«Un minuto más.» El timbre del ascensor sonó y antes de que las puertas se abrieran del todo, Tess se coló entre ambas y salió al vestíbulo de la comisaría de policía con la respiración agitada. Amy la seguía sin tantas prisas. Verse encerrada en un claustrofóbico ascensor era lo que le faltaba en un día de mierda como aquel. Tess dirigió la vista hacia las puertas acristaladas que daban a la calle. «Un minuto más.» Un minuto más y estaría fuera de la comisaría, y…
Y seguiría encontrándose en una situación insólita. Tess apartó la mano que Amy le ofrecía y embutió las manos en los bolsillos de su abrigo sin dejar de caminar.
– ¿Me estás diciendo que me has tenido una hora entera esperando en esa sala porque querías pasar por casa para cambiarte de ropa? -le gritó enfadada.
Amy arqueó una ceja y se las arregló para mostrarse al mismo tiempo digna y ofendida.
– Me ha parecido más apropiado acudir vestida como una profesional que como una putilla.
Tess se abotonó el abrigo con movimientos bruscos.
– Yo no parezco ninguna putilla -soltó entre dientes, y al ver que Amy esbozaba una sonrisa ladeada comprendió que su amiga había conseguido lo que pretendía. Durante unos segundos había dejado de pensar en aquella sala inhóspita con el cristal de efecto espejo y en la mirada acusatoria de Aidan Reagan. Y en que Cynthia Adams yacía en la morgue. Incluso se había olvidado de que sus huellas habían aparecido en un lugar en el que no había estado nunca. Soltó un suspiro de exasperación-. Lo que pasa es que te da rabia que viera la chaqueta roja antes que tú.
Amy soltó una risita.
– Tienes razón. ¿Es de Macy’s?
– De Marshall Fields. Tenía un sesenta por ciento de descuento.
La expresión de Amy se tornó cautelosa.
– ¿Me la prestarás?
– Claro, ¿por qué no? Te la cambio por tu jersey negro.
Tess pasó frente al mostrador de la entrada e hizo caso omiso de la franca mirada de curiosidad del oficial. Había llegado acompañada por dos serios detectives y se marchaba con una conocida abogada defensora. Joder. No hacía falta ser un genio para atar cabos. Antes de que finalizara el turno la noticia habría llegado a oídos de todos los policías del distrito, y sabía que ninguno derramaría una sola lágrima. Al contrario, felicitarían a Reagan y a Murphy por darle a aquella medicucha su merecido.
Amy la tomó suavemente por el hombro y la empujó hacia la puerta principal.
– ¿Mi nuevo jersey de cachemir? -preguntó, pero el tono jovial de su voz sonaba forzado y Tess se dio cuenta de que solo le seguía la corriente por si alguien las estaba escuchando-. Tú tienes las tetas más grandes y me lo ensancharías.
El hecho de notar que su mejor amiga se esforzaba por mostrarse alegre solo sirvió para que Tess se abatiera más. La situación era muy seria. Cuando todo se supiera su reputación como psiquiatra se vería afectada, y eso perjudicaría a su trabajo y a sus pacientes. De que acabaría sabiéndose, no le cabía la menor duda. No existía un solo policía de la zona a quien el hecho de ver que su práctica profesional se iba a pique no le hiciera dar saltos de alegría. Después de lo de Harold Green se habían encargado de que no le renovaran el contrato que tenía con el fiscal del estado. Si llegaban a acusarla y a juzgarla, sería la guinda del pastel.
– No seas egoísta, Amy -dijo Tess en tono irónico-. Tu jersey, aparte de ser calentito, hará conjunto con las rayas negras del traje de presidiaria. Gracias a Dios, por lo menos estilizan.
– Cállate, Tess -masculló Amy-. Ahora te parece difícil, pero conseguiremos que todo salga bien, ya lo verás. Lo primero que tienes que hacer es comer; porque hoy no has comido, ¿verdad?
– No. -Murphy se había ofrecido a llevarle un sándwich mientras esperaba a Amy pero ella lo había rehusado. Tenía el estómago demasiado revuelto para comer algo, y, de todos modos, no habría aceptado ayuda de Todd Murphy. No lo haría nunca más.
– Bueno, iremos a mi casa y te prepararé un poco de sopa.
Al pensar en la sopa de Amy volvió a revolvérsele el estómago.
– No, gracias. Llévame a casa, estoy bien.
Amy se mordió el labio.
– Tess, si no comes, volverás a caer enferma.
Tess notó que se le alteraba la sangre y se refrenó. Amy lo decía por su bien, siempre hacía las cosas por su bien.
– Comeré, te lo prometo, pero deja el tema ya.
– ¿Doctora? ¿Doctora Ciccotelli?
Tess se detuvo, no porque quisiera hablar con la mujer que la había llamado por su nombre, sino porque esta se plantó en medio de la puerta acristalada y le impidió el paso. Era joven, de unos veinticinco años. Tenía aspecto de aplicada con sus grandes ojos grises y las pequeñas gafas. Una larga trenza rubia le colgaba por el hombro y un pequeño hoyuelo dividía su mentón. Por su acento se deducía que era del sur y por su mirada, que era periodista. «Ya estamos», pensó Tess, y se preguntó cuál de los policías de la comisaría había dejado de lado su aversión por los periodistas y le había echado aquella piraña.
– Me llamo Joanna Carmichael. Me encargo de escribir sobre el caso de Adams en el Bulletin. Usted estuvo ayer en el escenario de su muerte, llegó justo después de medianoche. ¿Coincide con la policía en que el suicidio de la señorita Adams fue provocado?
El brazo de Amy se interpuso entre la periodista y Tess.
– No haremos ningún comentario -gruñó su amiga-. Haga el favor de apartarse, ahora mismo.
Tess observó pensativa los ojos de la joven y tomó una decisión al instante. Joanna Carmichael no sabía que la habían interrogado; de haberlo sabido, habría formulado la pregunta de otro modo. No veía nada malo en contar con una portavoz para cuando todo saliera a la luz.
– Déme una tarjeta -le pidió-. Si tengo algo que explicar, la llamaré.
Carmichael hurgó en su bolsillo y sacó una tarjeta.
– Gracias.
Una vez en la calle, Tess respiró hondo el aire fresco. El gris del cielo era casi igual al de los ojos de la periodista. Al pensar en ellos le vinieron a la mente los de Aidan Reagan, de un azul intenso y mirada acusatoria.
Era libre. En ningún momento, mientras había permanecido en la sala de interrogatorios, se había permitido pensar que podría no serlo. Había encauzado sus emociones transformándolas en la fría furia que la había ayudado a resistir durante el tiempo que había estado allí sabiendo que Reagan la observaba desde el otro lado del cristal. Era mejor sentir ira que miedo. Sin embargo, ahora que se encontraba al aire libre el pánico la atenazó e hizo que un escalofrío recorriera su rígida espalda.
La pesadilla no había terminado aún. Ni mucho menos.
– Necesito irme a casa -musitó. «Tengo trabajo.»
Capítulo 4
Domingo, 12 de marzo, 18.30 horas.
Aidan se refugió de la fría tarde lluviosa entrando en el cálido lavadero de casa de sus padres. Sintió un escalofrío a la vez que le llegaba el aroma de algún plato delicioso. Olía al estofado que su madre hacía los domingos para cenar y… volvió a olfatear con gusto. A pastel.
«Ojalá sea de cerezas», pensó mientras se despojaba del abrigo empapado. Tomó de una cesta una toalla deslucida y se secó enérgicamente la cabeza antes de entrar en la cocina, donde su madre se encontraba enfrente del fregadero cargando el lavavajillas. A juzgar por la pila de platos la casa debía de estar llena de gente, pensó Aidan con melancolía; le gustaría haber estado allí. Hacía mucho tiempo que no se reunía la familia al completo un domingo por la tarde. Todos andaban muy ocupados.
Becca Reagan levantó la cabeza, y, por algún motivo, la sonrisa que iluminó su mirada despertó en Aidan una profunda emoción. La imagen de Cynthia Adams muerta sobre la acera acudió a su mente junto con la voz de Ciccotelli. «No tiene parientes cercanos», había dicho. No tenía una madre que le sonriera al llegar a casa. Solo la acompañaba el monstruoso recuerdo de un padre que abusaba de ella. En lo siguiente que pensó fue en el infanticidio en el que estaba trabajando antes de recibir la llamada sobre el caso de Adams. Un niño de seis años había sido asesinado por su propio padre. Después de que Ciccotelli y su abogada se marcharan, Aidan había ido a ver a la madre del chico. La mujer sabía dónde se escondía el animal del padre pero, a diferencia de lo que había hecho con su hijo, lo protegía.