– Bastante. Perdona que no te haya llamado antes. Las cosas se han complicado esta tarde.

– ¿Qué quiere decir «bastante»?

– ¿Eh? Oh, quiero decir que estoy bien, solo en medio de un pequeño misterio.

– ¿Cómo de pequeño?

– Es difícil saberlo. Pero parece que este asunto de Jykynstyl es un engaño. He estado dando vueltas esta noche, tratando de entenderlo.

– ¿Qué ha pasado?-Madeleine estaba alerta, hablando con una voz perfectamente calmada que al mismo tiempo enmascaraba y exponía su preocupación.

Gurney era consciente de que tenía opciones. Podía contarle todo lo que sabía y temía, sin que le importara el efecto que tuviera en ella, o podía presentar una versión menos completa y menos inquietante de los hechos. En lo que después vería como una danza de autoengaño, eligió esta segunda opción como primer paso, y se dijo que le contaría a su mujer la historia completa cuando él mismo la comprendiera mejor.