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– Leon Vanneti -dijo Gina con voz trémula-. Era un endemoniado. Siempre andaba zumbando como un salvaje con esos motoristas. -Tragó saliva-. Tú siempre has dicho que era inocente.

– Porque es lo que me parecía.

– Has dicho «es lo que dijo» -observó Murphy-. ¿Por qué?

– Conocía a Leon. Era un bestia, pero no era malo. Sin embargo, en el hospital examinaron a Amy y encontraron restos de semen y unos cuantos moratones. Salió a la luz en el juicio.

– Junto con lo del cuchillo ensangrentado que habían encontrado debajo de su almohada -espetó Gina-. Vito, ¿cómo puedes decir esas cosas?

– Porque todo era absurdo. Leon no era estúpido. Si hubiera alguna prueba la habría ocultado. Él dijo que nunca había tocado a Amy pero el jurado no lo creyó. Era un motero con mala pinta contra una linda jovencita. No se analizó el ADN porque en aquella época todavía no se hacía. Ahora Leon cumple cadena perpetua.

– Y Amy se hizo abogada defensora -musitó Murphy-. Lo normal sería que, como víctima, se hubiera decantado por la acusación.

Los motivos profesionales de Amy eran dignos de analizarse. Aidan apartó de sí ese pensamiento.

– ¿Por qué crees que Amy podría querer hacer daño a Tess?

Vito se encogió de hombros con incomodidad.

– Es solo una impresión. En casa, Tess era la única que tenía habitación propia puesto que no había más chicas, pero cuando Amy vino a vivir con nosotros Tess se moría de ganas por compartirla con ella. Amy quería una habitación para ella sola y armó un buen escándalo. Siempre quería recibir un trato especial.

– Había perdido a sus padres -protestó Gina.

– Eso es lo que siempre decíais -respondió Vito-. No parabais de repetirlo. Luego empezaron a desaparecer objetos. Eran pequeñas cosas, nada importante. Después pasó lo del sótano.

Gina movió la cabeza con un gesto de desesperación:

– Fue un accidente. Vito, por favor.

– ¿Qué es lo del sótano? -preguntó Aidan, aunque creía saberlo.

– Cuando tenía dieciséis años, Tess se quedó encerrada en el cuarto de contadores que había debajo de la casa donde crecimos -explicó Vito-. Es pequeño, oscuro y…

– Y por eso Tess nunca quiere coger el ascensor -masculló Aidan, y Vito asintió.

– Habíamos salido a pasar fuera un fin de semana largo. Tess y Amy se habían ido a casa de una amiga, pero al final Amy cambió de idea y se vino con nosotros. Al parecer, Tess la siguió pero se quedó encerrada en el sótano de casa. Se pasó allí tres días, sin agua ni comida. Aporreó y arañó la puerta hasta dejarse las manos hechas cisco y quedarse sin uñas.

Aidan se estremeció.

– Santo Dios.

– Amy se excusó diciendo que no sabía que Tess había decidido volver a casa y venirse con nosotros. Nadie se atrevió a echarle la culpa. Se sentía fatal y estuvo cuidando de Tess días enteros.

Gina se apartó de la mesa.

– Vito, esto está muy mal. -Se levantó, se cruzó de brazos y empezó a andar de un lado a otro, furiosa. Pero cuando llegó frente a la pizarra, se detuvo en seco con el semblante paralizado de pura estupefacción-. ¿Qué es esto? -preguntó sin apenas voz.

Aidan se levantó y se dirigió a la pizarra. A Gina le temblaba la mano al tratar de señalar el nombre de una de las empresas. Deering. La entidad clave.

– He visto este nombre antes. -Se volvió a mirar a Vito; por la expresión horrorizada de sus ojos se veía que lo había comprendido todo-. Es la empresa que contrató los servicios de aquella mujer.

«Aquella mujer.» A Aidan la verdad lo golpeó como un ladrillo y Vito se puso en pie de un salto. Otra vez Amy. El distanciamiento entre Tess y su padre no se debía a ningún malentendido. No había sido accidental. La ira bullía en lo más profundo de su ser.

– ¿Qué mujer? -preguntó Murphy.

Aidan le narró la historia con rapidez y serenidad.

– La que ha tenido a la familia dividida durante cinco jodidos años -soltó Vito hecho una furia-. La puta misteriosa. Amy quería que Tess desapareciera del mapa y le tendió una trampa a papá.

– Mientras ella ocupaba su silla cada año el día de Acción de Gracias. -Los ojos de Gina se llenaron de lágrimas.

– Y durante cinco años se ha salido con la suya. -Aidan se frotó la cabeza con desaliento.

– Phillip Parks -dijo Murphy tras él en voz muy baja, y Aidan supo enseguida a qué se refería.

– Amy era la otra mujer.

Murphy asintió.

– Si hubiéramos interrogado a Parks, él nos lo habría dicho y la habríamos descubierto.

Aidan se dejó caer en la silla.

– Se ha pasado año tras año destrozándole la vida a Tess.

– ¿Por qué se suicidó la madre de Amy? -preguntó Spinnelli.

– Padecía esquizofrenia paranoide. -Gina temblaba sin poder controlarse-. Estuvimos observando de cerca a Amy porque sabíamos que a veces la enfermedad se hereda, pero siempre nos pareció la mar de normal. La mar de feliz. No se lo dijimos porque no queríamos asustarla.

Vito cerró los ojos.

– Santo Dios.

– ¿Lo sabe Tess? -preguntó Aidan, y Gina negó con la cabeza.

– La voluntad del padre de Amy era que nadie lo supiera, así que lo mantuvimos en secreto.

El teléfono de la sala de reuniones sonó y Murphy lo descolgó enseguida.

– Gracias -dijo, y colgó-. Patrick dice que nos esperará en casa de Miller con la orden de registro. Vamos.

Viernes, 17 de marzo, 18.45 horas.

A veces la mejor manera de esconderse es actuar a plena luz. Unos enérgicos golpes en la puerta hicieron que un hombre saliera a abrir. Era el novio. ¿Cómo se llamaba…? Keith. Tenía que recordar los detalles. Pero no era al novio a quien deseaba ver, sino a Joanna Carmichael.

– ¿Qué se le ofrece? -preguntó con voz grave y cansina.

– He venido a ver a la señorita Carmichael por lo del artículo de investigación que está escribiendo.

Keith tensó la mandíbula.

– Ah -dijo en tono inexpresivo-. Es eso. Pues ahora no está, tendrá que volver más tarde. -Se disponía a cerrar la puerta cuando abrió los ojos como platos al ver la pistola; llevaba silenciador.

– ¿Dónde está la hospitalidad de la gente del sur de la que tanto he oído hablar? Invítame a entrar.

Él se apoyó sospechosamente en un ángulo del escritorio situado justo detrás de la puerta, con las manos en la espalda. Sus movimientos fueron rápidos, pero no lo bastante. Sus rodillas golpearon el suelo antes de que pudiera empuñar la pistola que acababa de sacar del cajón. Una mancha roja se extendió rápidamente por la pechera de su almidonada camisa blanca. Daba igual. Desde el momento en que había abierto la puerta era hombre muerto. Al sacar la pistola lo único que había conseguido era adelantar los acontecimientos. Una tontería, realmente.

De todas formas, era probable que no hubiera tenido agallas para utilizarla. Cayó de bruces y la pistola le resbaló de la mano y fue a parar a la alfombra sin causar daños. Sería un bonito recuerdo. La distribución del piso era muy parecida a la del de Cynthia Adams, diez plantas por encima. Pronto Carmichael llegaría a casa. El armario era un buen lugar…

El disparo de la pistola de Keith retronó al mismo tiempo que el dolor, intenso y abrasador, se abría paso. Y después del dolor vino la estupefacción. «Me ha disparado. En el brazo.» Keith estaba apoyado sobre los codos y sostenía precariamente la pistola con las dos manos. Una lúgubre sonrisa se dibujaba en su rostro. El hijo de puta sí que tenía agallas, después de todo.

– Jódete -le espetó. Y a continuación se derrumbó y la pistola quedó atrapada bajo su cuerpo.

La estupefacción dio paso al miedo. «Corre.» Pasó un segundo antes de que los pies le obedecieran. La escalera estaba cerca. «Corre. Ya has bajado un piso. Dos. Respira.» La manga del abrigo de color tabaco tenía un claro agujero cuyo borde aparecía ya empapado de sangre.