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Viernes, 17 de marzo, 18.00 horas.

El escenario estaba a punto. Todos los actores ocupaban sus lugares. Sin embargo, se respiraba cierto descontento. El desenlace estaba demasiado próximo. Tanta planificación, tantas expectativas requerían una recompensa mayor, más importante. Podría poner fin a la vida de Ciccotelli con un simple balazo en su cabeza. De hecho, podría hacerlo con cualquiera de los Ciccotelli. Probablemente, sería lo menos arriesgado.

Pero también mucho menos satisfactorio. «Jugaré con ella un poco más. Lo haré durar un poco más porque, cuando todo termine, no me quedará nada.» El futuro gravitaba, vacuo y desolador. Y todo por culpa de ella, de Tess Ciccotelli. Menuda cabrona.

La furia se desató y con ella las imágenes del cuerpo mutilado y descuartizado de Ciccotelli. Tentadoras, fascinantes. Todavía no. «Recobra el autocontrol. Siéntate y recobra el autocontrol.»

El único sitio donde podía sentarse era la silla que había frente al ordenador, desde allí la pantalla ejercería su atracción. Era mejor que la magia. Era el libre acceso, total y absoluto, a cualquier persona a cualquier hora. Y el acceso significaba información. Y la información era poder. Y el poder lo era todo.

Todavía quedaban micrófonos. Aunque ahora que habían limpiado el piso y el despacho de Ciccotelli, había menos. Sin embargo, la parte positiva era que Ciccotelli ya no estaba en ninguno de los dos sitios. Básicamente, se había quedado sin hogar, sin trabajo. Merecía la pena el no tener ya que espiarla.

Sabía que la policía encontraría los aparatos. Lo que no esperaba era que Ciccotelli descubriera el micrófono en el collar de la gata. Qué mala suerte.

La calidad de la grabación era mala, el ronroneo del animal causaba interferencias. No obstante, la información obtenida había resultado valiosísima; lo más útil tal vez fue descubrir que la pequeña Rachel era la chivata anónima y que Reagan estaba preocupado por encontrar al asesino de un niño. Solo habían hecho falta unas discretas llamadas para averiguar quién era el niño y cómo se llamaba su padre. Un telefonazo a una clienta con algo que ocultar garantizaba unas cuantas llamadas que atraerían a Reagan a los distintos puntos aleatorios de la ciudad donde presuntamente se encontraba el hombre.

Pronto se daría cuenta del engaño, pero no podría de dejar de acudir a ninguno de los lugares por si acaso. Las personas con escrúpulos resultaban muy fáciles de manipular.

Joanna Carmichael era harina de otro costal. Su micrófono era uno de los pocos que quedaban por descubrir y funcionaba a la perfección. La chica había hecho un buen trabajo al perseguir a Ciccotelli. Al principio su amenaza de revelar información confidencial sobre los amigos de Ciccotelli había resultado un peligro, pero hasta el momento solo había redactado un artículo muy poco profesional acerca de Jon Carter. Por desgracia, lo único que había conseguido con ello había sido aumentar la clientela de la taberna de Robin.

Y, pensando en Jon y Robin, era probable que la policía hubiera encontrado el vídeo del piso de Parks y a esas horas sospechara de la pareja. Parks era un cabo suelto que necesitaba un tijeretazo imperioso y no había tiempo de atraerlo hacia un lugar menos arriesgado. Lo de los zapatos había sido un truco muy ingenioso, y eso combinado con las llamadas anónimas que guiarían a Reagan a puntos muy alejados de la ciudad mantendría apartada a la policía un tiempo. Para cuando todo hubiera acabado, la mayoría de los cabrones de azul no habrían sido capaces ni de encontrarse la polla al ir a mear. Aunque Reagan y Murphy eran un poco más listos que la mayoría y, por si fuera poco, leales.

Ese tipo de lealtad era realmente sorprendente. Eran todos unos pobres diablos. El archivo conectado a la línea telefónica de casa de Joanna se había abierto. El aparato había emitido y recibido seis llamadas en total desde el miércoles. Un simple clic en el ratón hizo que se pusiera en marcha la cinta. Las primeras cinco llamadas no tenían importancia, pero la sexta…

– Joanna Carmichael, soy Kelsey Chin.

Notó una sacudida de pura impresión. Había dado con Chin. Chin, que sabía tantas cosas. Cosas personales. Joanna se había encontrado con Chin… esa mañana. Como Bacon, Joanna poseía información que no debería poseer. Y, como Bacon, tenía que desaparecer.

Viernes, 17 de marzo, 18.10 horas.

Murphy colgó el teléfono.

– Adivina quién defendió a David Bacon.

Aidan no levantó la cabeza, de la lista de personas que habían ido a visitar al hermano de Rivera a la cárcel. Amy Miller no aparecía por ninguna parte.

– Arthur no sé qué, un abogado de oficio; ya lo he mirado.

– Pero adivina a qué abogada relevó Arthur al haberse excusado en mitad del caso alegando un conflicto de intereses.

Ahora sí que levantó la vista del papel.

– ¿A Amy Miller?

– Ni más ni menos. Arthur dice que solo había llegado a presentar las peticiones cuando asignaron el caso a Eleanor Brigham. Como Miller conocía a Eleanor por Tess, le pidió al juez que la excusara. En aquel momento Arthur pensó que se debía a la carga de trabajo.

Aidan notaba el fuerte golpeteo del pulso. Por fin encontraban algo que podían utilizar.

– Es un vínculo fuerte. Conocía las dotes de Bacon y tomó nota de su nombre para contar con él en un futuro.

Murphy descolgó el teléfono.

– Voy a llamar a Patrick.

– Entonces, ¿habéis encontrado algo?

Sin levantarse de la silla, Aidan se giró hacia la puerta, donde estaban Vito Ciccotelli y su madre. Spinnelli se encontraba justo detrás. Vito tenía un aspecto horroroso y el corazón de Aidan se llenó de compasión. Había pasado unos momentos incómodos con Gina Ciccotelli. La noche anterior, de camino al tanatorio, Tess le había contado lo de la reconciliación con su padre. También le había explicado el papel que había desempeñado su madre en el terrible malentendido. Aidan en su lugar no se habría mostrado tan dispuesto a perdonarla. Aun así, su madre le había enseñado a ser respetuoso y se puso en pie.

– Es posible -confirmó Aidan-. Sentaos, por favor. Queríamos avisaros al mismo tiempo que a Jon Carter, pero aún queda una hora para que salga del quirófano. -Aidan le ofreció una silla a la madre de Tess, luego se irguió y miró fijamente los oscuros ojos de Vito; se parecían tanto a los de Tess que tuvo que volver a esforzarse por apartar de sí el miedo-. Se trata de una mujer -dijo sin rodeos-. Creemos que es Amy Miller.

Gina dio un grito ahogado y se llevó la mano al corazón.

– No. No es posible. Es como una hija para mí. Ella nunca le haría daño a Tess.

Pero Vito permanecía callado.

– No lo sé, mamá. Yo no lo veo tan descabellado.

– ¿Por qué lo dices, Vito? -preguntó Murphy-. ¿Qué es lo que sabes?

– Nada en particular -masculló-. Es una impresión que tengo desde hace años. No quería creerlo y no hacía más que intentar convencerme de que estaba equivocado. -Torció la boca-. Tendría que haber hecho más caso de mi intuición. Ya sabéis que Amy estuvo viviendo con nosotros cuando tenía quince años.

– Tess me explicó que son como hermanas -dijo Aidan-, pero no sabía que hubiera estado viviendo en vuestra casa. ¿Cómo fue eso?

– Porque asesinaron a su padre. Su padre y el mío eran socios y buenos amigos. La madre de Amy había muerto… hacía mucho tiempo.

– Cuando Amy tenía dos años -susurró Gina-. Se suicidó.

Vito hizo una mueca.

– Nunca nos lo contaste.

– El padre de Amy no quería que ella lo supiera, así que no se lo dijimos. La acogimos en casa y la tratamos como si fuera de la familia. Te equivocas, Vito. Ella no puede estar implicada en esto.

– ¿Cómo asesinaron a su padre? -preguntó Aidan con gravedad.

– Su novia y él fueron apuñalados durante un robo en su casa. -Vito bajó la cabeza-. Atacaron también a Amy; la violaron. -Vito hizo una pausa elocuente-. Eso es lo que dijo. Detuvieron a un vecino.