Pero la sonrisa se desvaneció y su paso se ralentizó en cuanto vislumbró la puerta del edificio. Por segunda vez en esa semana había una ambulancia aparcada frente a su casa. En el último tramo, echó a correr. Al principio se había mostrado muy entusiasmada ante la perspectiva de informar sobre el suicidio de Cynthia Adams; sin embargo ahora la idea la horrorizaba.
Se acercó a un policía.
– Vivo en este edificio. ¿Qué ha ocurrido?
Ella miró a la cara con los ojos entrecerrados.
– ¿Cómo se llama?
– Joanna Carmichael.
La mirada del policía se tornó inexpresiva.
– La estábamos buscando. Acompáñeme.
«No.» El horror aumentó cuando el policía la guió hasta el ascensor y juntos subieron al piso donde ella vivía. «No.» La puerta de su casa estaba abierta. Dentro había gente. Bueno, más que gente eran policías. «Keith.»
Un hombre alto y moreno y una mujer rubia le interceptaron el paso a menos de un metro de la puerta. El hombre le puso una mano en el hombro. Y la mujer le preguntó:
– ¿Señorita Carmichael? -Ella asintió, aturdida.
– Soy la detective Mitchell y este es mi compañero, el detective Reagan -se presentó- ¿Puede decirnos dónde estaba hace una hora?
El corazón casi se le paró. El alto y moreno era hermano del novio de Ciccotelli.
– Con el director del Bulletin. ¿Por qué?
La mujer la miró directamente a los ojos.
– Tenemos que darle una mala noticia.
Las palabras de la mujer quedaron ahogadas por el chirrido de las ruedas de una camilla. Encima había una bolsa con un cadáver.
– ¿Keith?
Se quedó mirando la camilla y el pánico hizo que todos los demás pensamientos fueran a parar a los confines de su mente. El grito que oyó procedía de su boca. «Keith.»
Capítulo 23
Viernes, 17 de marzo, 19.30 horas.
La herida ya casi no sangraba y no le dolía tanto como al principio. Aun así, necesitaba que le dieran puntos; de otro modo, volvería a abrirse. Jon estaba a punto de llegar. En cuanto la suturara podría empezar la tortura de Ciccotelli.
El camino de entrada a casa de Jon se divisaba estupendamente desde una manzana de distancia gracias a los prismáticos. Y también el Camaro de suelo bajo que descendía lentamente por la carretera y se encontraba a una manzana de distancia en sentido contrario.
«El coche de Aidan Reagan.» Tardó unos instantes en recuperarse de la estupefacción. Jon Carter se había chivado. «Sospechan de mí.» Imposible. El truco de los zapatos era buenísimo. Tendrían que haber sospechado de Robin Archer, pero aunque la policía había ido a verlo por la mañana, el hombre seguía tan tranquilo en su casa. «Y ahora sospechan de mí.» ¿Cómo era posible?
Y, lo más importante, ¿qué haría ahora? Necesitaba que le curaran la herida. Tendría que hacerlo Ciccotelli. Esperaba que el padre siguiera con vida, porque solo apuntándolo con una pistola en la cabeza conseguiría que ella la atendiera en condiciones. Cuando la hubiera suturado, Ciccotelli y su padre morirían. Con más rapidez y mucho menos sufrimiento del que había planeado. «Tengo que marcharme.» Muy lejos.
Viernes, 17 de marzo, 20.15 horas.
– Debe de habernos visto. -Aidan lanzó el abrigo sobre su escritorio con indignación.
– Hemos esperado cuarenta y cinco minutos -le explicó Murphy a Spinnelli-, pero no ha aparecido.
Spinnelli suspiró y dijo:
– Sabemos de qué forma dispararon a Amy Miller. Recibimos una llamada justo después de que salierais hacia su casa. Han encontrado muerto al novio de Joanna Carmichael en su piso. El chico estaba tendido encima de su propia pistola; el arma había efectuado un solo disparo. Y en el ordenador encontramos fotos. Al parecer Carmichael había estado fotografiando a Tess por toda la ciudad.
Otro muerto. «Mierda.»
– Tess dijo que Carmichael la había estado siguiendo.
– Bueno, su acoso fue un buen trabajo. Encontramos fotografías de Marge Hooper, de Sylvia Arness y de media docena de personas más con las que Tess se cruzó ese día. Carmichael dijo a Abe y a Mia que sospechaba que alguien había accedido a sus archivos, pero que se había «distraído» con no sé qué artículo. Así que, según parece, Miller anda por ahí con un balazo.
– Carmichael se ha acercado demasiado a Miller -masculló Murphy-. ¿De qué iba el artículo?
– No nos lo ha dicho. Mia nos ha explicado que Carmichael no dejaba de murmurar «en portada».
– Así que el novio ha pagado con su vida la obsesión que Carmichael tenía con Tess y con la exclusiva. -Aidan suspiró-. ¿Habéis encontrado algo en el piso de Swanson?
– Lo alquiló hace dos meses una pareja joven -explicó Spinnelli-. Así que Miller no está allí. Pero antes de eso, estaba alquilado a nombre de Deering, Inc.
«Más cerca.» Pero aun así, no servía de gran ayuda.
– ¿Hemos hecho alguna búsqueda de los bienes inmuebles de Deering?
– Lori la está haciendo ahora mismo. Dentro de una hora más o menos sabremos algo. He vuelto a hacer venir a Denise Masterson. Nos ha dicho que quería llamar a su abogado. Adivinad quién es.
– Destin Lawe -dijo Murphy, y Spinnelli asintió.
– No le ha hecho ninguna gracia saber que está muerto. Él le había dicho que era abogado.
– Por eso lo llamó ayer en cuanto la dejamos marcharse -dijo Murphy.
– Hemos recibido tres llamadas más diciendo que han visto al padre de Danny Morris. Todas falsas.
– Ella sabe que seguiremos cualquier pista. Menuda bruja -musitó Murphy.
Aidan estuvo a punto de ponerse a chillar.
– Nada de todo esto nos sirve para encontrar a Tess.
– Tenemos una orden de busca y captura de Miller -anunció Spinnelli pacientemente-. Escucha, Aidan, hasta que Lori termine con la búsqueda no podemos hacer nada. Aprovecha el tiempo para recargar las pilas. -Entrecerró los ojos-. Es una orden. En cuanto tengamos el listado de los inmuebles, saldrás disparado. Te quiero bien despejado para entonces.
Aidan tuvo que hacer un esfuerzo para abandonar la sala. De camino al ascensor, se topó con Rick.
– Te he estado buscando -dijo Rick-. Tengo algo. -Al ver que Aidan lo miraba perplejo, Rick frunció el entrecejo-. Te hablo del CD que Poston rompió. Tengo algo.
Una oleada de energía renovada le dio el empujón que necesitaba.
– Vamos a verlo.
Viernes, 17 de marzo, 20.15 horas.
Tess estuvo a punto de echarse a reír. Era una petición de lo más ridícula.
– ¿Que quieres que haga qué?
Amy no sonrió.
– Aquí tienes una aguja esterilizada y un poco de hilo. -Se descubrió el brazo y le mostró la piel desgarrada-. Sutúrame.
– Sostenía la pistola con la mano izquierda, con el cañón apretado contra la sien de Michael-. No me hagas daño; en la mano izquierda no tengo el pulso muy firme.
Tess se puso seria al instante.
– Muy bien, pero no le hagas daño.
– Me matará de todas maneras; no la ayudes. -El hombre gruñó cuando Amy le dio una patada en el estómago.
– Cállate, viejo.
– No te preocupes, papá -susurró Tess, y miró a Amy a los ojos-. No puedo ayudarte con las manos atadas. -Después de una hora de contorsiones, había conseguido extraer la navaja del bolsillo de su padre. Como tenía las manos atadas a la espalda, el único sitio donde había podido ocultar la navaja era en la parte trasera de la cinturilla de sus tejanos. Por el momento seguía teniendo la funda puesta, y no servía para nada, pero cuando Amy la desatara…
Amy tomó su cuchillo, uno grande de carnicero, y cortó las cuerdas que le sujetaban las manos.