– Si solo fueran dos… -Jack retrocedió-. Mirad.
En el suelo había dos grandes maletas abiertas; estaban llenas de ropa de hombre.
– En la etiqueta pone «Jim Swanson» -observó Jack-. Ahí está su cartera, con su carnet de conducir, un billete de avión para Chad y su pasaporte. Y esto estaba envuelto con una camisa. -Era un cuchillo de carnicero, cubierto por una capa de color marrón oscuro.
A Aidan se le heló la sangre.
– Entonces está muerto. Lo mató ella.
– Pero ¿por qué? -preguntó Murphy-. ¿Por qué ha tenido que hacer una cosa así?
– Estaba obsesionada con Swanson -dijo Aidan, con el estómago aún revuelto-. La noche anterior a su partida se emborrachó, ¿recuerdas? Fue a casa de Jon Carter y se desahogó. -Se volvió hacia Vito-. Swanson amaba a Tess pero ella no le correspondía. Por eso decidió marcharse a África.
Vito abrió los ojos como platos.
– ¿Es él? Tess me contó la historia, pero no me dijo cómo se llamaba su amigo. Al parecer solo me lo había contado a mí. Se sentía muy culpable.
– Vamos a reproducir la escena. -Aidan se señaló a sí mismo-. Yo soy Amy. Murphy, tú eres Swanson. Acabas de llegar de casa de Carter y estás borracho y abatido. No te tienes en pie. Mientras, yo suspiro por ti; tengo todas esas fotos tuyas. Tú te vas mañana y es posible que no vuelva a verte nunca más. Voy a tu casa y… ¿Qué? ¿Te declaro mi amor?
– Es posible. -Murphy asintió-. Pero yo te digo: «Ni hablar. Estoy enamorado de Tess». Tú te pones hecha una fiera. ¿Qué hacía Amy cuando se enfadaba mucho, Vito?
Vito palideció.
– Solo la vi realmente furiosa una vez. Quien tenía que ser su pareja en un baile de la escuela le dio plantón. Parece ser que otra chica más popular también le había pedido que fuera su pareja. Amy dejó su habitación destrozada, empezó a tirarlo todo… -Tragó saliva-. Rajó el vestido que tendría que haber llevado al baile y, de paso, el colchón. Me pidió que la ayudara a sacarlo de allí antes de que mamá y papá lo descubrieran. Me dijo que lo había hecho sin darse cuenta, pero estaba lleno de agujeros, como si se hubiera liado a cuchillada limpia. Si mis padres nos hubieran contado lo de su madre… Habría sospechado algo y no le habría guardado el secreto.
– Debió de quedarse horrorizada al ver lo que había hecho. Lo amaba y lo había matado -dijo Murphy despacio-. Y seguro que ella cree que todo es culpa de Tess.
– Ese debió de ser el detonante para que pasara del hostigamiento generalizado a una venganza totalmente planificada. -Aidan dio un hondo suspiro-. Quería acabar con todo, con su carrera, con su reputación. -«Con su vida.» No fue capaz de pronunciar las últimas palabras.
– Con vuestra relación -añadió Murphy-. No habría sido extraño que la hubieras dejado cuando amenazaron a Rachel.
– Pero no lo hiciste -dijo Vito con voz trémula-. Gracias.
Aidan recordó la mirada que había observado en Tess cuando ella pensaba que iba a hacerlo. Él creía que ella sabía lo que pasaba por su mente; creía que lo deduciría fácilmente porque a eso era a lo que se dedicaba. Se dedicaba a analizar y diagnosticar. Ayudaba a los suicidas cuando se sentían más vulnerables. Evitaba que asesinos y violadores utilizaran la enfermedad mental como excusa para librarse de la justicia. Y lo hacía muy bien.
Él creía que tenía tan arraigada la práctica que la aplicaba a todo el mundo. Pero parecía ser que la gente que de verdad le importaba no era objeto de su escrutinio. Ella se entregaba abiertamente y sin reservas, y esperaba que los demás hicieran lo mismo. Pero eso la desarmaba ante aquellos que se comportaban de forma egoísta o crueclass="underline" Phillip Parks, Denise Masterson, Amy Miller.
– Jack. -Un miembro del equipo de la policía científica se acercó con un sobre marrón en la mano. Jack extrajo de él un montón de tarjetas y una hoja de sellos de Chad.
– Están escritas -dijo Jack-. Debía de tener previsto enviarlas cada pocos meses.
– Debió de ser ella quien escribió la carta al director del hospital -añadió Murphy-, para ocultar lo que había hecho. Vamos a registrar los pisos que están enfrente del de Swanson.
– Y los bienes inmuebles propiedad de Deering. -Aidan estaba a punto de salir por la puerta cuando sonó su móvil.
– Reagan, soy Jon Carter. Acabo de salir del quirófano y he visto los mensajes. Tengo uno suyo y uno de Amy Miller.
Aidan se detuvo en seco.
– ¿Qué dice?
– Es muy extraño. Dice que necesita que la ayude, que tiene un problema urgente. Se ve que estaba con un cliente, un joven, y que al parecer se ha puesto nervioso y le ha disparado. Me pide que nos veamos para que le dé unos puntos porque no quiere arruinar la vida del chico solo porque haya cometido un error.
– ¿Dónde tienen que encontrarse?
– Le he pedido que esté en mi casa dentro de media hora. Quería hablar con usted porque mientras estaba en el quirófano no he dejado de darle vueltas a una cosa que ocurrió anoche. Amy me sujetó el abrigo mientras yo iba a darle el pésame a Flo Ernst. Espero estar equivocado, pero no voy a jugármela tratándose de la vida de Tess.
– Estamos de camino, Jon. Llegaremos a su casa dentro de quince minutos.
– Entonces estaba en lo cierto -dijo con voz abatida.
– Sí. -Aidan exhaló un suspiro-. Estaba en lo cierto.
Viernes, 17 de marzo, 19.30 horas.
– ¿Tess? -Era un débil gemido, apenas perceptible.
Tess levantó la cabeza y aguzó la vista en la oscuridad; se sentía muy aliviada. Su padre estaba consciente. Estaba vivo. Poco a poco, se colocó de lado y lo miró a los ojos. Él también tenía las manos y los pies atados, pero por algún motivo Amy no lo había amordazado.
«Amy.» Le había parecido increíble. Hasta que empezó a relacionar ideas. «El sótano.» En aquel momento se había puesto tan frenética y Amy se había mostrado tan atenta. Igual que después de lo del estrangulador de la cadena. Le había llevado sopa. Una sopa asquerosa. Tess siempre había pensado que Amy era muy mala cocinera. Ahora entendía por qué se había pasado seis semanas vomitando y hecha un trapo. «Me envenenó.» Qué bruja. Pero ¿por qué?
«Porque está loca, Tess.» Y Tess había aprendido que a veces esa era la única razón por la cual la gente se comportaba de cierta manera. No obstante, la ira de Amy había cambiado. Antes de lo de Cynthia Adams, su ira nunca había resultado letal; solo… mezquina. ¿Qué había cambiado?
A tientas, tocó la rodilla de su padre con la suya.
– Tess -susurró el hombre-. Estás viva.
«¿Por cuánto tiempo?» Volvió a tocarle la rodilla para tranquilizarlo, y también para tranquilizarse.
– Tengo una navaja en el bolsillo -musitó él-. La de tallar. ¿Puedes sacarla?
«La navaja de tallar.» De pequeña, su padre siempre estaba a punto para tallarle alguna chuchería con la navaja que llevaba en el bolsillo de su mono de carpintero. Tenía la imagen grabada en la mente. Ojalá fuera capaz de sacarla con las manos atadas.
Viernes, 17 de marzo, 19.30 horas.
Joanna se dirigió a su casa con paso saltarín. Su viaje a Lexington había resultado una verdadera revelación. La doctora Chin le había proporcionado cierta información que sería la plataforma de lanzamiento de un artículo periodístico de los serios. No había conseguido la exclusiva de Ciccotelli, pero lo que había descubierto de la mejor amiga de la doctora era incluso mejor. No veía la hora de contárselo a Keith.
Lo había conseguido. Por fin lo había conseguido. Un artículo firmado por ella. Y no tenía nada que ver con la trivialidad que había escrito sobre el peculiar modo de vida de Jon Carter y que aparecería en las páginas de sociedad. Esta vez se trataba de un artículo de los de verdad. De portada. Titular principal.
«Por fin.» Y Cyrus Bremin no le pasaría por delante; el director se lo había prometido. Aunque también otras veces se lo había prometido y había acabado arrebatándole el artículo, así que sería mejor mantenerse a la expectativa. De todos modos, al doblar la esquina una sonrisa se dibujaba en su rostro.