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Murphy asintió, excitado.

– En el edificio de enfrente. Pero hay veinte pisos que dan a la calle. ¿Podrías saber cuál es a partir del ángulo de la foto?

– Es posible -dijo Rick-. La resolución no es nada buena, pero puedo intentarlo.

Spinnelli dio un golpe en la mesa para captar su atención.

– Necesitamos saber seguro qué piso es para conseguir una orden de registro. No me sirven las conjeturas.

Aidan llamó por teléfono.

– Lori, ¿tienes ya la lista de inmuebles que son propiedad de Deering?

Al cabo de dos minutos Lori aparecía con el listado y Aidan lo repasó de arriba abajo.

– Hay veinte pisos, pero solo uno queda enfrente del de Tess. Vamos.

Viernes, 17 de marzo, 20.45 horas.

– Detente -ordenó Tess, y Amy la obedeció con una sonrisa burlona en el rostro.

– ¿Y si no lo hago?

Tess disparó el arma y una bala pasó casi rozando la cabeza de Amy.

– Te pegaré un tiro.

El rostro de Amy enrojeció.

– Eres una bruja, siempre lo has tenido todo.

– Y ahora tendré el placer de verte en la cárcel, adónde tú querías mandarme.

– Y te habría mandado de no ser por los putos policías.

– Pareces uno de los malos de Scooby-Doo -dijo Tess, y el ceño de Amy se acentuó-. Demasiado cine clásico. -Miró alrededor, pero para su desgracia no vio ningún teléfono.

– No hay ningún teléfono -dijo Amy con suficiencia-. Solo hay internet. ¿Y ahora qué?

– Ven conmigo. Llamaremos a unas cuantas puertas, seguro que algún vecino tiene teléfono. -Hizo una señal a Amy para que siguiera avanzando hacia la puerta-. En marcha.

Pero Amy la atacó. Tess retrocedió y se quedó atrapada contra el cristal de la puerta del patio y Amy le arrebató la pistola. Sangrando y magullada, Amy apuntó a Tess en el corazón.

– Ahora muévete tú. Sal a la terraza. Cerraré el círculo con tu padre, y también contigo. Todo esto empezó cuando tu paciente se tiró por el balcón. Ahora en los titulares también saldrás tú. Abre la puerta.

– No. -Tess sabía que en el momento en que saliera a la terraza estaba muerta.

Amy quitó el cierre de seguridad y abrió la puerta, y el frío aire nocturno se coló por ella. Con una mano agarró a Tess por el pelo y con la otra apretó la pistola contra su sien.

– He dicho que te muevas. Muévete ya. -Arrastró a Tess hasta la terraza y le empujó hasta que quedó inclinada sobre la barandilla. Tess gritó al notar la culata de la pistola contra la región lumbar. Instintivamente, se adelantó para evitar el dolor y perdió el equilibrio. Amy aprovechó para empujarle.

Y Tess cayó.

– ¡Policía! -Aidan se hizo a un lado y el cuerpo especial de intervención echó abajo la puerta del piso. A Aidan se le cayó el alma a los pies. En la terraza estaba Amy, sola. Apenas consiguió divisar dos manos que se aferraban desesperadamente al alféizar. «Tess.» Aidan echó a correr, pero Amy Miller se volvió con expresión violenta y perturbada.

– Si no os vais todos, le dispararé a las manos -amenazó con total tranquilidad-. Y si se cae, son doce pisos. O muere o deseará haber muerto, y vosotros también.

Murphy se situó detrás de Aidan.

– A la de tres, Aidan -dijo en voz baja-. Una, dos…

«Tres.» Murphy y Aidan dispararon a la vez y la fuerza combinada de sus armas sobre el torso de Amy arrojó a esta por encima de la barandilla. Aidan no se molestó en comprobar dónde había caído; corrió a la terraza y entre él y Murphy tiraron de Tess hasta que estuvo a salvo. Estaba pálida y jadeante, demasiado afectada para pronunciar palabra.

Aidan la meció entre sus brazos y la llevó al salón.

– Ha caído a la calle -anunció Murphy desde el balcón-. Está muerta.

– Círculo cerrado -susurró Tess-. Como Cynthia.

En ese momento Aidan supo que no abandonaría a Tess jamás. El hecho de ver sus dos pequeñas manos aferradas al borde del balcón había sido como perder veinte años de vida.

Tess se esforzó por tenerse en pie.

– Mi padre. Llama al 911. Necesita oxígeno.

Y ella también, pensó Aidan. La sostuvo mientras ella corría hacia la habitación donde Michael Ciccotelli permanecía tendido, todavía atado y pálido. Levantó la vista y, al verlos, cerró los ojos en señal de alivio.

– Estás viva. He oído los disparos.

Tess se dejó caer de rodillas y buscó la navaja para cortar las cuerdas. Lloraba pero a Aidan le pareció que ella ni siquiera se daba cuenta. Tenía las manos temblorosas y la navaja representaba un peligro.

– Está muerta, papá. Amy está muerta.

– Tess. -Aidan se acuclilló a su lado y le quitó la navaja de las manos-. Siéntate y respira. -Con rapidez, cortó las cuerdas que ataban a Michael y ayudó al anciano a estirar las extremidades-. Os voy a llevar a los dos al hospital y no protestaréis, ¿de acuerdo?

Michael miró a Tess.

– Si tú vas, yo también.

Ella asintió; se cubría la boca con la mano.

– De acuerdo.

– ¿Tess? ¿Papá? -Vito se deslizó velozmente hasta la puerta abierta y se detuvo en seco-. Santo Dios, Tess. -Se dejó caer de rodillas junto a ella y la estrechó entre sus brazos-. Spinnelli me ha llamado y he llegado cuando aún estabas colgando del alféizar. Creía que ibas a caer. -La estrechó más fuerte y la meció.

Michael abrió los ojos como platos.

– ¿Estabas colgando del alféizar? Santo Dios.

– Pensaba que iba a darme un ataque -dijo Vito con vehemencia-. Mamá y yo estábamos ahí plantados; nos hemos quedado sin respiración. Entonces Amy se ha caído y Reagan te ha ayudado a subir. -Levantó la cabeza con gesto trémulo y miró a Aidan a los ojos-. Gracias.

Aidan consiguió asentir con la cabeza.

– De nada. Yo tampoco tengo claro que pueda volver a respirar con normalidad. -Exhaló un suspiro e hizo una tentativa de inspirar-. Sí, me parece que sí que puedo.

Tess se apartó de Vito poco a poco, se volvió hacia Aidan y apoyó la cabeza en su hombro.

– Me parece que nunca me había alegrado tanto de ver a alguien como cuando te has asomado por el balcón. -Le dio un suave beso en los labios-. Gracias.

Aidan enterró la cabeza en el lateral de su cuello y se estremeció. Todo había terminado. Por fin.

– De nada. Vamos a comprobar que estés bien y nos iremos a casa.

Ella le ladeó la cabeza y lo miró a los ojos, sonriente.

– Esta noche no hay comidita que valga, detective.

La carcajada de Aidan sonó entrecortada.

– Me parece bien. No sería capaz de tragar ni un bocado aunque lo hicieras. Tal vez mañana.

– Eso, mañana.

Sábado, 18 de marzo, 8.30 horas.

Tess, con el corazón acelerado, salió del ascensor a la planta donde se encontraba el despacho de Aidan. Se detuvo un momento y respiró hondo.

– ¿Aún detestas los ascensores, Tess?

Ella levantó la cabeza y vio que Marc Spinnelli la escrutaba con una amable sonrisa en el rostro y una taza de café en la mano.

– Sí, pero creo que ahora detesto más las alturas.

Él hizo una mueca.

– Me parece que es de lo más normal que tengas esa fobia, doctora. -Le pasó el brazo por los hombros-. Anoche no tuve oportunidad de hablar contigo. ¿Estás bien?

– Sí, un poco dolorida nada más. -Se había despertado en la cama de Aidan hacía una hora. Él ya se había marchado y le había dejado una nota en la almohada. «Duerme», le decía. Pero esa mañana necesitaba respuestas. Necesitaba estar con él-. ¿Está Aidan?

Él asintió al comprenderlo.

– Está en la sala de reuniones. Te acompañaré.

Cuando entró, cinco pares de ojos se posaron en ella. Estaban Jack, Rick, Patrick y Murphy. Y también Aidan, que se puso en pie con el entrecejo fruncido.

– Te había dicho que durmieras.

– No podía. -Le mostró el Bulletin de esa mañana-. ¿Habéis visto esto?