Выбрать главу

La estaban observando desde el otro lado del cristal; estaba tan segura de eso como de que el rostro que veía reflejado en el espejo era el suyo propio. Todd Murphy y el gilipollas arrogante que ahora tenía por compañero, con su cara de cemento armado y sus ojos azules de mirada fría. Ella no rompió el contacto visual, no apartó la mirada. «Deja que ese hijo de puta te observe, que se estruje los sesos.»

Pensaban que había sido ella quien había impulsado a Cynthia Adams a quitarse la vida; de verdad lo pensaban. La idea la dejó hecha polvo y a la vez furiosa.

Murphy también lo creía así. El corazón se le encogió mientras sus ojos permanecían fijos en su propio reflejo y, por ende, en los policías que se encontraban tras el cristal. Seguro que Reagan esperaba que diera rienda suelta a la agresividad ante semejante prueba. Pero ¿y Todd Murphy? Con solo pensar que la creía capaz de hacer una cosa así se sentía… herida.

Eran amigos. Una falta de confianza semejante… sería irreparable. Lo sabía por propia experiencia. La confianza era un bien escaso, solo los idiotas la depositaban en alguien a ciegas. Y solo los más idiotas aún trataban de restituirla cuando se desmoronaba. Pero Tess Ciccotelli no tenía un pelo de idiota.

«Además, aún no me he desmoronado.» Miró hacia el cristal con los ojos entrecerrados mientras se imaginaba a Reagan de pie al otro lado, con los brazos cruzados sobre sus anchos pectorales. La estaría mirando con el entrecejo fruncido. Había sabido sacar partido a su estatura, inclinando el cuerpo hacia ella y escrutándola mientras ponía en marcha aquel puto magnetofón. Tess había supuesto que trataría de intimidarla, y así había sido, aunque no lo había logrado.

No obstante, sí que había conseguido desconcertarla; era capaz de admitirlo sin problemas. Eso de oír su propia voz diciendo cosas tan soeces, de saber que habían encontrado sus huellas en instrumentos que habían servido para torturar mentalmente a Cynthia… En el fondo, seguía sin poder creerlo. Pero la oleada de rabia superó el desconcierto y le devolvió el sentido común.

Todo aquello era obra de alguien, de la persona que había perpetrado nada más y nada menos que el asesinato de Cynthia Adams. «Y quienquiera que haya sido me ha tendido una trampa.»

Y lo había hecho con suma destreza, eso también era capaz de admitirlo. Ella no había entrado nunca en casa de Cynthia y no había tocado sus pertenencias. Tampoco había llegado nunca a tocar sus botes de medicamentos, ni le había enviado regalos que la abocaran a un final semejante. Sin embargo, habían encontrado sus huellas, así como un mensaje con su voz.

Reagan iba muy en serio. Creía que era ella quien había hecho una cosa tan terrible y vil. No había llegado a acusarla verbalmente, pero sus ojos decían todo lo que no había expresado con palabras.

Y, al hacerlo, había actuado en defensa de Cynthia Adams.

El quedo suspiro de Tess resultó atronador en la silenciosa sala. Aidan Reagan había salido en defensa de Cynthia Adams a pesar de haber visto su cuerpo sin vida tendido en la calle. «¿Qué clase de doctora es?», la había increpado. La ira que había mostrado la noche anterior escondía angustia. Se preocupaba por Cynthia, y en cambio creía que ella no lo hacía. Era un buen hombre, había dicho Murphy. Y un buen policía.

Tess esperaba de veras que así fuera. Esperaba que fuera la clase de policía que sabía ver más allá de lo que parecía una obviedad incuestionable, que fuera capaz de superar sus propias ideas preconcebidas acerca del tipo de doctora que era.

La ira de Tess se había aplacado lo suficiente para permitirle concentrarse. Dejó de mirar el espejo y se fijó en las fotografías que Reagan había dispuesto convenientemente en la mesa. Era probable que esperara que ella se derrumbara bajo el peso de su propia culpa y que confesara lo que había hecho.

«Pues lo siento, detective. Hoy no va a ser así.» Tess tomó la fotografía que Murphy había encontrado en el suelo del piso de Cynthia, la última que la chica había recibido en el momento más oportuno. Por supuesto, Cynthia le había contado lo del suicidio de su hermana. Habían hablado de ello muchas veces. Melanie había amenazado con suicidarse, pero Cynthia no acababa de creerse que lo llevara a cabo. Sin embargo, ese día hacía justamente un año que Cynthia había ido al piso de Melanie para recogerlas; iban a cenar y a celebrar su cumpleaños, y al entrar la había encontrado muerta. Se había colgado de una soga y tenía una nota prendida en la blusa blanca. Tess se acercó la fotografía y la inclinó un poco para evitar que las luces del techo se reflejaran en el brillante papel.

Ah, allí estaba la nota prendida en la blusa de Melanie. Eso quería decir que habían tomado la fotografía antes de que la policía descolgara el cadáver, dedujo Tess. Pero ¿quién había sido? ¿La misma policía? No parecía una de esas fotos. ¿La propia Cynthia? Era poco probable. En el informe ponía que cuando la policía llegó al escenario la encontraron en plena crisis nerviosa. ¿La propia Melanie, a modo de escarnio póstumo? Podría ser, sobre todo teniendo en cuenta que había insistido mucho en la hora a la que Cynthia debía presentarse en su casa aquella noche. Parecía haber planeado que su hermana la encontrara en aquel estado, así que no sería de extrañar que hubiera preparado una cámara para que esta disparara una fotografía momentos después de su muerte.

Pero ¿quién se habría apoderado de aquella foto? ¿Quién podía saber tantas cosas acerca del pasado de Cynthia? La chica había sido muy clara al decirle que quería absoluta confidencialidad, pues le preocupaba que la noticia de su obsesión por el sexo se filtrara y acabara costándole su puesto de trabajo en una asesoría financiera de prestigio. Cynthia no habría compartido aquella información por voluntad propia.

¿Quién podía desear que Cynthia muriera? ¿Y por qué? No obstante, la pregunta que más la obsesionaba seguía rondándole por la mente.

– ¿Por qué me utilizan? -musitó.

Tess exhaló un suspiro y cedió a las ganas de mirar el reloj. Llevaba esperando sola sesenta y tres minutos. Mierda. ¿Dónde se había metido Amy?

Aidan se encontraba al otro lado del cristal, observándola. Tras un primer momento de estupor, Tess había recobrado la compostura y no había vuelto a perderla.

La puerta que había detrás de él se abrió y volvió a cerrarse. Aidan notó un suave aroma a canela y un penetrante olor a tabaco. Pobre Murphy. Se había pasado los cuatro meses que llevaban trabajando juntos masticando chicle de canela para dejar de fumar y ahora parecía que la presión de las últimas horas había echado por tierra su esfuerzo.

– Joder, Murphy, ¿te has fumado todo el paquete?

– La mitad. -Murphy carraspeó fuerte-. ¿Cómo está?

– Parece haberlo asimilado bastante bien.

Llevaba prácticamente una hora mirando al espejo con un aire entre impasible y retador. Él podría haberla dejado marchar; en realidad, debería haberlo hecho y lo sabía. No tenían suficientes pruebas para retenerla, eso estaba más que claro. Sin embargo se limitó a permanecer allí, petrificado.

La observaba mientras ella lo observaba a él.

La chica lo atraía, tenía que reconocerlo. No creía que hubiera un hombre vivo capaz de mirar aquel rostro y aquel cuerpo y no sentirse atraído, y Aidan estaba lleno de vida. Con todo, su reacción se debía a algo más que a su aspecto exterior. Su forma de esperar denotaba sobria dignidad.