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Cuando Jon regresó con la indumentaria, Aidan y Murphy lo estaban esperando en la puerta.

– ¿Tenía Swanson alguna llave del piso de Tess? -quiso saber Murphy.

– No lo creo. -Jon les entregó los abrigos y tomó el recibo que Aidan había preparado-. Escuchen, detectives, Jim estaba perdidamente enamorado pero no es tan retorcido. No me lo imagino haciendo todo esto.

– Bueno, alguien ha tenido que hacerlo -dijo Aidan con determinación-. Y por ahora Swanson es quien más encaja. Gracias por su ayuda, caballeros.

Viernes, 17 de marzo, 12.15 horas.

A Tess la despertó el teléfono móvil. Atontada, lo buscó a tientas y dio un manotazo para que Bella se espantara y se bajara de su trasero.

– Tess, soy Amy. Despiértate.

El tono de apremio hizo que se espabilara y se sentara de golpe.

– ¿Qué ocurre?

– Me ha llamado Vito. Han tenido que llevar a tu padre a urgencias, Tess. Yo voy de camino a tu casa para recogerte.

A Tess se le paralizó el corazón.

– ¿Qué ha pasado?

– Le ha dado un ataque al corazón, cariño. Está bastante grave. Tu madre ha llamado a Vito. Él no quería despertarte si no era necesario, pero es bastante peor de lo que creía.

– Dios mío, Dios mío. -Tess saltó de la cama, estaba desorientada-. Tengo que ponerme los zapatos; mierda, ¿dónde están los zapatos? ¿Dónde estás?

– Justo doblando la esquina de la calle de Aidan. Sal a la puerta y te acompañaré al hospital.

Tess voló; el corazón le palpitaba con fuerza. «Aguanta, papá.» El coche de Amy estaba frente a la entrada y Tess se subió a toda prisa.

– En marcha.

Amy conducía mientras Tess trataba de respirar con normalidad sin conseguirlo.

– No puedo respirar. Mierda. Tengo que llamar a Aidan. -Buscó a tientas su teléfono móvil; tenía los dedos agarrotados y sin tacto.

Amy se detuvo junto al bordillo.

– Tess, tienes que calmarte.

– ¿Por qué te detienes? Sigue conduciendo, joder.

– Dame tu teléfono. Yo marcaré el número. Relájate o te dará un ataque a ti también. -Extendió el brazo para alcanzar el móvil y tomó la mano de Tess-. Si sigues así, solo conseguirás que se altere. Cálmate; deja que te ayude. Mi quiromasajista siempre me presiona este punto.

Tess cerró los ojos y trató de respirar con normalidad; sabía que Amy tenía razón. Si se precipitaba al lado de su padre en aquellas condiciones, lo mataría. Amy le dio un masaje con los dedos en la nuca, ejerciendo mucha presión sobre los tendones que rodeaban la espina dorsal.

– Sienta muy bien -musitó Tess.

Entonces hizo una mueca de dolor al notar un pellizco justo donde el cuello se curvaba.

– ¡Ay! Eso me ha dolido.

– Es un punto de presión. Te hace dormir como un bebé -susurró Amy-. Duerme, Tess. Cuando te despiertes, todo se habrá arreglado. Ya lo verás.

A Tess empezaron a pesarle los ojos y se dejó caer en el asiento del coche. El vehículo empezó a moverse de nuevo mientras a ella la invadía una cálida oscuridad.

Viernes, 17 de marzo, 14.15 horas.

– He encontrado algo. -Aidan se puso en pie para mirar a Murphy por encima del pequeño montón de papeles que cubría sus mesas de trabajo. Los habían encontrado en las tres cajas de seguridad de Lawe. Durante una hora, Aidan los había estado clasificando mientras Murphy trataba de encontrar alguna pista sobre Jim Swanson.

Murphy rodeó las mesas y se situó al lado de Aidan.

– Parece su libro de contabilidad.

– Lo es. Aparecen las fechas y, en muchos casos, los clientes. Están los pagos recibidos por todos los trabajos anotados, pero los nombres parecen estar escritos en clave. Este tipo ganaba mucho dinero.

– Sí, pero una vez achicharrado ya me dirás de qué le sirve.

– Gracias por recordármelo. ¿Y tú has encontrado algo?

– De momento no. Si Jim Swanson está en el país, no utiliza tarjetas de crédito y este año no ha hecho la declaración de renta. Sus padres murieron cuando él estaba en la universidad y ningún miembro de su familia ha tenido noticias suyas en años. Al parecer era un tipo solitario.

– Bueno, yo seguiré investigando las cuentas y… -Sonó su teléfono-. Reagan.

– ¿Hola? -Era un susurro. Voz de mujer. Asustada-. ¿Está buscando a Dan Morris?

Aidan tapó el auricular.

– Es sobre el padre de Danny Morris. -Se aclaró la garganta-. Sí, señora. ¿Sabe dónde está?

– Está aquí, en mi casa. Si sabe que le estoy llamando… -De fondo se oyó un gran estrépito-. Oh, no. Tengo que dejarle. ¡No! ¡Por favor! -Las últimas dos palabras fueron gritos muy agudos y luego se cortó la línea. Aidan abrió el programa de detección de llamadas y tecleó el número en la casilla de identificación del emisor-. Es de South Side. -Miró la pila de papeles, y luego a Murphy, quien asintió.

– Vamos a por Morris para poder ponernos con esto cuanto antes.

Viernes, 17 de marzo, 14.45 horas.

El piso estaba vacío. No había ni un solo mueble; ni un alma.

– ¿Qué coño significa esto? -masculló Aidan.

– ¿Está seguro de la dirección, detective? -preguntó el jefe del cuerpo especial de intervención.

– Yo también la he comprobado -dijo Murphy-. La llamada estaba hecha desde este piso.

Un agente ataviado con un equipo de protección corporal salió del dormitorio.

– Hay un teléfono colgado en la pared. Nada más.

– Pues eso quiere decir que acaban de marcharse. -El jefe entró en el dormitorio con el entrecejo fruncido.

– Nos han engañado -dijo Aidan con gravedad-. Era una pista falsa.

– Entonces es que nos estamos acercando a la verdad -observó Murphy.

El móvil de Aidan sonó y su corazón dejó de latir al ver en la pantalla que era Rachel.

– Aidan. -Su voz sonaba débil y aflautada-. Ven a casa, por favor.

– Rachel, cariño, tranquilízate. ¿Qué ocurre?

– Tess tenía que pasar a recogerme para llevarme al peluquero pero no ha venido. La he llamado al móvil pero no me contesta. -El miedo que empezaba a apoderarse de él le atenazaba el estómago.

– Seguramente estará con Vito. -«Por favor, que esté con Vito»-. ¿Lo has llamado a él?

Murphy se acercó corriendo con semblante alarmado.

– ¿Tess?

– Vito está aquí, en tu casa. -La respiración de Rachel era irregular y, de pronto, la suya también-. Aidan, lo hemos encontrado al pie de la escalera del sótano. Está herido. Ahora mamá está con él. He llamado al 911 pero, por favor… -Su voz se quebró-. Por favor, ven a casa. Hemos buscado por todas partes y Tess no está.

Aidan salió corriendo y oyó que Murphy, a su lado, llamaba a Spinnelli.

– Estamos de camino a casa de Aidan -explicó Murphy-. Dile a Jack Unger que se reúna con nosotros allí.

Viernes, 17 de marzo, 15.00 horas.

Estaba oscuro como boca de lobo. «No veo nada.» Presa del pánico, Tess trató de moverse, pero sus miembros no le respondían. «Duerme, Tess.» Amy le decía que durmiera. ¿Ahora o antes? Trató de concentrarse. Había estado durmiendo. «¿Estaré durmiendo todavía?» Creía que no. Sentía demasiado dolor.

Sentía dolor. Le dolía la cabeza, el cuello, la espalda… «Algo me pasa en la espalda. No puedo moverme. ¿Un accidente de coche? ¿Ha sido eso? ¿Dónde estoy? ¿Dónde está Amy?»

«Aidan.» Había intentado llamar a Aidan. «¿Por qué?» Era por algo importante, estaba segura. «Concéntrate. Piensa.» Trató de aferrarse a la realidad. Pero la claridad que la rondaba desapareció cuando su mente se sumió de nuevo en la calidez de la nada. Se resistió, pero era como si unas manazas tiraran de ella y la arrastraran hacia las profundidades. «No, por favor; otra vez no.»

Viernes, 17 de marzo, 15.15 horas.

Vito estaba sentado ante la mesa de la cocina de Aidan cuando Murphy y él irrumpieron allí. Spinnelli, con aspecto sombrío, se encontraba de pie junto a los fogones y Dolly ladraba frenéticamente desde algún lugar de la parte trasera de la casa. Vito, que estaba acompañado de Rachel y de la madre de Aidan, tenía la cara más blanca que el papel. El médico de urgencias le estaba curando la herida que tenía en la parte posterior de la cabeza. La única nota de color de su rostro la ponían los cardenales de la frente y de la mejilla.